sábado, 27 de marzo de 2010

Si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras


.







No nos conoció o no quiso conocernos ¿Quién lo sabe? Estaba allí sentada en un banco del jardín, mirando fijamente las palmeras que adornaban aquella casa del indiano que la Diputación había convertido en Sanatorio Psiquiátrico (Aunque alguien había decidido llamarla con el nombre , pretendidamente más piadoso, de "Casa de reposo El Nuevo Mundo").

Habíamos ido a verla, por encargo, Valladares, Aparicio, la mujer de Juan Antonio y yo mismo. De todas formas, no podíamos decir que no nos lo habían advertido:

-"No habla con nadie. Está tan ausente como si estuviera en otro mundo. Sólo fuma y escribe historias inconexas de palmeras"..

A la vuelta, en el coche, se fueron reavivando los recuerdos de aquellos años primeros de Interinos en el nuevo Instituto Femenino de esa pequeña ciudad que se ve desde la Nava.

Por entonces, ella lo decía lentamente, como si fuera un reproche, una enorme injusticia que le cerraba de golpe y sin razón las puertas de la gloria:

-"Si esto fuera Macondo o, al menos un pueblo con palmeras sería muy fácil escribir historias redondas de cualquier familia, porque, después de todo ¿Qué tenían de especial esos Buendía?"

Pero esto era sólo una pequeña y pueblerina ciudad de provincias donde todo era anodino: los compañeros de Instituto, que vivían en las casas de los pueblos como si fueran labradores o albañiles y que ocupaban la mesa de la Sala de Profesores con cestos de mimbre con letreros tan groseros como era de esperar, advirtiendo "No me toqueis los huevos". Como eran anodinas las horas de las guardias o el tiempo que esperaba a que Juan Antonio se decidiera a salir de clase o advirtiera, cosa que dudaba, que ella llevaba esperando diez minutos. Le exasperaba hasta la nausea la impuntualidad y esa manía profesional de llamar a la gente por sus apellidos:

-"Buenos días, Aparicio, que me ha dicho Santamarta que Flórez está enfermo"

Aunque, a decir verdad, no sabría decir si no odiaba aún más que la llamaran con la familiaridad que nunca les había dispensado:

-"¿Qué pasa, Menchu ?, ¿También tienes Nocturno?"

Como era anodina la gente de la calle y, sobre todo, aquella librería de allí enfrente, regentada por un padre y una hija que el tiempo parecía haber hecho coetáneos y hombrunos por igual, encerrados incluso los domingos en aquel viejo local en el que sólo vendían mapas mudos pero que, a veces, parecía que no querían vender ni siquiera aquellas cosas, que lo querían solamente para ellos, para tener la excusa de acudir cada mañana. Tal parecía la ambición de soledad, que habían empapelado la puerta y las vitrinas interiores del escaparate con carteles defendiendo a los perros y al idioma de la tierra. Con todo ello, era difícil saber si había alguien dentro y ver, incluso, el letrero tallado en el cristal que decía, desde hacía, al menos, treinta años "Sastrería Ordás", en recuerdo, tal vez de un antiguo negocio de otros tiempos.

Eran gentes y vidas anodinas que no aguantaban siquiera el ejercicio de una redacción de los de COU.

-Si esto fuera Macondo, otro gallo cantaría.

Hubo un tiempo en que albergó alguna esperanza de encontrar historias o personas observando a las gentes de la calle y, siguiendo el ejemplo de aquel otro compañero que escribía historias de trenes y pasiones, se atrincheró con su tabaco y sus cuadernos en una mesita colocada al pie de la ventana de un bar con nombre inglés. Pasaba por allí la gente que espera el autobús del cementerio, abrazados a sus ramos de dalias y al recuerdo. Pasaba la vieja que habla bajito con perros y palomas y que se queda dormida mientras come, siempre sola, en el bar y que asusta a los clientes porque creen que se ha muerto, de repente.

Pero todo seguían siendo historias anodinas de una ciudad pueblerina de provincias.

Probó con los periódicos y llenó su cuaderno de recortes. Alguno llegó incluso a llamarle la atención. Era aquel que contaba que los contertulios de un viejo casino provinciano pasaron las tardes de cinco o seis inviernos discutiendo como rugen los eones. Era un historia digna de escribirse, pero para hacer de ella una historia literaria le faltaba lo importante. Nadie podría dudar que la historia sería totalmente diferente comenzando, por ejemplo:
"La Bañeza había tenido desde principios de este siglo un casino que servía de refugio a pensionistas y tenderos. En las largas tardes del otoño se formaban allí tertulias variopintas en las que se discutían los temas más diversos: en una ocasión, alguien vino a plantear, no se por qué razón, cómo se producía el rugido del león"
Por más esfuerzos que se hicieran no dejaba de ser una historia pueblerina de ignorancias de tenderos.

Otra cosa bien distinta sería si la historia comenzase:
"Había dejado de llover, por fin, sobre Macondo. El viento se cuajó por el olor dulzón de los mangos ya maduros y por la tórrida humedad que subía del manglar, a ras de suelo, como un viejo caimán. Se fueron poblando las hamacas en los porches y creció, perezosa como el río, la plática amable y vespertina. El Coronel, por decir algo, se empeñó en explicar la impresión que sintió, una noche como ésta, en su primera expedición, cuando oyó, por vez primera, el rugido del león".
-¡Dios, que fácil sería todo si esto fuera Macondo o, al menos, un pueblo con palmeras!.

Aquello que, al principio, había sido la imprecisa ilusión de un posible recurso literario, se convirtió con el tiempo en una auténtica obsesión.

Cambió los recortes de periódico y hasta los libros de Celia, que releía cada año como si fuera una inevitable obligación por mapas y libros de América Central, convencida de que, en alguna parte, debería existir otro Macondo rodeado de manglares y de frutos tropicales, donde existiera, sin duda, algún viejo coronel anclado en los recuerdos y tal vez en la miseria, con un mundo que girara en torno a la hamaca y al aroma del café.

Pero no podía entender qué mentes descarnadas escribían en los libros las descripciones de regiones y países:
"Región de Colombia, al Norte del departamento de Santander, constituida por terrazas sujetas a una enorme erosión debida en gran parte a la constitución geológica del suelo. Se trata de una serie de terrazas escalonadas superpuestas sobre estratos notablemente inclinados. A este hecho hay que añadir el cultivo intensivo e irracional que se realiza sobre la escasa cubierta vegetal. A pesar de estos inconvenientes, la zona está densamente poblada".
Esto era todo. Ni una sola palabra referente al coronel, ni al hombre caimán que baja llorando sus amores por el río en las noches de tormenta. Nada.

Y después de todo ¿para que quería seguir buscando?. Lo único necesario era encontrar un nombre sonoro e inconcreto cerca de un río grande y poderoso. Después de dos tardes de "Ducados" y café se decidió, al fin, y eligió Bucaramanga, que no estaba lejos del Río Magdalena (prefería un rió que no pasara por el pueblo, pero que estuviera suficientemente cerca como para arrasar historias de ahogados y desastres que pudieran contarse con el tono apagadamente trágico de los sucesos que ocurren más allá de los límites del pueblo).

Siguieron a este descubrimiento primigenio días y días de una actividad enfebrecida, llenando cuadernos y cuadernos de "Historias de Bucaramanga, un pueblo con palmeras".

Todo adquiría una luz nueva, una tensión insospechada: los profesores del Liceo, que bajaban cada día de sus ranchitos en el monte a dar clase, confundidos con el resto de mestizos y de indios que abarrotaban el tren, trayendo como ellos canastillos de huevos y palomas; la lentitud casi asfixiante de las horas de guardia cuando azotaban durante días y días los cristales las lluvias torrenciales y corrían los arroyos turbios de barro y ramas como si estuvieran ansiosos de llegar al Magdalena.

Se iban amontonando las historias con viejecitas del poblado que habían perdido ya la cuenta de sus años de soledad y que hablaban bajito con los perros y palomas, con gentes solitarias que se agrupaban cada una con su pena y su silencio para ir en comitiva al camposanto donde duermen entre mangos y palmeras los muertos que aún que aún pueblan sus recuerdos.

Parecía que la tarea era tan grande e inaplazable que no quedaba tiempo para nada que no fuera plasmar en los cuadernos aquel nuevo mundo descubierto.

Se encerró, por todo ello, con su tabaco y sus cuadernos, en el cuarto de arriba de su casa y no hubo nadie ni nada que la hiciera salir de aquel encierro obsesionado.

Y para traerla, por fin, a esta Casa de Reposo fue necesario alquilar una avioneta y decirla que por qué no se iba a pasar una larga temporada a Bucaramanga, un pueblo con palmeras, muy cerca del Río Magdalena.

.



.

4 comentarios:

almalaire dijo...

Que historia preciosa. Me ha dado hasta un poquito de angustia porque yo tampoco puedo entender que mentes descarnadas escriben las descpripciones de paises en los libros...espero no terminar en una casa de reposo.

ARGOS II dijo...

Muy original relato mi apreciado tocayo. Disfruté leyendo las quejas de tu escritora chalada por no estar en Macondo, cerca al río magdalena y rodeada de palmeras. Buen sustituto de Macondo resulta ser Bucaramanga por la sonoridad del nombre que estimula la imaginación. Como colombiano me halaga que un español se inspire en lugares de mi patria.

Cordial saludo,
Kapizán

Francisco Flecha Andrés dijo...

Amigo Kapi: Muchas gracias. Lo único raro es que mi escritora, como yo, desconocía que Bucaramanga, con sus 2 millones de habitantes (según me dicen) no es ningún pueblo.

Un saludo

Francisco Flecha Andrés dijo...

Amiga Alamaire. Este fue el primer cuento que escribí, yo creo. Después he ido degenerando.
Gracias por la visita y el comentario
Saludos