domingo, 19 de mayo de 2013

El hábito y el monje

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Don Gonzalo, el último marqués de Pobladura, era un señorón de mucho porte que, la verdad, siempre iba hecho un abril, trajeado y elegante como si hubiera de ir a ver al rey, frío y distante como un abad de Montserrat, recatado y santurrón como novicia ofrecida a las Descalzas.

Que ni hablar necesitaba: una simple mirada o una leve señal con el bastón eran de más ley que el Código Civil.

Por eso, Dorotea, la chica de Armellada que sevía a la marquesa, cuando le vio abandonar en calzoncillos la cama donde la sorprendió aquella madrugada, sólo acertó a decir:

- ¡Ay, señorito, con lo que yo le respetaba, vestido de señor, y se ha quedado usted en nada!

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martes, 14 de mayo de 2013

15 M

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Cuando Baudilio se enteró de que la solución a la injusticia, la explotación y el hambre consistía en comer insectos (los explotados y los hambrientos, por supuesto) pensó que este mundo de mierda había alcanzado las más altas cumbres de la inmoralidad. 

Después, cuando se lió a destrozar como loco las fachadas luminosas del poder, alguien, piadosamente, dijo que el pobre hombre, seguramente, había perdido el juicio. .

domingo, 12 de mayo de 2013

Educando a Tarzán (24)


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Los monos trepadores.

El pequeño mono pelón llevaba un tiempo cabizbajo y deprimido.

Después de diez años en la jungla seguía siendo el más torpe de los monos.

Es cierto que en la tierra, a ras de suelo, había conseguido superar a la manada en muchas habilidades manuales; pero en cuestión de trepar, hasta los monos más pequeños se reían de é, encaramados en las ramas más altas de los árboles.

Mientras le espulgaba con paciencia, Chita quitaba importancia a todo aquello:

- No te apures, Tarzán, hijo, que al mono que sube mucho los otros le ven el culo.

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domingo, 5 de mayo de 2013

Hombre mínimo

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Los años, tal vez, y algo de experiencia en el oficio, me han llevado al convencimiento de que no se consigue un buen relato narrando detalladamente las sucesivas e interminables desgracias del protagonista, que va languideciendo lentamente a lo largo de la historia. Y si, además, soporta las desgracias con una sonrisa bobalicona, peor aún.

Que yo sepa, eso sólo ha funcionado cuando Voltaire escribió "Cándido". Pero Voltaire era Voltaire y, además, la cosa tenía, al parecer, segundas intenciones.

Por eso sólo diré que Afrodisio Buenaventura (que, mira tú, que también acertaron con el nombre) fue, desde el mismo instante en que fue arrojado prematuramente en este mundo, un auténtico desgraciado. Sin paliativos. Fue caminando de desgracia en desgracia, de desdicha en desdicha, de fracaso en fracaso.

Más que crecer, como el resto de la gente, parecía ir consumiéndose por dentro, mermando y encogiendo. Quedándose en nada. Ni siquiera en la apariencia.

Y esto explica ( o me parece) que, cuando, por poner fin a todo aquello, en el único acto voluntaria y libremente decidido, se arrojó al vacío desde el alto viaducto, carente como estaba de peso y envergadura, se desvaneció, como pompa de jabón, en el aire pesado y bochornoso de Madrid.

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martes, 30 de abril de 2013

El color de las hayas







Presentación del libro
El color de las hayas
Epigmenio Rodríguez


Cuando Ulises llegó, por fin, a Itaca, una tarde cualquiera, hacia la mitad de aquel otoño, os lo puedo jurar (o, al menos, estoy casi seguro) que no fue el vuelo febril de los vencejos, ni las higueras de los huertos del camino, ni las cabriolas zalameras del perro a su llegada lo que le hicieron sentir que había llegado, por fin, al cobijo amoroso de la patria  (Que no es verdad que la patria verdadera sea el territorio de la infancia).

Y ni siquiera el reencontrarse de nuevo con los paisajes que habían ido alimentando la nostalgia en todos esos años de ausencias y penurias  (Que no es verdad, como a veces quieren los poetas que veneramos en este nuestro parnasillo provinciano, que la verdadera patria sea el territorio que repuebla la memoria).

Cuando Ulises llegó, por fin, a Itaca, una tarde cualquiera, hacia la mitad de aquel otoño y se encontró con los demonios familiares, cuando bajó, por fin, a los infiernos y entró de nuevo en el campo de batalla donde se enfrentan desde siempre, en lucha encarnizada, las fuerzas primigenias de la vida y el amor y la muerte y el odio y la fuerza de la sangre y el destino y la pasión y la venganza…entonces, sólo entonces, supo que había llegado, por fin, a la patria.

Es más. Que a pesar de los viajes, los peligros, los mares recorridos, esa patria primigenia siempre le había acompañado.

Que la patria que os digo no es un lugar al que se pueda volver de retirada, sino la lucha interior que lidiamos donde vamos, que configura lo que somos, las cicatrices que nos quedan y la mirada piadosa, casi tierna, que nos provoca la miseria y la derrota.

Bueno, pues después de todo esto, de esta larga parrafada, tal vez haya conseguido que alguno de vosotros esté ya pensando que a qué viene todo esto y que qué tiene que ver con Epigmenio y su novela.

No os preocupéis, que voy a ello.

Cuando empiezo a leer la novela de alguien que conozco, lo confieso, me pierde, al principio, pretender encontrar en ella alguna pista de aquello que yo espero.

Y me digo:  Epigmenio, como Ulises, guerrero que ha hecho frente a mil batallas y de las que guarda el recuerdo y más de una cicatriz, seguramente, quiere volver de nuevo a casa como aquellos transterrados que tienen  como prisa en anudar el cordón umbilical que les une a una tierra y a una gente que reconocen como propia.

Y leo lo que se dice de él en la solapa:

Epigmenio Rodríguez nació en Taranilla (León) en 1953. Maestro, economista y MBA, ha dedicado la mayor parte de su vida profesional a la educación, tanto en España como en el extranjero. Ha sido profesor, director de centros educativos y asesor del Ministerio de Educación.
También ha trabajado como consultor en proyectos de cooperación internacional. Fue minero en su juventud y (de lo que se siente más orgulloso) trabajó ayudando a sus padres en el campo y con el ganado desde tan temprana edad como es capaz de recordar.
En 2007 escribió y dirigió Las becicletas, una película de corto metraje.
 En 2010 publicó LEÓN SIN PRISA (I), primer volumen de un libro de viajes por la provincia de León.
En 2011 publicó el segundo, LEÓN SIN PRISA (II).
EL COLOR DE LAS HAYAS es su primera novela, y también la primera de la trilogía DE INFERNIS.

Y me preparo para una novela nostálgica de aire rural y veo a Braulio subido en su tractor “atravesando la brevedad de la Loma y empezando a subir lentamente por el camino del Cueto y contemplo con él el ocre austero de los robles, la sinfonía de color de las hayas con todos los tonos del amarillo al rojo y, aquí y allá, un armagón, un cerezo silvestre, un mostajo, un fresno…”

Y me dejo encandilar porque, a pesar de las corrientes de la moda, me encantan las historias rurales de estas tierras.  Que nunca he comprendido por qué escribir sobre Arcahueja es más criticable y provinciano que escribir sobre Comala, Macondo o East Aurora.

Y me equivoco, de nuevo.  Que por debajo de esta visión bucólica de campos bañados por las luces suaves del ocaso, en contraste radical y extremadamente sugerente con el ritual casi etnográfico de la feria de ganado, de las carreras y el baile vermú en el día de la fiesta se está librando, por debajo, en el eterno campo de batalla la lucha encarnizada entre las  fuerzas primigenias de la vida y el amor y la muerte y el odio y la fuerza de la sangre y el destino y la pasión y la venganza…

Y uno se da cuenta, justo a tiempo, que Epigmenio, como Ulises, ha querido bajar a los infiernos y descubrir que están aquí y ahora, entre nosotros, que son la masa con la que vamos resultando lo que somos (supervivientes o vencidos), que la eterna pelea primigenia se da en todos los ambientes, por íntimos que sean, por pequeños, aislados, familiares… y que la lucha siempre se enfrenta en solitario.

Y construye con ello una novela ejemplar, plagada de matices, con la fuerza de las grandes tragedias que han sido referencia de vida y de cultura en todas las  orillas de este mar que venimos recorriendo desde los tiempos de Ulises, por lo menos.

León, 29 de Abril del 2013
Francisco Flecha

sábado, 27 de abril de 2013

Las cosas en su sitio

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No había nadie en Pobladura que se perdiera la misa, la procesión o la subasta del gocho el día de san Antón.

Aquello era mucho más que una cuestión de religión.  Hasta Carancha, el de la fragua, venía ese día a cumplir con el santo y la limosna, aunque bien es verdad que no pasaba de los portales de la iglesia, que tengo para mí que el fuego de la fragua y los golpes de la maza le habían ido, poco a poco, enlobeciendo.

Don Ramiro, un cura grandón, montañés y trabuacire, natural de Portilla de la Reina, se alegraba (como no podía ser de otra manera)  de aquella explosión de fervorosa devoción.

Pero el resto del año rumiaba en silencio el disgusto que le causaba ver la iglesia casi desierta los domingos y hasta en las grandes fiestas de la Pascua.

Se veía venir.  Y así fue. Reventó con santa furia en el sermón del Corpus Cristi ante la escasa concurrencia.

- Si yo no digo que san Antón no sea un santo milagrero que merezca toda vuestra devoción; pero también os digo que, al lado de Dios, san Antón es una mierda.



sábado, 20 de abril de 2013

La crisis


"El Ferroviario", después de las partidas de la tarde, se remansaba en tertulias que analizaban sin rabia, sin pasión y sin nostalgia, las cosas de la vida o, simplemente, el afán de cada día.

Hoy, Jacinto, maquinista jubilado, oficiaba de maestro:

- Que te digo yo, Delmiro, digo yo, que algunos hemos ido viviendo en una crisis permanente, sin saberlo.  Que eran aquellos, tiempos de roña y frío y de horas de zapato para no ir a ningún sitio.  Que, después de todo, andar era la única diversión al alcance de la mano.  Y el frío, si te acuerdas, siempre el frío y aquellas voces de los camareros en los bares que resumían la cosa con más precisión que el Evangelio:

"¡Media de albóndigas y doble de pan, Baldomero!  Con salsa para mojar, si no te importa".

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sábado, 13 de abril de 2013

El viejo profesor






El viejo profesor,después de cuarenta años de servicio en aquel instituto femenino, tres desengaños amorosos y un matrimonio en el que hacía algún decenio que se habían agotado (por cansancio) los reproches, las pasiones y el deseo, explicaba su programa con la suave languidez del desengaño, como el rezo vespertino del rosario, pero no soportaba ni un rumor, ni un cuchicheo y le gustaba amonestara las rebeldes:

-Señoritas, no les pido amor, pero, al menos, un poco de atención al acto.

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martes, 9 de abril de 2013

Martes, con Galeano




Neruda /1



Estuve en la Isla Negra, en la casa que es, que fue, de Pablo Neruda.


Estaba prohibida la entrada. Una empalizada de madera rodeaba la casa. Allí la gente había grabado sus mensajes al poeta. No habían dejado ni un pedacito de madera sin cubrir. Todos le hablaban como si estuviera vivo. Con lápices o puntas de clavos, cada cual había encontrado su manera de decirle; gracias.


Yo también encontré, sin palabras, mi manera. Y entré sin entrar. Y en silencio estuvimos, conversando vinos el poeta y yo, calladamente hablando de mares y amares y de alguna pócima infalible contra la calvicie. Compartimos unos camarones al pil-pil y un prodigioso pastel de jaibas y otras maravillas de esas que alegran el alma y la barriga, que son como él sabe, dos nombres de la misma cosa.


Varias veces alzamos nuestros vasos de buen vino, y un viento salado nos golpeaba la cara, y todo fue una ceremonia de maldición de la dictadura, aquella lanza negra clavada en su costado, aquel dolor de la gran puta, y todo fue también una ceremonia de celebración de la vida, bella y efímera como los altares de flores y los amores de paso.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos

domingo, 7 de abril de 2013

La cita

Imagen: Alejandro Conde


Sabía pocas cosas de ella, la verdad: que vendría con un traje de chaqueta rojo y un sombrero a juego; que acababa de salir (como él mismo) de una relación tormentosa en la que el marido la despreciaba y con el que había llegado a la terrible conclusión de que no tenían (tal vez, jamás habían tenido) nada en común, un ser despreciable, que jamás había tenido con ella el más mínimo gesto de ternura.  Era una historia gemela a la que él mismo había sufrido en silencio tantos años.

Pero todo esto era el pasado, una pesadilla que el tiempo haría olvidar, seguramente.

Ahora, con ella, todo podía comenzar a ser distinto.  Almas gemelas, lo que se dice almas gemelas.  Los mismos gustos, los mismos sentimientos, sueños y deseos. Noches enteras de confidencias y secretos en el chat.

Por eso, cuando  la vio aparecer con aquel sombrero que él mismo le trajo de París y que se negó a estrenar porque, según dijo, le hacía parecer una fulana, disimuló como pudo y se perdió, resoplando, entre la gente que cruzaba con prisa el paso de cebra de  Piazza Bologna.

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sábado, 30 de marzo de 2013

El plagio


Baudilio, el del camión, natural de Pobladura y casado felizmente con Araceli, la de Antonio, nunca se había imaginado que podía ser considerado un artista de vanguardia hasta que vio que alguien le había plagiado y expuesto en el MUSAC (bajo el título "Texturas") los montones de grava que él mismo había dejado en las eras de su pueblo para los canales de riego que los Hermanos Redín estaban construyendo en estas altas parameras de Celama

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sábado, 23 de marzo de 2013

Gato por liebre




El  gato con botas se conformó, al principio, con el puesto de Administrador General del Marqués de Carabás.  Pero, con el tiempo, comenzó a decir que si no se le tenía suficientemente en cuenta; que si aquella casa iba como iba porque nadie le hacía el más mínimo caso; que desde que la princesa había tomado las riendas, esto parecía un molino sin corneta; que si no se le consideraba en lo que valía; que ya se estaba cansando y que sólo pedía que no le obligaran a hablar, porque si él hablara...

Con todo aquello, al marqués no le quedó otra salida.  Tuvo que hacerlo:  mandó que se lo presentaran para la cena bien asado al coñac, con puré de manzanas y castañas.

Su suegro, el rey, que era gran aficionado a los platos de caza y que se preciaba de que a él, en la mesa, nadie le daba gato por liebre, al final de la cena mandó felicitar a la cocinera por su exquisita receta de liebre a la cazadora.





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jueves, 21 de marzo de 2013

En el día de la Poesía

Imagen: Manuel Sierra


Aquella lluvia esperada

Y llovió, por fin,
a cántaros,
como habíamos esperado.
(Tiempo cruel
en que sólo era  posible
la esperanza
y la poesía, necesaria).

Y llovió, por fín,
a cántaros
y salimos, entre risas, a la calle
paseándonos a cuerpo,
repitiendo nuestros nombres,
rescatando los días
del olvido,

...olvidando....

... y nos cubrió, como un manto
el pacto silencioso
de la nieve en los tejados.

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