domingo, 20 de noviembre de 2016

Hortus Sanitatis





La virtud de la Ruda

Cuando un cristiano se mofaba de la creencia en las poderosas virtudes curativas de las plantas, Fray Ginés, el herbolario de Escalada repetía, una vez más, la sorprendente historia de Mitrídates, antiguo rey del Ponto.

Pues el caso es que Mitrídates, temeroso de poder ser envenenado, se protegía con toda suerte de antídotos. 

Algunos de su invención.

De modo que acostumbraba a tomar, en la primera colación, veinte hojas de ruda, un poco de sal, dos grandes nueces, dos higos y dos bellotas para prevenir cualquier traición  o sobresalto.

Tal fue el efecto del brebaje que cuando, vencido por los romanos, pidió a su fiel sirviente la piedad de una muerte dulce y en la cama, no hubo veneno con que pudiese llevarse a cabo su deseo y hubo que terminar con su vida a martillazos.

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domingo, 13 de noviembre de 2016

Hortus Sanitatis


La eficaz virtud del puerro

Leovigildo Pérez de Rivera, Alférez Mayor de las huestes de don Pedro de Guzmán, no conseguía tener descendencia, sin que llegaran a saberse claramente los motivos.

Que era difícil saber si el desajuste era efecto de aquella lanzada bajera sufrida en la guerra con los moros y que le dejó el miembro manso y remolón o que su esposa, doña Blanca, veíase afectada de la dolencia de vientre frío y seco.

Consultado Fray Ginés, el herbolario de Escalada, dictaminó que convenía a doña Blanca una dieta rigurosa y exclusiva de puerros de Sahagún, pacientemente mascados, que era remedio seguro y acreditado, según el Macer Floridus, para lograr la fecundidad de las doncellas.

Y, a todas luces, fue eficaz lo allí dispuesto.

Que, desde entonces, corretean por la casa dos niños y dos niñas sonrosados, rubios y despiertos, vivos retratos del mismísimo jefe de la guardia, vecino bondadoso y bien dispuesto.

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miércoles, 9 de noviembre de 2016

El jardín de las delicias


¡Ay san Juditas Tadeo
que compras coches usados!
Ahora que voy pa' viejo
y casi estoy jubilado
regálame un coche nuevo
no para ir al trabajo
sino para ir de paseo.

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sábado, 29 de octubre de 2016

El marinero varado





En las tardes de invierno, metidas en lluvia, varaba Mariano sus huesos (y los pocos recuerdos que, a veces, flotaban como cuadernas de un barco que hundió
la galerna) en la penumbra de la adega de kunka, en La Puebla.

Y, al calor de la estufa, se empeñaba en decir que sabe por experiencia que, en el mar que se esconde en las caracolas, hay caracolas gigantes en cuyo interior se escuchan las esquilas del ganado, las campanas de ermitas lejanas y los cantos de labrador de las altas parameras de Castela.

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jueves, 27 de octubre de 2016

Hortus Sanitatis





Las virtudes de animales y de plantas.

Paseaba Fray Ginés, el herbolario, por estas altas parameras y estos cuetos bravíos de Escalada, pensando en el oficio y en el favor que había hecho a los cristianos el estudio riguroso de las virtudes de animales y de plantas en la lucha contra dolencias, bubas, calenturas y tercianas.

Valga decir, pensaba Fray Ginés, que aquellos tumores fríos, las escrófulas (a los que el tal Voltaire llamaba, según dicen, "lamparones") hubo un tiempo en que el vulgo creía que solo podían curarse por mediación divina o, en su caso, cuando los reyes cristianos, que reciben de Dios todas las gracias, ponían su dedo en las bubas del enfermo.

¡Cuánto dolor se habría evitado siguiendo los consejos de los grandes maestros que, para tales ocurrencias, aconsejan la ceniza rehogada de la carne y el hígado del burro, el estiércol del búfalo o el mismo excremento del camello!

Y quien habría de pensar que más monta (para la cosa del curar, que Dios nos valga) un burro, un búfalo, un camello que las manos consagradas del Rey de las Españas.

 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Hortus Sanitatis


La virtud del ajenjo

Lo decía Fray Ginés, el herbolario de Escalada, asegurando, sin empacho, que la virtud del ajenjo está en que "si se le coloca debajo de la cabeza producirá dulce sueño, siempre que el enfermo no se aperciba de que se lo han puesto"

Y debía ser verdad, pues que Elpidio, el carpintero del taller de la Cuesta Castañón dormía como un tronco hasta que descubrió que su mujer le aplicaba en secreto tal remedio.

No volvió a pegar ojo y pasaba las noches agobiado, en un puro sobresalto.

Que algo tramaría Donatila para que fuera preciso tanto sueño amodorrado.

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lunes, 17 de octubre de 2016

El Jardín de las Delicias


Si te enojas, Luz María,
ten cuidado, vida mía,
no dejes desorejado
al hijo de tus entrañas,
que no siempre está san Charvel
presente y desocupado
para hacerte a tí el milagro
por mucho que se lo pidas.

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miércoles, 5 de octubre de 2016

Hortus Sanitatis



De la limitada virtud del ajo crudo.  

No es que quiera yo dudar (¡líbreme dios!) del sabio magisterio de Dioscórides, pero cuando dicta la sentencia de que "no le dañara la bebida de aguas desconocidas ni el cambio de residencia a aquel que tomare un ajo cada día en ayunas", no creo que acertara plenamente.

Que Martín, el pocero de Santa Ana, ha ido empeorando día a día y a ojos vistas desde que ocupa celda en esta prisión del Santo Oficio.

Y eso, a pesar de su dieta diaria de ajos crudos y en ayunas.

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lunes, 3 de octubre de 2016

Hortus Sanitatis









De la virtud del jabalín

Doradía, moza altiva y melindrosa, hija segunda de Pero Laínez, sacristán y sepulturero de la villa de Valderas, estuvo a punto de morir por negarse, desoyendo el llanto y los apuros de la madre, al remedio aconsejado contra el flujo de sangre en la nariz y consistente en aspirar, por espacio de lo que tarda en rezarse un Gloria Patri, los excrementos frescos y calientes de un jabalín macho y sin castrar, a ser posible.  

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domingo, 25 de septiembre de 2016

El jardín de las delicias




Desde que aquí no hay gobierno
los diablos colorados
pillan gran aburrimiento
porque están acostumbrados
a acudir al parlamento
a tocarles los cojones
a cuenta del presupuesto.

Como está todo parado
no hay mayor divertimento
que hacer rabiar a los gatos
aunque el santo sacramento
tenga que hacer el milagro
de echar fuera a los engendros





martes, 20 de septiembre de 2016

Últimas voluntades (por ahora)





                                       Cuando era joven gritaba
                                       "Libertad"

                                       De hombre luché por
                                       la justicia.

                                       Ahora os pido,
                                       amigos, ya lo veis,
                                       solo la paz

                                       (Construida, eso sí
                                       con justicia
                                       y libertad).

                                                                     F. Flecha

El pacto






- Da gusto. En este colegio (y esto es mérito de todos) hemos conseguido un clima y un nivel de convivencia envidiable.  Podría decirse que nos llevamos como una auténtica familia.


A doña Patro, la directora, le gustaba repetirlo, como una letanía, a la menor ocasión: en las cenas de navidad, la fiesta del patrono, las comidas de homenaje...

Y era cierto.  Como una auténtica familia.  Que no faltaba ni una sola de esas pullas envenenadas que se dan en las familias.  Ni una sola mala cara. Ni una putada disimulada. No faltaba nada de nada.

En este ambiente fraternal nunca hizo falta esa cosa ordinaria y desconfiada del votar.  Las cosas se hacía como decía doña Patro y ya está.

Como una auténtica familia, ya te digo.  Que no faltaba ni siquiera el eterno protestón y descontento.

Lo que hoy os traigo a cuento, sin embargo, empezó cuando la misma doña Patro eligió como nuevo profesor de Música a don Heliodoro, fiada, ya ves tú, de que su condición de canónigo de la Colegiata venía a ser una garantía de buenas costumbres, docilidad y armoniosa convivencia.

Pero salió rana el curita y la intención.  Que don Heliodoro resultó ser de ese tipo de gente tan común por estas tierras, de buey morugo que embiste a ciegas y muerde con la boca cerrada.

Siempre tenía algo que decir y las juntas comenzaron a durar más de los doce minutos de costumbre.

Y cuando los del Ministerio salieron con la extravagante ocurrencia de que los cargos de los centros debían renovarse periódicamente y que, para ello, los claustros deberían elegir en votación una terna de posibles candidatos, superada la sorpresa y el pasmo del principio, comenzaron los primeros movimientos y discretas reuniones.

Don Heliodoro logró convencer a doña Leo, la profesora de Dibujo de que era hora de que empezaran a respetarse estas materias que parecían relegadas al injusto papel de "las marías".  Y, para dar el campanazo, proponía que se votaran mutuamente para, al menos, lograr estar presentes en la terna.


-Usted me vota a mí y yo a usted, doña Leo.  Ya verá la sorpresa que se llevan.

Fue una votación tensa y nerviosa.  La falta de costumbre. Con recelos y miradas de reojo.

Y, al recuento de los votos emitidos, doña Leo se vio obligada a mostrar su desacuerdo:


-Perdonen, pero creo que ha habido algún error.  Que don Heliodoro aparece con dos votos y yo no tengo ninguno.

Pero, inexplicablemente, revisada la cuestión, no se encontró el error por sitio alguno.

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domingo, 18 de septiembre de 2016

Un pueblo con reguero





Pues yo, señores,  nací en un pueblo en el que, aunque era de ribera, no eramos amigos de ir al río.

El río quedaba más allá de los plantíos, después de las parcelas de patatas y del molino de Carancha y pasaba por el término del pueblo entre zarzas, espadañas y paleras y era mucho más accesible desde la otra orilla, que era ya del otro pueblo y el puente quedaba más allá, dos kilómetros río abajo.

Así que el río tenía para nosotros algo de hosco y de bravío.  Sobre todo, después de que Angelín, el de Sidoro, niño algo fato y con ataques de bascas y de espumas, apareció enredado entre los juncos, con la barriga más hinchada y renegrida que los pellejos de vino de Atilano, el cantinero y con esos ojos abiertos como platos que les quedan a los muertos cuando les llega de repente y de improviso el pasmo del último respiro.

Desde entonces, ya les digo, se nos quitaron las ganas y no éramos amigos de ir al río.

Nos sobraba con el reguero.  El reguero era otra cosa.  Algo propio y familiar, sin peces y sin peligros.  Venía desde la Nava y, sí, decían que entre La Nava y nuestro pueblo, por la zona de los prados que quedaban por debajo de las eras, había cangrejos gordos como abuelos.  Pero eso sería cuando entonces, hace tiempo.
Despues de aquellos prados, entraba en Palazuelo atravesando la huerta del señorito.

Digo la huerta del señorito y, dicho así, parece nada;  pero la huerta del señorito era, para nosotros, un territorio tan inexplorado y misterioso como  podría ser el Serengueti, o las verdes praderas de Alabama, si es que esas cosas existen.

El señorito y sus amigos, a veces, hacían fiestas bien sonadas.  Traían señoritas peripuestas y pintadas, que fumaban con desgana, en los asientos traseros de coches de punto con placas de Madrid y Salamanca y las hacían correr medio desnudas por la huerta, tirando cartuchos al aire y azuzando a los perros:

- ¡A ellas, Sultán, que son perdices!

Ellos reían como locos.  Ellas, no tanto.  Con una risa un poco falsa. Con tufo de tabaco y Whisky. 

Decían que las pagaban.

Después de aquel territorio blasonado, aristocrático y putero, el reguero entraba en nuestra calle y, serenín y silencioso, se hacía de los nuestros, compañero de juegos y testigo callado de aquellas historias donde se fueron cociendo los paisanos que ahora somos.

Mañanas de junio tirando palines al reguero, desde la pontona, para que otros los pescaran con ramas de negrilla aguas abajo (que esto fue cuanto supimos del arte de la pesca).

Mundo de risas repetidas sin descanso cada vez que Nino, el cachorro, cruzaba el reguero pujando a hombros la burrina con la excusa, nos decía, de que estaba delicada y no podía mojarse, por la cosa del reuma.

El reguero donde lavaba la ropa María la Purrusalda, aquella que, después de quince años de viudedad y de abandono, fue tan decidida hasta la tumba del su hombrico para decirle a puro grito (que si Antonio era ya sordo cuando vivo, no te digo cómo estaría ahora, después de tanto tiempo):

- Antonio, que vengo a decirte que me caso, que lo sepas, que si no estás mejor que yo, bien amolao estarás.

El reguero que pasaba por delante de la casa de Luisa, la zarata:

Se llamaba Luisa. La llamaban "la zarata" y forma parte del paisaje de mi infancia en Palazuelo como el resto de cosas y lugares con que pueblo los recuerdos: el molino de Carancha, la casa del señorito, el reguero bajo o las negrillas centenarias a la puerta de la iglesia.



A mis ojos de niño, al encontrarla en la iglesia, en el caño de la plaza, en la tienda de "la guapa", era una mujer como otras tantas, de esa edad imprecisa que tienen las abuelas.

Pero, al nombrarla, se notaba un silencio que hacía pensar que algún misterio se ocultaba. Era parte, parecía, de ese tabú innombrable que, a veces, ocultan las aldeas.

Solamente, ya de mozo, años más tarde, cuando se suponía que había superado, sin saberlo, algún rito de pasaje, llegué a enterarme del secreto.

En estos pueblos de ribera, una mujer sin hombre en casa, viviendo sola, estaba condenada a la pobreza.

Y Luisa quedó viuda cuando entonces, cuando, de recién casada, le arrancaron al marido para el frente de Teruel. Y allí quedó. Con otros muchos.

Después del zafarrancho, volvieron los hombres que quedaron. Volvió la vida a su rutina, a la dura tarea de seguir vivos como fuera.

Luisa hizo frente a la desgracia como pudo: pagando las patatas y el tocino con la vieja moneda del alivio de los mozos que llegaban por la noche, como sombras, por los huertos.

Se hizo un pacto de silencio: nadie en el pueblo quiso saber nunca de qué forma conseguía, sin tierras y sin hijos, ir viviendo.

Con el tiempo, los mozos se hicieron hombres pero fueron manteniendo, por un tiempo, la costumbre.

Luego, la edad y la rutina fueron haciendo más escasas las visitas y las cuotas que aportaban. A partir de entonces, las mujeres, como si tuvieran la sensación inconsciente de tener que agradecer el que su matrimonio hubiera aguantado los envites, siguieron ayudando con un cesto de huevos, manzanas, uvas o patatas, por su tiempo.

Pero Luisa tenía inculcada en las entrañas la vieja moral de que el pan ha de ganarse con esfuerzo, poniendo algo de la parte del que come. Por eso salía cada tarde a la puerta de la calle, al sol de la abrigada, a la orilla del reguero, a esperar la posible clientela, disimulando la inquietud con la calceta.

Por eso, cuando vio venir a aquel mocetón, que acababan de contratar como pastor, volviendo con sus ovejas al sol puesto, le renació la esperanza. Y cuando el mozo, al pasar, le preguntó: "¿Qué hora es?"  se puso en pie como por obra de un resorte y contestó:

- ¿Qué hora es? ¡Ay ladrón, ladrón qué pronto me has convencido!


Pues bien, el reguero, cuando, cansado de chusmar por nuestras casas, se alejaba, desganado y silencioso, como había llegado más arriba, se perdía, recobrando su bravío, bajo el molino de Carancha.

Carancha era un poco burro, la verdad, que juraba hasta sin necesidad, casi como por puro molestar.  Decían que era rojo porque no aparecía por la iglesia nada más que el día de san Antón.  Como hacían otros muchos, la verdad, que fue lo que terminó
. por sacar de sus casillas al cura, don Solutor:

No había nadie en nuestro pueblo que se perdiera la misa, la procesión o la subasta del gocho el día de san Antón.
Aquello era mucho más que una cuestión de religión.  Hasta Carancha, el del molino, venía ese día a cumplir con el santo y la limosna, aunque bien es verdad que no pasaba de los portales de la iglesia, que tengo para mí que la soledad del molino y el mal vino le habían ido, poco a poco, enlobeciendo.
Don Solutor, un cura grandón, montañés y trabuacire, natural de Portilla de la Reina, se alegraba (como no podía ser de otra manera)  de aquella explosión de fervorosa devoción.
Pero el resto del año rumiaba en silencio el disgusto que le causaba ver la iglesia casi desierta los domingos y hasta en las grandes fiestas de la Pascua.
Se veía venir.  Y así fue. Reventó con santa furia en el sermón del Corpus Cristi ante la escasa concurrencia.
- Si yo no digo que san Antón no sea un santo milagrero que merezca toda vuestra devoción; pero también os digo que, al lado de Dios, san Antón es una mierda.


Con todo esto que he contado, espero que entiendan ustedes .  Que si hubiera vivido a la orilla del Mississippi hubiera escrito historias de muchachos que pescaban sin parar.

Pero, al haber nacido en una calle por la que pasaba un reguero solo puedo contar estas cosas que les cuento.