domingo, 18 de septiembre de 2016

Un pueblo con reguero





Pues yo, señores,  nací en un pueblo en el que, aunque era de ribera, no eramos amigos de ir al río.

El río quedaba más allá de los plantíos, después de las parcelas de patatas y del molino de Carancha y pasaba por el término del pueblo entre zarzas, espadañas y paleras y era mucho más accesible desde la otra orilla, que era ya del otro pueblo y el puente quedaba más allá, dos kilómetros río abajo.

Así que el río tenía para nosotros algo de hosco y de bravío.  Sobre todo, después de que Angelín, el de Sidoro, niño algo fato y con ataques de bascas y de espumas, apareció enredado entre los juncos, con la barriga más hinchada y renegrida que los pellejos de vino de Atilano, el cantinero y con esos ojos abiertos como platos que les quedan a los muertos cuando les llega de repente y de improviso el pasmo del último respiro.

Desde entonces, ya les digo, se nos quitaron las ganas y no éramos amigos de ir al río.

Nos sobraba con el reguero.  El reguero era otra cosa.  Algo propio y familiar, sin peces y sin peligros.  Venía desde la Nava y, sí, decían que entre La Nava y nuestro pueblo, por la zona de los prados que quedaban por debajo de las eras, había cangrejos gordos como abuelos.  Pero eso sería cuando entonces, hace tiempo.
Despues de aquellos prados, entraba en Palazuelo atravesando la huerta del señorito.

Digo la huerta del señorito y, dicho así, parece nada;  pero la huerta del señorito era, para nosotros, un territorio tan inexplorado y misterioso como  podría ser el Serengueti, o las verdes praderas de Alabama, si es que esas cosas existen.

El señorito y sus amigos, a veces, hacían fiestas bien sonadas.  Traían señoritas peripuestas y pintadas, que fumaban con desgana, en los asientos traseros de coches de punto con placas de Madrid y Salamanca y las hacían correr medio desnudas por la huerta, tirando cartuchos al aire y azuzando a los perros:

- ¡A ellas, Sultán, que son perdices!

Ellos reían como locos.  Ellas, no tanto.  Con una risa un poco falsa. Con tufo de tabaco y Whisky. 

Decían que las pagaban.

Después de aquel territorio blasonado, aristocrático y putero, el reguero entraba en nuestra calle y, serenín y silencioso, se hacía de los nuestros, compañero de juegos y testigo callado de aquellas historias donde se fueron cociendo los paisanos que ahora somos.

Mañanas de junio tirando palines al reguero, desde la pontona, para que otros los pescaran con ramas de negrilla aguas abajo (que esto fue cuanto supimos del arte de la pesca).

Mundo de risas repetidas sin descanso cada vez que Nino, el cachorro, cruzaba el reguero pujando a hombros la burrina con la excusa, nos decía, de que estaba delicada y no podía mojarse, por la cosa del reuma.

El reguero donde lavaba la ropa María la Purrusalda, aquella que, después de quince años de viudedad y de abandono, fue tan decidida hasta la tumba del su hombrico para decirle a puro grito (que si Antonio era ya sordo cuando vivo, no te digo cómo estaría ahora, después de tanto tiempo):

- Antonio, que vengo a decirte que me caso, que lo sepas, que si no estás mejor que yo, bien amolao estarás.

El reguero que pasaba por delante de la casa de Luisa, la zarata:

Se llamaba Luisa. La llamaban "la zarata" y forma parte del paisaje de mi infancia en Palazuelo como el resto de cosas y lugares con que pueblo los recuerdos: el molino de Carancha, la casa del señorito, el reguero bajo o las negrillas centenarias a la puerta de la iglesia.



A mis ojos de niño, al encontrarla en la iglesia, en el caño de la plaza, en la tienda de "la guapa", era una mujer como otras tantas, de esa edad imprecisa que tienen las abuelas.

Pero, al nombrarla, se notaba un silencio que hacía pensar que algún misterio se ocultaba. Era parte, parecía, de ese tabú innombrable que, a veces, ocultan las aldeas.

Solamente, ya de mozo, años más tarde, cuando se suponía que había superado, sin saberlo, algún rito de pasaje, llegué a enterarme del secreto.

En estos pueblos de ribera, una mujer sin hombre en casa, viviendo sola, estaba condenada a la pobreza.

Y Luisa quedó viuda cuando entonces, cuando, de recién casada, le arrancaron al marido para el frente de Teruel. Y allí quedó. Con otros muchos.

Después del zafarrancho, volvieron los hombres que quedaron. Volvió la vida a su rutina, a la dura tarea de seguir vivos como fuera.

Luisa hizo frente a la desgracia como pudo: pagando las patatas y el tocino con la vieja moneda del alivio de los mozos que llegaban por la noche, como sombras, por los huertos.

Se hizo un pacto de silencio: nadie en el pueblo quiso saber nunca de qué forma conseguía, sin tierras y sin hijos, ir viviendo.

Con el tiempo, los mozos se hicieron hombres pero fueron manteniendo, por un tiempo, la costumbre.

Luego, la edad y la rutina fueron haciendo más escasas las visitas y las cuotas que aportaban. A partir de entonces, las mujeres, como si tuvieran la sensación inconsciente de tener que agradecer el que su matrimonio hubiera aguantado los envites, siguieron ayudando con un cesto de huevos, manzanas, uvas o patatas, por su tiempo.

Pero Luisa tenía inculcada en las entrañas la vieja moral de que el pan ha de ganarse con esfuerzo, poniendo algo de la parte del que come. Por eso salía cada tarde a la puerta de la calle, al sol de la abrigada, a la orilla del reguero, a esperar la posible clientela, disimulando la inquietud con la calceta.

Por eso, cuando vio venir a aquel mocetón, que acababan de contratar como pastor, volviendo con sus ovejas al sol puesto, le renació la esperanza. Y cuando el mozo, al pasar, le preguntó: "¿Qué hora es?"  se puso en pie como por obra de un resorte y contestó:

- ¿Qué hora es? ¡Ay ladrón, ladrón qué pronto me has convencido!


Pues bien, el reguero, cuando, cansado de chusmar por nuestras casas, se alejaba, desganado y silencioso, como había llegado más arriba, se perdía, recobrando su bravío, bajo el molino de Carancha.

Carancha era un poco burro, la verdad, que juraba hasta sin necesidad, casi como por puro molestar.  Decían que era rojo porque no aparecía por la iglesia nada más que el día de san Antón.  Como hacían otros muchos, la verdad, que fue lo que terminó
. por sacar de sus casillas al cura, don Solutor:

No había nadie en nuestro pueblo que se perdiera la misa, la procesión o la subasta del gocho el día de san Antón.
Aquello era mucho más que una cuestión de religión.  Hasta Carancha, el del molino, venía ese día a cumplir con el santo y la limosna, aunque bien es verdad que no pasaba de los portales de la iglesia, que tengo para mí que la soledad del molino y el mal vino le habían ido, poco a poco, enlobeciendo.
Don Solutor, un cura grandón, montañés y trabuacire, natural de Portilla de la Reina, se alegraba (como no podía ser de otra manera)  de aquella explosión de fervorosa devoción.
Pero el resto del año rumiaba en silencio el disgusto que le causaba ver la iglesia casi desierta los domingos y hasta en las grandes fiestas de la Pascua.
Se veía venir.  Y así fue. Reventó con santa furia en el sermón del Corpus Cristi ante la escasa concurrencia.
- Si yo no digo que san Antón no sea un santo milagrero que merezca toda vuestra devoción; pero también os digo que, al lado de Dios, san Antón es una mierda.


Con todo esto que he contado, espero que entiendan ustedes .  Que si hubiera vivido a la orilla del Mississippi hubiera escrito historias de muchachos que pescaban sin parar.

Pero, al haber nacido en una calle por la que pasaba un reguero solo puedo contar estas cosas que les cuento.

3 comentarios:

Luis Ángel Díez Lazo dijo...

Y bien contadas, vive dios.

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho, soy de pueblo, y es un cuadro sincero el que nos pintas. Uno de Albacete

Ximens dijo...

¡Qué bien escribes y cómo me gustan tus historias.