martes, 29 de junio de 2010

Novenario de prodigios. Día 1º. Si te libras de calacas, no te olvides de dar gracias.

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"Saliendo del mercado me quedé platicando con mi comadre Josefina frente a la casa abandonada y entonces salió una calaca que nos quiso agarrar y sólo por la protección de la Virgencita de Zapopán pudimos escapar del espectro y Nuestra Señora nos curó también del espanto que nos quedó por unos días.  Damos gracias con el presente retablillo"


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domingo, 20 de junio de 2010

El vendedor de prodigios

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En todos los oficios, por sencillos que parezcan (que vienen a ser, si lo piensas con despego, todos aquellos que nos resultan ajenos), siempre hay una cierta aristocracia. Alguien que consigue sobresalir y encandilar hasta convertirse en el modelo vivo del oficio.

Podría ser Cagancho, el peluquero del Barrio San Esteban; la Cabiria del Barranco;Genarín, el pellejero; Lamparilla, el del Diario; Don Filemón, el cura cabezón y periodista; Ataúlfo y sus pancartas...

Y así hasta completar el inmenso santoral de este reino canalla y callejero.

Pero, sobre todo, Valdivia.

Valdivia (que nunca llegó a saberse su nombre o procedencia) llegaba cada año con la tardía primavera a la Plaza las Palomas, montaba su frágil tenderete y comenzaba la fiesta.

Hablaba mejor que un arcediano, embelesaba con historias, promesas y regalos de peines y peinetas para vender, al final, cualquier cosa milagrosa y sorprendente, recién importada por él mismo, en exclusiva, de afamados laboratorios de Wisconsin y Oklahoma.

Repitiendo, según digo, esta liturgia anual, llegó a la capital una vez más por la Pascua Florida de aquel año y, como toda novedad, se colocó a la entrada de la Casa de Botines por aprovechar el telón estatuario que le ofrecía la imagen del San Jorge arremetiendo (con la solemnidad y la calma que da la piedra a las estatuas) contra un dragón representado con hechuras de caimán o cocodrilo, que al narrador se le escapan tan sutiles diferencias.

Traía de regalo para todo aquel que lo quisiera, como asombrosa novedad, importado de la China milenaria, un poderoso producto, en forma de lata de polvos amarillos que, esparcidos cada noche a la entrada de las casas, evitaba el ataque nocturno de dragones y alimañas.

- ¡Pero si hace miles de años que no se ha visto un dragón por estas tierras!
- Ahí tienen, señoras y señores, una prueba irrefutable de la espectacular eficacia de estos polvos.


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lunes, 14 de junio de 2010

Tal vez, un gato

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El Obispo Juan de Guzmán mandó construir este palacio no tanto para vivir como para pasmo de sus rivales los Quiñones y, en general. de todos los paisanos. Por aquí pasaban, cuando estaba, a rendirle vasallaje, los abades de los conventos de los que era benefactor, los capellanes de los curatos de su estado, las Madres Carbajalas en súplica de limosnas para tapar las goteras del tejado, las doncellas acomodadas en busca de consejo y las barraganas a lo suyo y a la cosa del oficio.

Y así pasaba el día: por las mañanas, murmullos de las visitas que esperaban en el patio; por la tarde, el silencio amodorrado de una siesta interminable y el bisbiseo de unos rezos; por la noche, algunas carreras y unas risas sofocadas por la zona de cocinas y bodegas.

Todo normal y recoleto, como corresponde a la casa y al linaje. Hasta que ocurrió lo innombrable en aquella larga noche de febrero. Alguien quiso recordar haber oído algo como el ruido de un caldero golpeando en las paredes del pozo que ocupa, como un ojo, el centro del patio palaciego.

Pero nadie se explicó de dónde había salido aquella mujer que apareció muerta y colgada en la cadena del pozo, desnuda y con claras señales de embarazo.

Se tapó, como se pudo, el macabro hallazgo y los rumores del vulgo. Tardó el obispo en volver por el palacio varios años y el poder y la rutina hicieron que nadie mencionara nunca más lo sucedido.

Son, estos que vivimos, otros tiempos y ya nadie está para estos cuentos. El palacio se dedica hoy al gobierno provincial y no guarda más misterios que los que expliquen por qué tienen mayores subvenciones los pueblos gobernados por alcaldes del partido que gobierna en el palacio.

Pero, hace unos días, el guarda de seguridad que hizo el servicio de noche dejó escrito, como informe:

"Sin novedad. Se oyeron, eso si, una especie de ruidos en el patio, digamos en el pozo, que sonaban algo así como un niño llorando. En mi opinión, no era nada. Tal vez, tan sólo un gato".


martes, 8 de junio de 2010

La insignificante historia de un tal Alonso Quijano

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Con permiso de Favelis

Resulta ya totalmente esclarecido, al parecer, según los últimos estudios eruditos de Fray Avelino Pérez de Villapadierna, Benedictino de la Abadía del Valle de los Caídos y especialista en casi todo, que lo que Miguel de Cervantes (conocido en Alcalá como "el manquín") encontró, no fueron los papeles del moro Cide Hamete, sino el expediente que su sobrina y el ama (por quedarse con la herencia) mandaron redactar al cura y al bachiler para que ingresaran por loco a un tal Alonso de Quijada, su tío y señor, en la Casa de Misericordía que, para enfermos de la Tisis, huérfanos y locos, existía en la apartada población de Ciempozuelos y en el que se presentaba, como argumento probatorio del trastorno, que el referido Don Alonso gustaba de salir, armado o en camisa, por los campos de Criptana, atacando a molinos y rebaños, aquejado de subitánea calentura y desvaríos y maliciado, tal vez, por su vecino, Sancho Panza, "que tal baila".

En fin, miserias pueblerinas por cuestiones de una herencia. Cosa ya más que explotada, pero que, bien aprovechada, daría materia para un microrrelato que, en alguna ocasión, podría sacar al autor de un compromiso.

Pero entonces, como ahora, nadie publicaba veinte líneas. Así que, como dice Favelis, la necesidad de alargar la cosa por ir cobrando y el interés del editor por fijar la clientela, hicieron que la historia llegara a 126 entregas, como si esa fuera la intención primera.


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