domingo, 29 de mayo de 2011

La recta escritura de Dios

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Versión narrada
La recta escritura de Dios

Versión escrita
No podía creerlo. Tendría que haber alguna explicación racional. Tal vez fuera una extraña ofrenda de alguna mujer de la parroquia. Algo normal, seguramente.


Don Braulio se repetía todo esto mientras contemplaba ensimismado la pila del agua bendita, llena de leche hasta los bordes, reflejando en su blancura la llama temblorosa de las velas.


Parecía que todo estaba cambiando de repente y a más velocidad de la que él necesitaba para poder comprender todos estos prodigios o señales que se venían repitiendo desde hacía algunos días.

Las sorpresas parecían hacerse habituales en este momento del último recorrido por la iglesia después del rosario de las ocho.

Don Braulio disfrutaba especialmente estos últimos momentos del día: el silencio espeso y resonante de la iglesia, el sonido apagado de los coches que llegaba de la calle, las sombras temblorosas y alargadas de las velas y el deleite anticipado de las sopas y los huevos con chorizo que, seguramente, el ama le tendría, como siempre, preparado. Placeres pequeños y sencillos que compensaban, para él, tantos años de frío y de silencio.

Pero algo había venido a turbar, desde hacía tres semanas, la dulzura de este último momento del recuento. Al principio fue ese extraño olor a rosas y a perfume que parecía salir del altar de la derecha donde habían colocado la nueva imagen de María Magdalena; después, aquellos goterones rojos como sangre que caían de las velas y, desde hacía quince días, este misterio de la leche que llenaba la pila, cada tarde, hasta los bordes.

Por no se sabe qué extraña coincidencia, todos aquellos prodigios o señales habían comenzado el mismo día en el que la nueva cofradía de mujeres "Las Hermanas de María Magdalena y de las Santas Mujeres" decidieron en capítulo patrocinar la antigua capilla de San Roque y poner en el retablo la nueva imagen de María Magdalena estrenada el Viernes Santo en una procesión que recorrió el Casco Viejo.

Era aquella una cofradía recién fundada y, sin embargo, no podría decirse que no hubiera sufrido sobresaltos.

Fue primero la pertinaz oposición de las cofradías históricas, que se negaban a admitir la presencia de "paponas" en las procesiones. Para eso estaban las Manolas. El conflicto se superó después de serias negociaciones, con procesiones distintas, algunos desplantes y no pocas picardías.

Pero la cosa llegó a su punto culminante cuando la nueva cofradía expuso el paso de María Magdalena que había mandado tallar a un escultor del barrio de El Ejido, director, por otra parte, de la Escuela Municipal de Artes Plásticas, instalada en los locales que ocupaba "la Gota de Leche" en el Consistorio Viejo de la plaza.

El primero que dio la voz de alarma fue un seise, mercero de profesión, al que todos llamaban "La Dolores" no se sabe si en reconocimiento a su devoción por la Virgen Dolorosa o con motivo de alguna otra rara inclinación tan fácil de imaginar como difícil de probar.

Hasta el periódico local se hizo eco de la supuesta magnificencia de los pechos de la imagen de la santa.

Crecieron de tal modo los rumores, las visitas, los chistes y las risas que el Obispado se vio obligado a intervenir nombrando Censor y Delegado Episcopal a Don Etelvino Fernández Tejerina, natural de Portilla de la Reina, Bachiller en Teología por el Seminario Conciliar de San Froilán, cincuenta años al servicio de la Diócesis, último dómine de la preceptoría de Vidanes y actual capellán del Cementerio Municipal.

Don Etelvino estuvo a solas un rato en la carpa que guardaba y exponía la imagen de la santa y evacuó el siguiente informe:

"Etelvino Fernández Tejerina, Presbítero, natural de Portilla de la Reina, Bachiller en Sagrada Teología por el Seminario Conciliar de San Froilán, Censor y Delegado Episcopal, en cumplimiento del encargo recibido de elevar censura sobre el supuesto carácter irreverente que, a tenor de las denuncias recibidas, parece desprenderse del tamaño y turgencia de los pechos de la imagen de María Magdalena, mandada tallar, a sus costas, por la Cofradía de "Las Hermanas de María Magdalena y de las Santas Mujeres"

Manifiesta

que realizada por él mismo la oportuna inspección "de visu" de la imagen en cuestión y comparada su complexión y sus hechuras con los cánones que rigen la escultura religiosa y la decencia que aconsejan las normas de moral y de piedad en asunto de imágenes de culto, con la limitación que le impone el Sagrado Celibato en lo tocante a la anatomía femenina y a sus justas proporciones, no encuentra grave error de proporción o desmesura y, por tanto, considera que no existe mayor inconveniente en que la tal imagen pueda ser venerada en procesión, siempre que se cuide en no exagerar sus atributos.

Tal es el dictamen que, a la luz de su razón y su conciencia, el abajo firmante somete al superior juicio. conocimiento y experiencia, en extremos semejantes, de Vuestra Excelencia Reverendísima, cuya vida Dios guarde muchos años para gloria de la Iglesia, provecho de esta Diócesis y salvación de las almas"

Aquello, el juicio del obispo publicado en el periódico y la oportuna diligencia de que la procesión saliese por la noche, recorriendo las calles en penumbra del barrio medieval hicieron que, poco a poco, fueran cesando los rumores.

Terminadas las fiestas de la Pascua, la imagen quedó instalada en la antigua capilla de San Roque de la Iglesia del Mercado, regentada por Don Braulio.

Comenzaron al poco los prodigios y se fue corriendo la noticia de que la santa era milagrosa en cuestiones de males de mujeres. Fueron aumentando, día tras día, en el altar, las velas, las flores y las ofrendas de flanes y cuajadas. Y se llenaba cada día el cepillo de limosnas.

Se perdió la calma y el sosiego, pero, en cambio, por fin, aquel año podrían quitarse las goteras.

Al cerrar la iglesia aquella noche, Don Braulio agradeció en silencio las natillas y la recta escritura del Señor, con renglones tan torcidos.



miércoles, 25 de mayo de 2011

25 M








INDIGNACIÓN PARA DESPUÉS DE CUALQUIER CAMPAÑA

Reproduzco aquí, sin permiso de nadie, el prólogo de José Luis Sampedro al libro de  Hessel.



Yo tam­bi­én na­cí en 1917. Yo tam­bi­én es­toy in­dig­na­do. Tam­bi­én vi­ví una gu­er­ra. Tam­bi­én so­por­té una dic­ta­du­ra. Al igu­al que a Stép­ha­ne Hes­sel, me es­can­da­li­za e in­dig­na la si­tu­aci­ón de Pa­les­ti­na y la bár­ba­ra in­va­si­ón de Irak. Pod­ría apor­tar más de­tal­les, pe­ro la edad y la épo­ca bas­tan pa­ra mos­t­rar que nu­es­t­ras vi­ven­ci­as han su­ce­di­do en el mis­mo mun­do. Hab­la­mos en la mis­ma on­da. Com­par­to sus ide­as y me ha­ce fe­liz po­der pre­sen­tar en Es­pa­ña el lla­ma­mi­en­to de es­te bril­lan­te hé­roe de la Re­sis­ten­cia fran­ce­sa, pos­te­ri­or­men­te dip­lo­má­ti­co en ac­ti­vo en muc­has mi­si­ones de in­te­rés, si­em­p­re a fa­vor de la paz y la jus­ti­cia.

    ¡INDIGNAOS! Un gri­to, un to­que de cla­rín que in­ter­rum­pe el trá­fi­co cal­le­j­ero y ob­li­ga a le­van­tar la vis­ta a los re­uni­dos en la pla­za. Co­mo la si­re­na que anun­ci­aba la cer­ca­nía de aqu­el­los bom­bar­de­ros: una aler­ta pa­ra no ba­j­ar la gu­ar­dia.
    Al prin­ci­pio sor­p­ren­de. ¿Qué pa­sa? ¿De qué nos aler­tan? El mun­do gi­ra co­mo ca­da día. Vi­vi­mos en de­moc­ra­cia, en el es­ta­do de bi­enes­tar de nu­es­t­ra ma­ra­vil­lo­sa ci­vi­li­za­ci­ón oc­ci­den­tal. Aquí no hay gu­er­ra, no hay ocu­pa­ci­ón. Es­to es Euro­pa, cu­na de cul­tu­ras. Sí, ése es el es­ce­na­rio y su de­co­ra­do. Pe­ro ¿de ver­dad es­ta­mos en una de­moc­ra­cia? ¿De ver­dad ba­jo ese nom­b­re go­bi­er­nan los pu­eb­los de muc­hos pa­íses? ¿O ha­ce ti­em­po que se ha evo­lu­ci­ona­do de ot­ro mo­do?
    Actualmente en Euro­pa y fu­era de el­la, los fi­nan­ci­eros, cul­pab­les in­dis­cu­tib­les de la cri­sis, han sal­va­do ya el bac­he y pro­si­gu­en su vi­da co­mo si­em­p­re sin gran­des pér­di­das. En cam­bio, sus víc­ti­mas no han re­cu­pe­ra­do el tra­ba­jo ni su ni­vel de in­g­re­sos. El autor de es­te lib­ro re­cu­er­da có­mo los pri­me­ros prog­ra­mas eco­nó­mi­cos de Fran­cia des­pu­és de la se­gun­da gu­er­ra mun­di­al in­c­lu­í­an la na­ci­ona­li­za­ci­ón de la ban­ca, aun­que des­pu­és, en épo­cas de bo­nan­za, se fue rec­ti­fi­can­do. En cam­bio aho­ra, la cul­pa­bi­li­dad del sec­tor fi­nan­ci­ero en es­ta gran cri­sis no só­lo no ha con­du­ci­do a el­lo; ni si­qu­i­era se ha plan­te­ado la sup­re­si­ón de me­ca­nis­mos y ope­ra­ci­ones de al­to ri­es­go. No se eli­mi­nan los pa­ra­ísos fis­ca­les ni se aco­me­ten re­for­mas im­por­tan­tes del sis­te­ma. Los fi­nan­ci­eros ape­nas han so­por­ta­do las con­se­cu­en­ci­as de sus de­sa­fu­eros. Es de­cir, el di­ne­ro y sus du­eños ti­enen más po­der que los go­bi­er­nos. Co­mo di­ce Hes­sel, "el po­der del di­ne­ro nun­ca ha­bía si­do tan gran­de, in­so­len­te, ego­ís­ta con to­dos, des­de sus pro­pi­os si­er­vos has­ta las más al­tas es­fe­ras del Es­ta­do. Los ban­cos, pri­va­ti­za­dos, se pre­ocu­pan en pri­mer lu­gar de sus di­vi­den­dos, y de los al­tí­si­mos su­el­dos de sus di­ri­gen­tes, pe­ro no del in­te­rés ge­ne­ral"
    ¡INDIGNAOS!, les di­ce Hes­sel a los jóve­nes, por­que de la in­dig­na­ci­ón na­ce la vo­lun­tad de com­p­ro­mi­so con la his­to­ria. De la in­dig­na­ci­ón na­ció la Re­sis­ten­cia con­t­ra el na­zis­mo y de la in­dig­na­ci­ón ti­ene que sa­lir hoy la re­sis­ten­cia con­t­ra la dic­ta­du­ra de los mer­ca­dos. De­be­mos re­sis­tir­nos a que la car­re­ra por el di­ne­ro do­mi­ne nu­es­t­ras vi­das. Hes­sel re­co­no­ce que pa­ra un joven de su épo­ca in­dig­nar­se y re­sis­tir­se fue más cla­ro, aun­que no más fá­cil, por­que la in­va­si­ón del pa­ís por tro­pas fas­cis­tas es más evi­den­te que la dic­ta­du­ra del en­t­ra­ma­do fi­nan­ci­ero in­ter­na­ci­onal. El na­zis­mo fue ven­ci­do por la in­dig­na­ci­ón de muc­hos, pe­ro el pe­lig­ro to­ta­li­ta­rio en sus múl­tip­les va­ri­an­tes no ha de­sa­pa­re­ci­do. Ni en as­pec­tos tan bur­dos co­mo los cam­pos de con­cen­t­ra­ci­ón (Gu­an­tá­na­mo, Abu Gha­ra­ib), mu­ros, val­las, ata­qu­es pre­ven­ti­vos y "luc­ha con­t­ra el ter­ro­ris­mo" en lu­ga­res ge­o­es­t­ra­té­gi­cos, ni en ot­ros muc­ho más so­fis­ti­ca­dos y tec­ni­fi­ca­dos co­mo la mal lla­ma­da glo­ba­li­za­ci­ón fi­nan­ci­era.
    ¡INDIGNAOS!, re­pi­te Hes­sel a los jóve­nes. Les re­cu­er­da los log­ros de la se­gun­da mi­tad del sig­lo XX en el ter­re­no de los de­rec­hos hu­ma­nos, la im­p­lan­ta­ci­ón de la Se­gu­ri­dad So­ci­al, los avan­ces del es­ta­do de bi­enes­tar, al ti­em­po que les se­ña­la los ac­tu­ales ret­ro­ce­sos. Los bru­ta­les aten­ta­dos del 11-S en Nu­eva York y las de­sas­t­ro­sas ac­ci­ones em­p­ren­di­das por Es­ta­dos Uni­dos co­mo res­pu­es­ta a los mis­mos, es­tán mar­can­do el ca­mi­no in­ver­so. Un ca­mi­no que en la pri­me­ra dé­ca­da de es­te sig­lo XXI se es­tá re­cor­ri­en­do a una ve­lo­ci­dad alar­man­te. De ahí la aler­ta de Hes­sel a los jóve­nes. Con su gri­to les es­tá di­ci­en­do: "Chi­cos, cu­ida­do, he­mos luc­ha­do por con­se­gu­ir lo que te­né­is, aho­ra os to­ca a vo­sot­ros de­fen­der­lo, man­te­ner­lo y me­j­orar­lo; no per­mi­tá­is que os lo ar­re­ba­ten".
    ¡INDIGNAOS! Luc­had, pa­ra sal­var los log­ros de­moc­rá­ti­cos ba­sa­dos en va­lo­res éti­cos, de jus­ti­cia y li­ber­tad pro­me­ti­dos tras la do­lo­ro­sa lec­ci­ón de la se­gun­da gu­er­ra mun­di­al. Pa­ra dis­tin­gu­ir en­t­re opi­ni­ón púb­li­ca y opi­ni­ón me­di­áti­ca, pa­ra no su­cum­bir al en­ga­ño pro­pa­gan­dís­ti­co. "Los me­di­os de co­mu­ni­ca­ci­ón es­tán en ma­nos de la gen­te pu­di­en­te", se­ña­la Hes­sel. Y yo aña­do: ¿qu­i­én es la gen­te pu­di­en­te? Los que se han apo­de­ra­do de lo que es de to­dos. Y co­mo es de to­dos, es nu­es­t­ro de­rec­ho y nu­es­t­ro de­ber re­cu­pe­rar­lo al ser­vi­cio de nu­es­t­ra li­ber­tad.
    No si­em­p­re es fá­cil sa­ber qu­i­én man­da en re­ali­dad, ni có­mo de­fen­der­nos del at­ro­pel­lo. Aho­ra no se tra­ta de em­pu­ñar las ar­mas con­t­ra el in­va­sor ni de ha­cer des­car­ri­lar un tren. El ter­ro­ris­mo no es la vía ade­cu­ada con­t­ra el to­ta­li­ta­ris­mo ac­tu­al, más so­fis­ti­ca­do que el de los bom­bar­de­ros na­zis. Hoy se tra­ta de no su­cum­bir ba­jo el hu­ra­cán des­t­ruc­tor del "si­em­p­re más", del con­su­mis­mo vo­raz y de la dis­t­rac­ci­ón me­di­áti­ca mi­en­t­ras nos ap­li­can los re­cor­tes.
    ¡INDIGNAOS!, sin vi­olen­cia. Hes­sel nos in­ci­ta a la in­sur­rec­ci­ón pa­cí­fi­ca evo­can­do fi­gu­ras co­mo Man­de­la o Mar­tin Lut­her Kin­go. Yo aña­di­ría el ej­em­p­lo de Gan­d­hi, ase­si­na­do pre­ci­sa­men­te en 1948, año de la Dec­la­ra­ci­ón Uni­ver­sal de los De­rec­hos Hu­ma­nos, de cu­ya re­dac­ci­ón fue par­tí­ci­pe el pro­pio Hes­sel. Co­mo can­ta­ra Ra­imon con­t­ra la dic­ta­du­ra: Di­ga­mos NO. Ne­ga­os. Ac­tu­ad. Pa­ra em­pe­zar, ¡INDIG­NA­OS!
                                                                                                                 
José Luis Sampedro 

sábado, 21 de mayo de 2011

Problemas con el censo en Pobladura

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Versión narrada
Problemas con el censo en Pobladura

Versión  escrita
Lo cierto es que Celina ( o sea, Araceli Fernández Lorenzana, natural de San Justo de Celama, nacida el 17 de Febrero de 1939) llevaba viviendo en Pobladura desde que murió su marido, Antonino, el molinero de San Justo, que dejó este mundo llevándose a la tumba tres cosechas, al menos, de vino tinto y aguardiente.


Cuando aquello ocurrió y quedó viuda, Celina vendió el molino y se vino a cuidar de Don Dalmacio, que era cura de este pueblo desde joven y primo segundo de Antonino.


Desde entonces hasta ahora, había sido una vecina más, igual que el resto.


Por eso resultó tan extraño lo ocurrido esta mañana.


Se acercó a votar después de misa, no para que ganaran "los suyos" (que, en realidad, no tenía "suyos") sino para que no volvieran los de entonces a quemar las iglesias y conventos pillando a Don Dalmacio dentro.


Entregó su carnet y el sobre con su voto al Presidente Don Macario, maestro titular de Pobladura, pero resultó que no podía votar porque no estaba en el censo.


- Pero ¿el sr. cura no te ha empadronado?
- Bueno, al principio sí me empadronaba, pero hace años que lo ha ido dejando, arrepentido.


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miércoles, 18 de mayo de 2011

Aleluyas de Zapopan

QUE SEPAS, AMIGO PANCHO, 
QUE EN LA COSA DE LAS VACAS
Y, EN GENERAL, DEL GANADO,
NO HAY QUE METERLAS EN CASA
AUNQUE AFUERA ESTÉ NEVANDO
PORQUE TOMAN CONFIANZAS
QUE NO AGUANTA EL MÁS TEMPLADO.
Y SI TU MUJER SE ABLANDA
¡QUE EL CIELO TE DÉ UN ESTABLO!
(PARA TI O PARA LA VACA
QUE EL FINAL NO ESTÁ MUY CLARO).


Por falta de dinero no había podido construir un establo y cada vez que llovía mi esposa metía a la vaca a la casa para que no se mojara y yo odiaba que el condenado animal me despertara lamiéndome los pies.  Le recé mucho a la Virgen de Guadalupe para conseguir dinero y poder hacer el establo y la Virgencita me hizo el milagro y ahora la vaca duerme afuera.


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domingo, 15 de mayo de 2011

Enlobecidos


Versión narrada

enlobecidos

Versión escrita


Había pasado veinte años intentando explicar la lógica interna (si es que existe una cosa como esa) del terrorismo en sus múltiples facetas asesinas.


Y nada: 15 libros y multitud de conferencias en colegios, ateneos e institutos para concluir que era inexplicable esa locura del daño y la muerte innecesaria y gratuita.


Veinte  años y ya ves tú por dónde, la clave se la dio Amador, el pastor de Pobladura cuando, una noche, en la cantina de Atilano, al ver en la tele el horror de unos trenes reventados a bombazos, se le ocurrió decir, como único comentario:


- Si es que están enlobecidos, Atilano.


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miércoles, 11 de mayo de 2011

Aleluyas de Zapopan

SI ERES UNA MADRE ATENTA
PON AL SANTO DE CABEZA
QUE A LAS MOZAS CASADERAS,
AL LLEGAR A LOS CUARENTA,
LOS TRENES NO LAS ESPERAN
NI PARA IR A LA SIERRA
Y LOS GRINGOS CON SOLERA
NO SON TANTOS, QUE YO SEPA


Mi hija Dolores tenía 40 años siendo la mayor y la única mujer de los 16 hijos que Dios me dio.  Yo estaba muy preocupada no la fuera a dejar el tren a la pobrecilla.  Puse a san Antonio de Padua de cabeza y le recé noche y día.  Conoció a un gringo llamado mister maicol y se casaron.  Además usó el vestido que yo me puse en mi boda.

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domingo, 8 de mayo de 2011

El Piripiri

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Versión narrada

El Piripiri


Versión escrita
Anochecía lentamente cada tarde, como si el cielo se negase a dejar a oscuras la inmensa, empobrecida y silenciosa ciudad de Maputo.


Cuando la noche cubría definitivamente como un manto la desesperanza cotidiana y, a lo lejos, sólo se veía en las laderas alguna luz temblorosa y todo lo demás era noche, noche cerrada (que no ví, por más que lo intenté, aquello de "la noche africana, sensual y pagana") se encendían las luces del Piripiri.


El Piripiri era un bar de aire colonial donde se reunían cada noche a cenar y tomar unas cervezas aquellos que podían permitírselo: cooperantes, consultores, viajantes de firmas comerciales y turistas de Sudáfrica.  Con sus amplias cristaleras y su terraza iluminada parecía un barco recorriendo lentamente la calle principal.


Y,  como si fuera el buque de un crucero,  los clientes miraban a la calle por ver pasar el espectáculo incesante de niños vendiendo pulseras y colgantes, batuques, batiks y casitas de madera, capulanas, cajitas de palosanto y "palos de acompañar".  Y los niños miraban con asombro el espectáculo, más inquietante todavía, de blancos bebiendo, fumando y comiendo con desgana, como si fuera un acto rutinario y cotidiano.


Y, en este escenario, casi teatral y un poco alucinado, cayó una noche del agosto, cuando allí parecía querer apuntar  ya la primavera, un solitario consultor de la UNESCO, para orientar sobre posibilidades, métodos y contenidos de una posible "Educación Moral y Cívica" (o lo que aquí quiere llamarse, hoy en día, "Educación para la Ciudadanía").


Después de un plato de "galinha al piripiri" y tres cervezas, sintió necesidad de visitar el excusado y, del modo en que los extranjeros se dirigen a la gente de países más pobres, o sea, casi a voces y hablando en castellano, le preguntó al camarero, un hombre negro, grandón y seguro de sí mismo, como el que sabe que, después de cien años, ha conquistado, por fin, la independencia:


-¿El servicio?.


El camarero hizo ademán de no comprender ni una palabra.


El consultor, en un esfuerzo, hizo ademán de cogerse la minga con la mano y el sonido del chorrito en un siseo.


El camarero, con toda dignidad, como ofendido, contestó con cierto tono de desprecio:


-Eso, aquí, los hombres grandes lo hacen solos.


Y así quedó la cosa.  Que nadie quiso investigar qué había entendido el camarero.




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jueves, 5 de mayo de 2011

Aleluyas de Zapopan

EL VIAGRA ES UNA COSA
PEQUEÑITA Y PORTENTOSA
QUE, UNIDA CON LA ORACIÓN,
(SI ÉSTA ES CON DEVOCIÓN)
DEJA CONTENTA A LA PROPIA
Y TE APLAUDE LA AFICIÓN

Moraleja
"A LA VIRGEN ROGANDO
Y CON EL VIAGRA DANDO"



Doy gracias a la Virgencita de Juquilla que apareció el Viagra y desapareció de mí este penoso mal y ya pude cumplirle a mi mujer en la cama porque no hallaba remedio alguno a mi mal encomendándome a ti hice la prueba y ahora vivimos muy felices los dos conservando nuestro matrimonio te dedico éste. Roberto Cayoacán. México. 5 de diciembre de 1999.