domingo, 8 de mayo de 2011

El Piripiri

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Versión narrada

El Piripiri


Versión escrita
Anochecía lentamente cada tarde, como si el cielo se negase a dejar a oscuras la inmensa, empobrecida y silenciosa ciudad de Maputo.


Cuando la noche cubría definitivamente como un manto la desesperanza cotidiana y, a lo lejos, sólo se veía en las laderas alguna luz temblorosa y todo lo demás era noche, noche cerrada (que no ví, por más que lo intenté, aquello de "la noche africana, sensual y pagana") se encendían las luces del Piripiri.


El Piripiri era un bar de aire colonial donde se reunían cada noche a cenar y tomar unas cervezas aquellos que podían permitírselo: cooperantes, consultores, viajantes de firmas comerciales y turistas de Sudáfrica.  Con sus amplias cristaleras y su terraza iluminada parecía un barco recorriendo lentamente la calle principal.


Y,  como si fuera el buque de un crucero,  los clientes miraban a la calle por ver pasar el espectáculo incesante de niños vendiendo pulseras y colgantes, batuques, batiks y casitas de madera, capulanas, cajitas de palosanto y "palos de acompañar".  Y los niños miraban con asombro el espectáculo, más inquietante todavía, de blancos bebiendo, fumando y comiendo con desgana, como si fuera un acto rutinario y cotidiano.


Y, en este escenario, casi teatral y un poco alucinado, cayó una noche del agosto, cuando allí parecía querer apuntar  ya la primavera, un solitario consultor de la UNESCO, para orientar sobre posibilidades, métodos y contenidos de una posible "Educación Moral y Cívica" (o lo que aquí quiere llamarse, hoy en día, "Educación para la Ciudadanía").


Después de un plato de "galinha al piripiri" y tres cervezas, sintió necesidad de visitar el excusado y, del modo en que los extranjeros se dirigen a la gente de países más pobres, o sea, casi a voces y hablando en castellano, le preguntó al camarero, un hombre negro, grandón y seguro de sí mismo, como el que sabe que, después de cien años, ha conquistado, por fin, la independencia:


-¿El servicio?.


El camarero hizo ademán de no comprender ni una palabra.


El consultor, en un esfuerzo, hizo ademán de cogerse la minga con la mano y el sonido del chorrito en un siseo.


El camarero, con toda dignidad, como ofendido, contestó con cierto tono de desprecio:


-Eso, aquí, los hombres grandes lo hacen solos.


Y así quedó la cosa.  Que nadie quiso investigar qué había entendido el camarero.




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6 comentarios:

Alberto Flecha dijo...

A las vaquillas, que suelen tener igual color que el camarero, al final de temporada les suele pasar lo mismo: están tan resabiadas que tiran de frente y sin preguntar llevándose al primero que pillan por delante, que ya están hartas de que las hagan el piripiri.

Un saludo, Francisco.

Francisco Flecha dijo...

Quién sabe, amigo Alberto cuáles eran las costumbres de los colonos de otros tiempos.
Saludos

Mauro Navarro dijo...

Extraño me resulta que el camarero entendiera mal lo que oía; un servidor pertenece a ese sufrido gremio y puedo asegurar que somos como curas al cobijo de un confesionario, oyendo penas, sinsabores y alegrías. Debió ser la falta de comprensión, pero la verdad es que dejó un relato inolvidable en las manos de un experto como tu, amigo Flecha. Has provocado la primera sonrisa del día y eso es mucho en estos tiempos. Un saludo

Francisco Flecha dijo...

Ya me extraña que a ti también te hayan pedido ayuda o un "servicio" a la hora de ir al vater.

Debería estar escrito con letras grandes (lo mismo que eso de "Prohibido fumar") las funciones y servicios que pueden pedirse a los camareros.

Un abrazo

Luis Ángel Díez Lazo dijo...

Es un ejemplo claro de como se termina mofando el subordinado de las pretendidas grandezas, del que mucho sabe de manejos, pero poco de los sentimientos de los hombres.
Relatado magistralmente, como siempre.
Salud.

Francisco Flecha dijo...

Es eso y un resumen, creo yo, de historia colonial
Salud, Luis Ángel