martes, 30 de marzo de 2010

El blog de papel


Pues resulta, amigos, que la Universidad de León, después de solicitar informes a dos especialistas en la materia, ha decidido publicar los cuentos y relatos que os he ido contando en este blog e iniciar, con ello, una nueva colección de "creaciones literarias" que inaugura este "Si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras..." que, como veis es el título del cuento que subí el domingo pasado.

Si, como defiendo, el cuento es una cosa en la que el autor sugiere cosas que son completadas por los "lectores cómplices", este libro es vuestro y mio al 50%.

Va por vosotros.

 Que sois los máximos y más fieles lectores. 

 No creo que la versión en papel llegue a tener las 39449 visitas que ha tenido este blog (Bueno, dejémolo en 19.742, porque el resto representa, seguramente, las veces que yo mismo he entrado a cotillear cómo iban las cosas).

Bueno, que lo sepais y que si os apetece ir a la presentación que será:

el día 13 de Abril  (martes y trece, por supuesto).
En el Club de Prensa del Diario de León.  Gran Vía de San Marcos, 8.  León

A las 20:00 horas.

A todos os sentiré allí, de alguna manera.

Salud.




sábado, 27 de marzo de 2010

Si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras


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No nos conoció o no quiso conocernos ¿Quién lo sabe? Estaba allí sentada en un banco del jardín, mirando fijamente las palmeras que adornaban aquella casa del indiano que la Diputación había convertido en Sanatorio Psiquiátrico (Aunque alguien había decidido llamarla con el nombre , pretendidamente más piadoso, de "Casa de reposo El Nuevo Mundo").

Habíamos ido a verla, por encargo, Valladares, Aparicio, la mujer de Juan Antonio y yo mismo. De todas formas, no podíamos decir que no nos lo habían advertido:

-"No habla con nadie. Está tan ausente como si estuviera en otro mundo. Sólo fuma y escribe historias inconexas de palmeras"..

A la vuelta, en el coche, se fueron reavivando los recuerdos de aquellos años primeros de Interinos en el nuevo Instituto Femenino de esa pequeña ciudad que se ve desde la Nava.

Por entonces, ella lo decía lentamente, como si fuera un reproche, una enorme injusticia que le cerraba de golpe y sin razón las puertas de la gloria:

-"Si esto fuera Macondo o, al menos un pueblo con palmeras sería muy fácil escribir historias redondas de cualquier familia, porque, después de todo ¿Qué tenían de especial esos Buendía?"

Pero esto era sólo una pequeña y pueblerina ciudad de provincias donde todo era anodino: los compañeros de Instituto, que vivían en las casas de los pueblos como si fueran labradores o albañiles y que ocupaban la mesa de la Sala de Profesores con cestos de mimbre con letreros tan groseros como era de esperar, advirtiendo "No me toqueis los huevos". Como eran anodinas las horas de las guardias o el tiempo que esperaba a que Juan Antonio se decidiera a salir de clase o advirtiera, cosa que dudaba, que ella llevaba esperando diez minutos. Le exasperaba hasta la nausea la impuntualidad y esa manía profesional de llamar a la gente por sus apellidos:

-"Buenos días, Aparicio, que me ha dicho Santamarta que Flórez está enfermo"

Aunque, a decir verdad, no sabría decir si no odiaba aún más que la llamaran con la familiaridad que nunca les había dispensado:

-"¿Qué pasa, Menchu ?, ¿También tienes Nocturno?"

Como era anodina la gente de la calle y, sobre todo, aquella librería de allí enfrente, regentada por un padre y una hija que el tiempo parecía haber hecho coetáneos y hombrunos por igual, encerrados incluso los domingos en aquel viejo local en el que sólo vendían mapas mudos pero que, a veces, parecía que no querían vender ni siquiera aquellas cosas, que lo querían solamente para ellos, para tener la excusa de acudir cada mañana. Tal parecía la ambición de soledad, que habían empapelado la puerta y las vitrinas interiores del escaparate con carteles defendiendo a los perros y al idioma de la tierra. Con todo ello, era difícil saber si había alguien dentro y ver, incluso, el letrero tallado en el cristal que decía, desde hacía, al menos, treinta años "Sastrería Ordás", en recuerdo, tal vez de un antiguo negocio de otros tiempos.

Eran gentes y vidas anodinas que no aguantaban siquiera el ejercicio de una redacción de los de COU.

-Si esto fuera Macondo, otro gallo cantaría.

Hubo un tiempo en que albergó alguna esperanza de encontrar historias o personas observando a las gentes de la calle y, siguiendo el ejemplo de aquel otro compañero que escribía historias de trenes y pasiones, se atrincheró con su tabaco y sus cuadernos en una mesita colocada al pie de la ventana de un bar con nombre inglés. Pasaba por allí la gente que espera el autobús del cementerio, abrazados a sus ramos de dalias y al recuerdo. Pasaba la vieja que habla bajito con perros y palomas y que se queda dormida mientras come, siempre sola, en el bar y que asusta a los clientes porque creen que se ha muerto, de repente.

Pero todo seguían siendo historias anodinas de una ciudad pueblerina de provincias.

Probó con los periódicos y llenó su cuaderno de recortes. Alguno llegó incluso a llamarle la atención. Era aquel que contaba que los contertulios de un viejo casino provinciano pasaron las tardes de cinco o seis inviernos discutiendo como rugen los eones. Era un historia digna de escribirse, pero para hacer de ella una historia literaria le faltaba lo importante. Nadie podría dudar que la historia sería totalmente diferente comenzando, por ejemplo:
"La Bañeza había tenido desde principios de este siglo un casino que servía de refugio a pensionistas y tenderos. En las largas tardes del otoño se formaban allí tertulias variopintas en las que se discutían los temas más diversos: en una ocasión, alguien vino a plantear, no se por qué razón, cómo se producía el rugido del león"
Por más esfuerzos que se hicieran no dejaba de ser una historia pueblerina de ignorancias de tenderos.

Otra cosa bien distinta sería si la historia comenzase:
"Había dejado de llover, por fin, sobre Macondo. El viento se cuajó por el olor dulzón de los mangos ya maduros y por la tórrida humedad que subía del manglar, a ras de suelo, como un viejo caimán. Se fueron poblando las hamacas en los porches y creció, perezosa como el río, la plática amable y vespertina. El Coronel, por decir algo, se empeñó en explicar la impresión que sintió, una noche como ésta, en su primera expedición, cuando oyó, por vez primera, el rugido del león".
-¡Dios, que fácil sería todo si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras!.

Aquello que, al principio, había sido la imprecisa ilusión de un posible recurso literario, se convirtió con el tiempo en una auténtica obsesión.

Cambió los recortes de periódico y hasta los libros de Celia, que releía cada año como si fuera una inevitable obligación por mapas y libros de América Central, convencida de que, en alguna parte, debería existir otro Macondo rodeado de manglares y de frutos tropicales, donde existiera, sin duda, algún viejo coronel anclado en los recuerdos y tal vez en la miseria, con un mundo que girara en torno a la hamaca y al aroma del café.

Pero no podía entender qué mentes descarnadas escribían en los libros las descripciones de regiones y países:
"Región de Colombia, al Norte del departamento de Santander, constituida por terrazas sujetas a una enorme erosión debida en gran parte a la constitución geológica del suelo. Se trata de una serie de terrazas escalonadas superpuestas sobre estratos notablemente inclinados. A este hecho hay que añadir el cultivo intensivo e irracional que se realiza sobre la escasa cubierta vegetal. A pesar de estos inconvenientes, la zona está densamente poblada".
Esto era todo. Ni una sola palabra referente al coronel, ni al hombre caimán que baja llorando sus amores por el río en las noches de tormenta. Nada.

Y después de todo ¿para que quería seguir buscando?. Lo único necesario era encontrar un nombre sonoro e inconcreto cerca de un río grande y poderoso. Después de dos tardes de "Ducados" y café se decidió, al fin, y eligió Bucaramanga, que no estaba lejos del Río Magdalena (prefería un rió que no pasara por el pueblo, pero que estuviera suficientemente cerca como para arrasar historias de ahogados y desastres que pudieran contarse con el tono apagadamente trágico de los sucesos que ocurren más allá de los límites del pueblo).

Siguieron a este descubrimiento primigenio días y días de una actividad enfebrecida, llenando cuadernos y cuadernos de "Historias de Bucaramanga, un pueblo con palmeras".

Todo adquiría una luz nueva, una tensión insospechada: los profesores del Liceo, que bajaban cada día de sus ranchitos en el monte a dar clase, confundidos con el resto de mestizos y de indios que abarrotaban el tren, trayendo como ellos canastillos de huevos y palomas; la lentitud casi asfixiante de las horas de guardia cuando azotaban durante días y días los cristales las lluvias torrenciales y corrían los arroyos turbios de barro y ramas como si estuvieran ansiosos de llegar al Magdalena.

Se iban amontonando las historias con viejecitas del poblado que habían perdido ya la cuenta de sus años de soledad y que hablaban bajito con los perros y palomas, con gentes solitarias que se agrupaban cada una con su pena y su silencio para ir en comitiva al camposanto donde duermen entre mangos y palmeras los muertos que aún que aún pueblan sus recuerdos.

Parecía que la tarea era tan grande e inaplazable que no quedaba tiempo para nada que no fuera plasmar en los cuadernos aquel nuevo mundo descubierto.

Se encerró, por todo ello, con su tabaco y sus cuadernos, en el cuarto de arriba de su casa y no hubo nadie ni nada que la hiciera salir de aquel encierro obsesionado.

Y para traerla, por fin, a esta Casa de Reposo fue necesario alquilar una avioneta y decirla que por qué no se iba a pasar una larga temporada a Bucaramanga, un pueblo con palmeras, muy cerca del Río Magdalena.

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sábado, 20 de marzo de 2010

La guapa

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-"No podía dejarse derrumbar ahora. Ahora menos que nunca. Nada de lutos ni de lágrimas. Ella en su sitio, como siempre".
Se miró largamente en el espejo del armario como quien se prepara a conciencia para emprender la batalla cotidiana.
- Quizás tuviera que sacar un poquito las pinzas de la blusa.
Imitó la pose de la foto del periódico que Bernardo había enmarcado y puesto encima de la puerta de la tienda que daba a la cocina.
- Y, además, el tiempo pasa para todas. La diferencia es que la que empezó siendo un cubeto solo puede aspirar a odre de vino. Y este cuerpo suyo de ahora no les tocaría a muchas ni en el sorteo de los ciegos. ¿Que rabien y les coma la envidia las entrañas!.
Como si aquello le hubiera dado fuerzas, de repente, se quitó la blusa y buscó en el armario aquel vestido rojo con flores amarillas rodeando el escote y sobrevolando en desorden los vuelos de la falda.
No sabría precisar, y tampoco le importaba averiguarlo, si le gustaba en especial aquel vestido o si era el que más molestaba a las vecinas.

Era el mismo que llevaba aquella tarde de agosto de hacia ahora cinco años.
Las tardes de agosto parecían siempre interminables. Aunque no mucho más interminables que los días y las noches de cualquier época del año. El problema no era de estaciones, sino de la vida tediosa de estos pueblos de La Nava.
Si le hubieran dicho cuando tenía veinte años que se iba a quedar en Pobladura se hubiera reído a carcajadas. Lo suyo era irse a la ciudad, a Madrid, seguramente, y trabajar de maniquí, que el tipo, desde luego no le faltaba, ni la clase, ni ese leve bamboleo al caminar.
Pero después, la vida o yo qué se, le fue atando sin apenas darse cuenta a Bernardo, a la tienda de la plaza y a este pueblucho de mierda donde nadie parecía ser capaz de distinguir entre la miel y la papilla de los cerdos.
Bernardo no fue malo para ella. Nunca le negó ningún capricho. Y ¡cómo disfrutaba con los regalos que le hacía, por sorpresa!. Como el día en que el coche de línea de las cinco trajo una inmensa caja de madera que tuvieron que pujar, resoplando como bueyes, cuatro mozos.
La mandó él poner en el centro de la tienda y comenzó a abrirla entre risas, nervioso como un niño, hasta que mostró a todos la pianola que había mandado traer desde Sevilla con siete rollos de tangos y boleros. Se empeñó en que ella tocara para todos "Cambalache". Tocó ella con desgana, por no desairarle, pero sabiendo de antemano que ni aquello ni nada podría arrancarle a ella a tristeza. Bernardo, escuchando, reía y lloraba, a la vez, como los niños.
Era un buen hombre, ya lo se. Por más que pensara no podría recordar ningún reproche. Pero, a veces, una mujer necesita que le tiembles las rodillas cuando se le acerca el hombre con quien vive.
O sea, como aquella tarde de agosto de hace ahora cinco años.

Había terminado de fregar en la cocina. Bernardo, como siempre, se había ido a dormir a la sombra de la higuera. De la tienda llegaba, como siempre, el sordo zumbido de las moscas y aquel olor salino que despedían, por igual, las piezas del bacalao y los rollos de l esparto.
Ningún otro signo de vida cabría esperar hasta la llegada del coche de línea de las cinco, donde venía el correo, la gente que volvía del médico y los encargos que habían hecho a Prudencio, el cobrador, por la mañana.
Por eso no hizo caso cuando oyó, a las tres y media, unos golpes dados con la palma de la mano en el mostrador al que el tiempo, la arena y la lejía habían dado casi el mismo tono y la textura que el bacalao que colgaba de las vigas.
- Rosita, guapa ¿No se atiende hoy aquí a la parroquia?
Salió Rosita limpiándose las manos con un paño de cocina para atender al cabo de los guardias.
Fue entonces. Venía con el cabo un guardia joven, moreno y delicado, con las manos delgadas y huesudas y un mirar como cansado.
- Un carajillo, Rosita, cuando puedas. Bien cargado, por favor.
Sería el calor, o lo imprevisto, o el tono de la voz, o aquel mirar cansado, pero ella sintió que le temblaban las rodillas y que le subía, de pronto, un sofoco inoportuno.
- Tiene que ser de puchero, Usted ya sabe.
- Da igual. Como tú sabes hacerlo.
El tiempo de trasteo en la cocina fue suficiente para recomponer el gesto y la figura. Se alisó el vestido rojo y con flores amarillas, sacó del aparador la bandeja que usaba por las fiestas, se humedeció sabiamente los labios con la punta de la lengua, atusándose el pelo con la mano y salió de nuevo a la tienda con las tazas.
Mientras ponía delante la frasca del orujo, mirando de frente al joven guardia, preguntó, como sin dar importancia a las palabras, como por pura cortesía:
- Y ¿Qué? ¿Destinado a estos pueblos de La Nava?
- ¡Qué se le va a hacer!. ¡La vida manda!
No tendría ni siquiera treinta años y toda la tristeza en la mirada.
Desde entonces, los días se hicieron menos largos para ella.
Hasta los hombres que venían por las noches parecían más limpios, más simpáticos.
- Da gusto verte reír, Rosita, te sienta bien a la cara.
Desde entonces, a las tres, recogida la cocina, se sentaba Rosita a la pianola y llenaban el aire salino de la tienda los lentos acordes de un bolero dulzón y mentiroso.
Contra el poyo de la puerta comenzaron a ser tan habituales las bicicletas de los guardias como las largas siestas de Bernardo a la sombra de la higuera.
- "Pensándolo mejor, tampoco se pondría hoy aquel vestido. ¿Que le importaban a ella ahora las vecinas?
Probó de nuevo la blusa y la falda de lunares.
Fueron aquellas tardes dulces como los higos de septiembre. Pero pronto las cubrió, como ceniza, la tristeza.

- Ya ves, Rosita. Quien manda, manda. Le destinaron ayer para otro puesto. Tuvo que marcharse esta mañana..
Se comió, como tantas otras veces, el dolor y la esperanza.
Las tareas se fueron haciendo más lentas y más largas. Había tardes en que el coche de línea la pillaba todavía recogiendo la cocina. Mandó retirar la pianola de la tienda porque dijo que estorbaba y, además, a ver dónde dejaba los bidones del aceite.
Fue por entonces cuando empezó a sentir aquel dolor en el costado, que le hacía cada día más difícil levantarse de la cama.
Y no es que los nervios, como decían en el pueblo, se le hubieran metido en las entrañas (aunque más de una bruja dijo entonces que lo que tenía la Rosita se llamaba "mal de guardia"). No sirvieron de nada los cuidados de Bernardo, ni las visitas a un médico de Madrid que decían que era tan bueno. No la animó ni siquiera aquella foto que la sacaron paseando por Madrid, que apareció en el "Blanco y Negro" con letras gordas que decían "La guapa de hoy" y que Bernardo había enmarcado y puesto encima de la puerta de la tienda que daba a la cocina.
Ahora que ya se había ido, debía reconocer que Bernardo había sido un hombre bueno para ella. Es verdad que no era lo que ella había soñado en otros tiempos, que eran ya incluso mayor cuando se casaron y que, la verdad, cuando pides otras cosas no te basta la ternura.
Prueba de ello es que todos los males se le fueron de repente cuando recibió aquella primera carta procedente de un cuartel, allá en el Norte.
Las cartas llegaban puntualmente, día tras día, en el coche de las cinco, cada vez más encendidas y más íntimas, animándola a aguantar: que ya vería, que pronto terminaría esta cruel separación, que tal vez algún día..., que un beso, amor, que sueño contigo cada noche, no me olvides... ¡Qué se yo!.

Y ahora que parecía de le volvía, de nuevo la alegría (¡También es fatalidad!) ocurrió lo de Bernardo. Dijeron que fue del corazón, que ni siquiera él se daría cuenta, que fue como no despertarse de la siesta.
Todo había pasado así, tan de repente, que no le había dado ni tiempo a percatarse (¡Qué curioso!) que desde aquel mismo día no había vuelto a llegarle ninguna otra carta desde el Norte.
Tendría que pensar, tal vez, despacio, en todo ello. Pero ahora no podía dejarse derrumbar. Nada de penas. Ella en su sitio, como siempre.
Se puso unas pinzas en el pelo y se dispuso, orgullosa, a emprender la batalla cotidiana.
Abajo, en la tienda, se oía ruido. Seguramente era el coche de línea de las cinco.

sábado, 13 de marzo de 2010

Va por ti, Manolo. Va por ti

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(Pincha en la imagen si quieres verla aumentada)


Ya te digo, sobrino; ya te digo. Los que dedicamos tiempo y ganas a contar cuentos al viejo estilo del realismo mágico (o simplemente irónico, según salga) creemos recrear una realidad distinta, más amable y sorprendente.

Hasta que la realidad misma se nos impone con insuperable maestría.

No hay mejor ejemplo que esta esquela verdadera, aparecida el otro día en el ABC y que me envía mi amigo Ángel.

Pensé que valdría para un cuento. Pero el cuento ya está escrito así, por si solo y por entero.

Bienvenido, Manolo a la crónica heroica de este reino primigenio.

¡Va por ti, Manolo, va por ti!

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sábado, 6 de marzo de 2010

Como un hombre

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Estaba continuamente preocupada. Se le notaba a la legua que era madre primeriza por la angustia que ponía en cada gesto:

-¡Ay, por Dios, que el niño llora!; ¡Ay, por Dios, que no se duerme!; ¡Ay, por Dios, que no me mira!"

O sea, todo el día en una continua cantinela de "ay, por Dios".

Cuando vio que el niño no engordaba, la cantinela se volvió un sin vivir.

Bajó a la capital y cuando el médico le preguntó qué tal mamaba y si cogía bien el pecho, contestó sin pensarlo ni un momento:

- Si, señor, si; como un hombre.

Y es que, en realidad, hay cosas en las que, al parecer, los hombres son maestros. O, al menos, les pierde la querencia.Que, si vas a ver, tampoco es para tanto.

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