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LOS ESCRÚPULOS DEL CONVERSO.
Desde que habían llegado los Misioneros Combonianos a la selva y se habían tomado con un fervor y una perseverancia envidiables la árdua tarea de convertir a la verdadera fe a Tarzán, cosa que, al parecer, y con la gracia de Dios, ya casi habían logrado, el pequeño mono pelón se veía atacado con frecuencia por repentinos escrúpulos de conciencia y, aunque últimamente parecía haber olvidado las enseñanzas y consejos de su vieja maestra, la mona Chita, le preguntó esta tarde mientras buscaban fresas salvajes:
-Dime, Chita, para tí ¿qué es mayor pecado: la ignorancia o la indiferencia?.
Y Chita, displicente, como despreciando toda esta nueva morralla moralista, contestó, mientras seguía en la rebusca:
- Mira, Tarzán, hijo: ni lo sé ni me importa.
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NUEVAS TECNOLOGÍAS APLICADAS A LA EDUCACIÓN
La época de las lluvias estaba resultando este año más larga de lo habitual. Chita conseguía soportar la monotonía de aquellas tardes lluviosas, encerrada en el refugio, hojeando los libritos del "Selecciones del Reader Digest" que Jane conservaba para no perder del todo el recuerdo de tiempos anteriores.
Se detuvo distraída en aquel reportaje que anunciaba la aparición de una nueva máquina de enseñanza que, al parecer, se estaba experimentando con éxito en una High School de Minesota y que, con toda seguridad, iba a resultar imprescindible en cualquier centro educativo del futuro.
Dio un manotazo para espantarse los mosquitos que, en estas tardes de lluvia resultaban especialmente molestos y dijo, mirando a Tarzán con gesto melancólico:
- No te dejes engañar, Tarzán, hijo: ahora y siempre, el único material didáctico imprescindible para dar clase es la cabeza. Aunque, hombre, también es verdad que siempre puede ayudar el tener algo que decir.
Y es que las tardes de lluvia la ponían especialmente filosófica.
Con permiso de Favelis.
LA CLASE DE HISTORIA.
La clase de Historia estaba resultando realmente pesada.
Tal vez fuera el calor bochornoso de aquel mediodía que ni siquiera se aliviaba a la sombra de los grandes árboles en el claro del Gran Lago, donde siempre parecía correr una brisilla indulgente.
O quizás no fuera el calor, sino la impaciencia y el aburrimiento que siempre acompaña a los últimos días de la escuela, antes de las largas vacaciones de la época de las lluvias.
O, simplemente, la monotonía de la lectura de aquel pasaje de la Rendición de Granada.
Por eso, en mitad de la modorra, resultaba especialmente impactante la explosión de rabia repentina de Chita, al leer el comentario de la madre de Boabdil, ante las lágrimas del Rey moro, su hijo, a la entrega de las llaves ("llora como mujer lo que no supiste defender como un hombre").
-"¡Mundo de perros! Convéncete, Tarzán: las mujeres, a veces, se portan como asquerosos machistas.
Eran las cuatro de la tarde de un domingo de Junio aquí en la Jungla.
La lluvia torrencial de la mañana había dado paso a una tarde fresquita y soleada y a una brisa limpia y traspasada de olores y sonidos como de un mundo recién estrenado.
Chita, indolente, leía reclinada en las raíces casi humanas de aquella secuoya milenaria junto al lago.
De pronto, como el que tiene la impresión del "dejà vu", de estar leyendo de nuevo algo visto en algún sueño del pasado, cerró el libro suspirando:
-Tarzán, hijo, no te dejes engañar por la apariencia: aunque dos libros te parezcan exactamente iguales, a veces, inexplicablemente, en uno de ellos cambia el nombre del autor.
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