lunes, 12 de noviembre de 2018

La copla





Don Mariano Domínguez Berrueta, amante como pocos de las tradiciones, el folclore y la catedral de este reino que ya por entonces había comenzado a ser menguante, había defendido siempre, en todos sus escritos, el carácter ingenuo, noble y limpio de la gente que por aquí vivía en profunda comunión con una naturaleza sin malicia.

Y se propuso demostrarlo recogiendo coplas y canciones para editarlas, en su día, en un libro al que llamaría seguramente "Del Cancionero Leonés".

Y después de 1325 coplas que probaban la hipótesis hasta entonces defendida, se topó con aquella que no sabía, a ciencia cierta, si recoger o rechazar:

Tengo un mandilín en casa
con un lagarto pintado, 
cuando en el baile te arrimas
el lagarto mueve el rabo.

No por él, os lo aseguro; pero Don Filemón, en estas cosas, resultaba muy mirado y repugnante.

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viernes, 19 de octubre de 2018

Laura se fue


Fotografía de Agustín Berrueta


Tentativa de texto para acompañar  a esta espléndida fotografía


Para Gus Berrueta, con todo afecto.

Cuando el mundo se hizo espeso y no quedaba ya nada que esperar, se fue, decidida y de mañana, a buscar imposibles y otros aires a la vieja ciudad de las promesas, la de la piedra tierna y dorada como el pan.
Pero en la perfecta cuadratura de la plaza, estrenando el fulgor de un nuevo día, le alcanzó una llamada, tal vez las sombras de un pasado al que quería renunciar, una última frontera.  “Te veré cuando vuelva”, mintió.

No por piedad ni por mentir, sino convencida de que incluso para volar en libertad conviene llevar algo de lastre en la bodega.

lunes, 24 de septiembre de 2018

La culpa fue del Wonderbra




No es ninguna novedad reconocer que hay toda una literatura en torno al oficio de viajante de comercio.  Aquí, la verdad, un servidor (aunque no sé si conviene mucho que el cuentista ponga por ejemplo su propia experiencia en la cosa del contar) no conoció tantos como cuenta Pereira que pasaban por la ferretería familiar.

Solo uno.

Venía por casa cuando madre, para sacarnos adelante, volvió al oficio de corsetera, que estaba ya por entonces en franco retroceso ante las nuevas tendencias en técnicas y tejidos.

Tiempos de transición, que afectaron hasta al nombre de las cosas: que el sostén o temporello pasó a llamarse finamente "sujetador".  Y lo que llamábamos "cazuelas" se transmutaron en "copas".

Y la demanda comenzó a ser menor (salvo en el caso de bragueros y corsés para la hernia; pero, claro, esto ocurría en casos muy contados). 

En consecuencia, el encargo de los materiales del oficio (corcheteras, ballenas, rellenos, enganches de ligueros, breteles, ojeteros...) iba decayendo al ritmo que pedían los consumos.

Pero Galindo, el viajante de la firma "Viuda de Lesmes Martín, calle de la Montera, número 3, Madrid" seguía insistiendo como a quien le va buena parte del sueldo en los encargos conseguidos.

-Mire usted, doña Teo, le traigo una oferta que no va a poderme rechazar: que esta primavera lo regalamos todo a precios increíbles.

Y madre terminada pidiendo las dos o tres cosas más urgentes, por si acaso.

Pero ni la indomable tenacidad de Galindo, ni sus ofertas increíbles sirvieron para conjurar el naufragio inevitable del oficio ante el golpe fatal que supuso la asquerosa y traidora aparición del Wonderbra.

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martes, 26 de junio de 2018

Poetas y cuentistas



Dicen que Platón dejó escrito a la entrada de su escuela:
 "Que no entre nadie aquí si no sabe Geometría".

Si hubiera una Academia de cuentistas debería estar escrito, igualmente, en el umbral:
"Que no entre nadie aquí que no haya ensayado la poesía".

Menudo rodeo, pensaréis, para terminar imaginando que el cuentista presenció  alguna vez esta conversación entre poetas:

-¿Cómo estás?
-Bien.  Me han subido la dosis, pero estoy a punto de irme al Polo Norte.
-¿Y eso?
-Quiero ver la aurora boreal y montarme en un trineo arrastrado por los perros

El poeta, mirando al narrador, le dijo, sentencioso:
-Atento, cuentista, que aquí hay un cuento.

Pues eso.  Efectivamente.  Dicho y hecho.


miércoles, 28 de febrero de 2018

El rugido del león





Que no quiero yo, que no, apropiarme de méritos ajenos, pero el oficio este mío de cuentero, de ganarse el pan y los torreznos contando historias y chascarrillos por las cocinas de los pueblos, provoca la cosa de que uno ya no sepa quién fue el autor primero de una historia de esas que siempre pide ser contada.

La versión que yo recuerdo y que me gusta repetir viene a decir que en el casino de un pueblo (llámalo si te apetece Tarascón) los socios pasaron las largas veladas de un invierno interminable discutiendo cómo se produce el rugido del león.

Y lo que parecía una cuestión de poca monta resultó ser motivo de un encendido debate entre bandos enfrentados y dispuestos a una cruzada sangrienta y permanente.

Que hubo quien defendía que el rugido se producía por medio de una violenta expulsión de aire debidamente modulado en la garganta de la fiera (don Dacio, el boticario, fue el que consiguió una asombrosa imitación del rugido, como ejemplo), mientras que  el bando oponente sostenía, con igual entusiasmo y no menos pasión, que el fenómeno se producía por la aspiración igualmente violenta, como ocurre con el caso del ronquido (Herminio, el carnicero, no se quedó atrás en su inmejorable imitación).

No parecía haber forma de conciliar posiciones tan opuestas hasta que la casualidad hizo que , por las fiestas de la Pascua, viniera a la villa un circo con elefantes, trapecistas y domadores de leones.

Parecía aquella una ocasión pintiparada para poner fin al debate.

De modo que los dos bandos contendientes se pusieron de acuerdo para acudir a la jaula del león y poner fin a la disputa.

Acudieron pues a la carpa del Gran Circo de Hungría, instalada en el recinto de la feria, los miembros de ambos bandos, presididos por el Presidente y la Junta Directiva del casino.

Era un momento de gran expectación, como se puede suponer.  Reprimiendo la ansiedad y después de algún bastonazo del Presidente a las reglas de la jaula, con la solemnidad de quien oficia un complicado ritual, el viejo león espantó la modorra de su sueño permanente y premió a la concurrencia con un rugido contundente, aunque algo desganado (mucho peor, si me obligan a decirlo, que aquellas imitaciones de los socios del casino).

No tengo intención de desvelar cuál fue el bando ganador, que respiró satisfecho, mientras el bando perdedor recriminaba al león a grandes voces:

                                                             -¡¡Así no se ruge, león!!

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lunes, 25 de septiembre de 2017

Didáctica de la Literatura





Matilde Buendía, señorita teresiana y de buena familia, como todas, ganó por oposición la tranquila plaza de Catedrática de la Escuela Normal de Pobladura y, con la encendida pasión de los comienzos, se decidió a poner en práctica las novedades didácticas de las que daba cuenta "El Magisterio Español", revista imprescindible y de cabecera.

Y, en el primer examen, quiso sorprender a los alumnos con una única y novedosa cuestión:

      -"Comentario de Textos de Juan Ramón".

 Cuando los alumnos, realmente sorprendidos, le pidieron el texto a comentar, respondió muy resuelta:

      - ¡Sí, hombre. Si os doy el texto, menuda gracia!

Y es que los alumnos eran entonces, como ahora, algo ingenuos e indolentes.

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domingo, 2 de julio de 2017

HORTUS SANITATIS







UTILIDAD Y VIRTUDES DE LA HIERBA QUE EN NUESTRA LENGUA LLAMAN APIO.

A pesar de la probada eficacia del apio (como claramente se dice en el "Macer Floridus") para "eliminar el alcohol del estómago y expeler también su inflamación", Fray Ginés, el sabio y discreto herbolario de Escalada, rara vez se vio obligado a prescribir este alivio, pues que entonces, en los caminos de este reino, no existían los que ahora dicen "controles de alcoholemia", y el cristiano, aquejado por tal inconveniente, se aliviaba el arrebato durmiendo amorrado a la parva de centeno en la panera,

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domingo, 18 de junio de 2017

HORTUS SANITATIS



DE ARIETIS VIRTUTIBUS.


Aunque, en el libro 29, Plinio dejó escrito que "el caldo de la carne de carnero es eficaz contra el cáncer",  en la aldea, la gente aquejada de tan odiosa dolencia, seguía muriendo sin remedio, porque el brujo del poblado, desconocedor de tales avances, llamaba a la cosa "el fuego maligno"  y, como tal, aconsejaba inútilmente bañar al paciente, antes del alba (para apagar el fuego interior, naturalmente), en las pozas heladas de aquel río de montaña.

Nunca llegó a saberse si tal remedio era más eficaz que aquel de Plinio, pues la gente no moría de cáncer, sino víctima de terribles pulmonías.

Pero esto es otra cosa.

Y para tal mal existen otros remedios bien probados.



sábado, 8 de abril de 2017

Hortus Sanitatis




La virtud del Abrótano.

El heredero del Conde del Rebollar, huérfano desde la cuna, fue criado por las monjas entre mimos y melindres.

Cosa que tal vez contribuyó a su natural afeminado.

Y, cuando le llegó la hora de tomar estado, le dieron en matrimonio a la lozana segundona del Marqués de Pobladura.

De nada sirvió la bendición del tálamo, ni el vino caliente con ralladura del unicornio, ni la infusión del abrótano tomada mientras yacía.

Nada de todo ello fue capaz de poner a punto el mermado poder venéreo que, para el caso, parecía necesario.

Solo las caricias sinceras y aun torpes del doncel consiguieron el milagro tan larga e inútilmente esperado y el muchacho, en sus brazos, se hizo hombre en alguna de aquellas tardes, con la excusa de la caza del venado y a la sombra dorada de los robles.

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martes, 28 de marzo de 2017

Señas de Identidad





Serían las 6 de la tarde de un día dorado de setiembre. El paisano había llevado allí al amigo argentino para que disfrutara del pasmo ensimismado de la plaza. Hablaban lentamente y en voz baja por no romper el silencio acurrucado en este sitio desde siempre. Y llegó un peregrino y con acento de otro idioma preguntó si se podía beber de aquella fuente. El paisano, como sin ganas, contestó: "Pues no lo sé, muchacho, no lo sé. Pero bebe y así sabremos qué decir a los siguientes".

domingo, 19 de marzo de 2017

El Jardín de las Delicias


"Cuando yo regresé de visitar a mi mamá me encontré en mi dormitorio a unos marcianos que se habían emborrachado con la limonada y estaban bien dormidos.  Cuando yo grité por el susto ellos se despertaron y salieron por la ventana y se fueron en su nave, pero también se llevaron todos los limones de los árboles.  Doy gracias a la Virgen porque los marcianos no me hicieron nada".

Que lo sepas, compañero,
y todos los de la NASA:
por mucho que andéis mirando,
en Marte no hay vida humana,
pero sí muchos limones,
pues es cosa demostrada
que los marcianos se ponen
cieguitos de limonada.

(Mucho nos da que pensar
que, puestos en la balanza,
se lleven a los limones
y dejen a la paisana)


jueves, 16 de marzo de 2017

Hortus Sanitatis


La virtud divina de la ortiga.

Primitivo, mozo voluntarioso y bien dispuesto, que servía en la venta del Miserias, a la misma salida del camino de La Robla, confiaba en sacar algunos cuartos enfrascando y vendiendo a la parroquia aquel licor de ortigas cuya fórmula le había confiado, en noche de borrachera, un afilador que, siguiendo su rueda y la suerte del oficio, caminaba hacia Busdongo y que, según declaraba convencido, el tal licor parecía tener (entre otras muchas, pero menos importantes) la portentosa virtud de envalentonar el miembro perezoso o dormido de los hombres.

Pero no prosperó el negocio ni la bolsa del muchacho.

Que la parroquia prefería seguir con la copina del orujo y la galleta, que más vale protegerse de la helada y que, frente a esto, resulta de poco alivio andar con valentías de bragueta cuando se trajina por estas altas parameras solitarias y uno está lejos de casa.




sábado, 11 de febrero de 2017

Hortus Sanitatis






La virtud de la engañosa flor de loto: la flor que borra los recuerdos.

Llegó Odiseo con sus hombres, empujados por los vientos caprichosos, a la isla que poblaban los hombres comedores de loto y de aquellos sus frutos melosos del olvido.

Cansados y hambrientos, algunos comieron de esos frutos y olvidaron quiénes eran, su lugar de procedencia y el ansia de volver, después de tantos años y peligros, a Ítaca, la hermosa al atardecer.

Vivieron allí hasta su muerte con otras gentes también desmemoriadas.

Pero jamás volvieron a tener ni un hogar, ni amigos, ni familia.

Que la familia, los amigos y la casa no son otra cosa que el lugar que poblamos con recuerdos.

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