miércoles, 21 de octubre de 2015

Las Caldas



De los veranos de la infancia ninguno me ha dejado tanta huella como aquel que pasamos en Las Caldas.

Contrataron a madre y allá fuimos al comienzo del verano.

Para un niño de ribera, aquel paisaje vertical, de un río que parece encontrar a duras penas un estrecho camino entre montañas, ya era un motivo suficiente para el pasmo.  Pero nada como el viejo edificio de Las Caldas.

El edificio de Las Caldas recordaba y tenía hasta la facha de un enorme transatlántico navegando mansamente río abajo por las aguas del Curueño.

Y en su interior, separadas y distintas, como contaba el abuelo del barco en que volvió de Buenos Aires cuando le venció la murria y la miseria, las zonas de Primera, de Segunda y de Tercera, como tres universos cerrados y distantes.

A mediodía iban llegando (no sé cómo llamarlos, si clientes, pacientes o bañistas) las gentes que venían a los baños, silenciosos y dignos, como aquellos pasajeros que acuden al embarque de un crucero.

Y ocupaban cada uno su espacio en el lugar correspondiente, atendiendo a su rango y condición: en la popa, la Primera; en el centro, la Segunda y aquí, en la proa, la Tercera.

Los de Primera (alguna viuda de militar, algún capellán de santuario con buenos estipendios, algún abogado aquejado de reuma) se acomodaban en su cuarto, en la butaca que tenían frente al ventanal que daba al río a esperar la hora de bajar al restaurante (consomé al jerez, revuelto de gambas y ajetes, besugo al horno, fruta del tiempo y souflé especial, como si fuera el Novelty, ya te digo).

Los de Segunda (empeados, tenderos, viajantes de comercio y sus señoras) esperaban pacientamente sentados a la larga mesa de la sala (lentejas con chorizo, filete de ternera con patatas, fruta del tiempo y vino de la casa).

Los de Tercera (labradores del Páramo, de Campos o de Ribera), deslomados del trajín de la cosecha, con males que parecían incurables, colocaban los cestos en que traían los garbanzos, las patatas, el vino, el orujo y parte de la matanza para pasar aquellos días y, compartiendo la cocina, preparaba cada familia su puchero de patatas con costilla o de callos con garbanzos.

Las mañanas pasaban sin sentir, entre los baños, los chorros y el descanso; pero las tardes eran lentas, que el Sol, a las cinco de la tarde se escondía en la montraña de enfrente como detrás de un paredón.

Los de Primera engañaban "esta paz tan silenciosa" leyendo el ABC y escuchando a Gardel en la gramola del salón.

Los de Segunda alargaban las partidas de brisca y de chinchón hasta la hora de la cena.

Los de Tercera compartían el vino y la matanza entre risas y canciones, manteniendo la costumbre de hilorios y calechos hasta que aguantaba el cuerpo, que era mucho, en medio de tanta holganza. 

Pasados unos días (tres, cinco, siete o nueve, que los baños tenían que ser, necesariamente, impares) la viuda del militar y el capellán dejaban con alivio "aquella paz tan silenciosa" y volvían a lo suyo con la misma dolencia y la tristeza.

Los de Segunda salían a despedirse y notaban una cierta mejoría y que les quedaba más justa la camisa.

Los de Tercera, en el último hilorio, cantaban de despedida:

Adiós, Caldas de Nocedo
y sus aguas minerales. 
Dejamos aquí el dinero,
pero también nuestros males. 

Y se iban como nuevos, satisfechos y sonrientes, dando gracias por el milagro recibido. 

Yo era un niño, ya os digo, y no supe comprender hasta muy tarde esa cosa tan extraña de que las grandes curaciones solamente ocurrieran en Tercera.

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4 comentarios:

Javier Díaz dijo...

Excelente relato, Paco. Siempre he deseado que algún "emprendedor" recuperase las Caldas de Nocedo... ¡Salud!

Francisco Flecha dijo...

Gracias, Javier. Ese viejo "barco" desarbolado tiene algunas fotos. La decadencia también tiene su estética. Anímate. Saludos

Beatriz Basenji dijo...

Las preciosidades a las que Francisco Flecha nos tiene acostumbrados! Con distintos paisajes, con gentes siempre diversas, también conocimos esos lugares donde la gente va a tomar sus baños anuales, sin los cuales nunca se podrían pasar el invierno vendiendo salud, como entonces decían. Y es verdad, los milagros ocurrían en la tercera. Como contaba mi madre que fue a tomar baños a unas playas que entonces solo frecuentaban los muy muy ricos y cuando ellos - los dueños de la playa se marchaban - llegaban ellos para darse el chapuzón de las 17.30 y en siete días se curó de una eccema que le tenía a mal traer. Cordiales saludos.

Francisco Flecha dijo...

Gracias, Beatriz. Siempre tan amable y lectora fiel y puntual. Abrazos