sábado, 27 de febrero de 2010

El viejo coche

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Cuando padre murió, algunas cosas en casa cambiaron de golpe y para siempre. Las chicas apenas notaron diferencia, abocadas como estaban desde niñas a ese estado indeciso del servicio y de la espera. Pero los chicos nos hicimos hombres de repente. A mí me mandaron a Saldaña con los frailes. Y él se tuvo que hacer cargo de aquello que, pomposamente, podríamos llamar la hacienda familiar.

Fueron, para él, años de trabajo y estrecheces. De silencio y frío, los míos. Quizás por todo ello, cuando de hombre tuvo un hijo, se juró a sí mismo, que aún a costa de su vida, le daría una carrera y un futuro.

Con tal propósito lo mandó a Madrid a hacerse médico, que es una cosa con futuro y señorío. Allí el chico estudió para ir tirando, conoció los mejores mesones de la villa y trabó amistad con el rico heredero de un cortijo de Jerez al que, en un verano, le apeteció conocer los pueblos de montaña de este reino agreste y montaraz. Como quien emprende una aventura en los confines. Y quiso ver, con mi hermano, las posesiones familiares:

-¿Sólo tienen dos vacas? Tenemos nosotros en la finca 300 cabezas de ganado y eso porque cedimos otras 200 a mi hermano para encastar su propia ganadería.

- ¿Sólo tienen tres ovejas? Tenemos nosotros 3500 pastando por las dehesas.

-¿Toda la tierra que tienen está en esta parcela?. Tardamos nosotros casi tres días enteros en recorrer en coche las fincas del cortijo.

Aquello colmó el vaso del aguante. Mi hermano, mientras quitaba las hierbas con la azada, sin levantar la cabeza, le espetó, contundente, al señorito:

-Nosotros también tuvimos un coche como ese y tuvimos que mandarlo a la chatarra.


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domingo, 21 de febrero de 2010

La cabiria

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Tenía anchas las caderas, las carnes abundantes y olorosas de matrona, un quimono azul celeste, cuarenta años de oficio, un discreto saloncito en el barrio del Mercado y una clientela reducida, pero fija, que le permitía llegar a fin de mes.

Todo esto y un sentimiento maternal con el que animaba a primerizos:
-¡Dale,dale, cara guapa, dale, que me estrenas!


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sábado, 13 de febrero de 2010

El viejo profesor



El viejo profesor,después de cuarenta años de servicio en aquel instituto femenino, tres desengaños amorosos y un matrimonio en el que hacía algún decenio que se habían agotado (por cansancio) los reproches, las pasiones y el deseo, explicaba su programa con la suave languidez del desengaño, como el rezo vespertino del rosario, pero no soportaba ni un rumor, ni un cuchicheo y le gustaba amonestara las rebeldes:

-Señoritas, no les pido amor, pero, al menos, un poco de atención al acto.
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lunes, 8 de febrero de 2010

Martín Favelis

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Hay personas a las que, cualquier clasificación en la que queramos enmarcarlas, se quedan siempre estrechas.
Algo así pasa con Martín Favelis, el maestro Favelis, cuyas viñetas me sirven con frecuencia como inspiradoras de alguno de estos "textículos" con que castigo en este blog.  Decir de él que es "humorista gráfico" es decir tan poca cosa que parece una injusticia.

Pues bien, el amigo Favelis acaba de publicar un nuevo libro con parte de su producción inagotable.

Si quereis ver ( y no lo habéis hecho todavía) podéis visitar su blog 

Favelis a cuadros   

Recorredlo despacio, de atras hacia adelante ( o viceversa) que son muchas sorpresas, reflexiones y sonrisas las que caben dentro.

Y como el autor no vive de los aplausos (que es mentira) sino de su poquito de sopa, sus patatas con costilla, su filete de ternera (cuando hay suerte), os recomiendo que compréis este nuevo libro.  No os arrepentiréis

Para contactos y pedidos, podéis dirigiros a
granada@martinfavelis.com

Lo dicho, Maestro Favelis: felicidades y que haya suerte con el bautizo de la nueva criatura.


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sábado, 6 de febrero de 2010

Crítica literaria

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Lo cuentan de Groucho Marx y lo mismo he leído esta mañana en un cuento de Pereira. En Groucho se trata de una crítica literaria al libro recibido de alguien que pretende entrar en el parnaso del humor. En Pereira, el mordisco envenenado de un fraile postinero y afamado "en aquel tiempo" al canónigo provinciano que osa criticar sus teorías:
- "He recibido su libro. En mi vida me había reído tanto. Ya le diré mi opinión cuando lo lea".