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En todos los oficios, por sencillos que parezcan (que vienen a ser, si lo piensas con despego, todos aquellos que nos resultan ajenos), siempre hay una cierta aristocracia. Alguien que consigue sobresalir y encandilar hasta convertirse en el modelo vivo del oficio.
Podría ser Cagancho, el peluquero del Barrio San Esteban; la Cabiria del Barranco;Genarín, el pellejero; Lamparilla, el del Diario; Don Filemón, el cura cabezón y periodista; Ataúlfo y sus pancartas...
Y así hasta completar el inmenso santoral de este reino canalla y callejero.
Pero, sobre todo, Valdivia.
Valdivia (que nunca llegó a saberse su nombre o procedencia) llegaba cada año con la tardía primavera a la Plaza las Palomas, montaba su frágil tenderete y comenzaba la fiesta.
Hablaba mejor que un arcediano, embelesaba con historias, promesas y regalos de peines y peinetas para vender, al final, cualquier cosa milagrosa y sorprendente, recién importada por él mismo, en exclusiva, de afamados laboratorios de Wisconsin y Oklahoma.
Repitiendo, según digo, esta liturgia anual, llegó a la capital una vez más por la Pascua Florida de aquel año y, como toda novedad, se colocó a la entrada de la Casa de Botines por aprovechar el telón estatuario que le ofrecía la imagen del San Jorge arremetiendo (con la solemnidad y la calma que da la piedra a las estatuas) contra un dragón representado con hechuras de caimán o cocodrilo, que al narrador se le escapan tan sutiles diferencias.
Traía de regalo para todo aquel que lo quisiera, como asombrosa novedad, importado de la China milenaria, un poderoso producto, en forma de lata de polvos amarillos que, esparcidos cada noche a la entrada de las casas, evitaba el ataque nocturno de dragones y alimañas.
- ¡Pero si hace miles de años que no se ha visto un dragón por estas tierras!
- Ahí tienen, señoras y señores, una prueba irrefutable de la espectacular eficacia de estos polvos.
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