sábado, 30 de enero de 2010

Los restos del naufragio

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Con permiso de Favelis  


Polvoredo, o sea, Pepín el de Polvoredo colgó la sotana y, con ella, aquella vocación de salvar almas que venía sosteniendo, con orgullo de su madre, desde que supo decir las primeras palabras. Tomó tan heroica decisión la víspera de volver al seminario, la última tarde de septiembre del verano en que descubrió la flojera de rodillas y el sofoco repentino al cruzarse en la calle con Cristina, la vecina que, de pronto, se había hecho mujer sin darse cuenta.  


Después resultó que a Cristina le gustaba mucho más Miguel, el mancebo de farmacia. 


Después de unos meses lamiendo sus heridas como un tigre, por salvar a los obreros, se apuntó a algo de Jóvenes Obreros, que era cosa de reunirse los jueves en los salones de la iglesia y tomar unos vinos en pandilla a la salida. Lo dejó el día que Mercedes, que tenía aquellos ojos y otras cosas, le dijo, después de algunos escarceos, que sólo le quería como amigo. 


En pleno desengaño, por salvar a las ballenas, se apuntó a una ONG que recaudaba fondos vendiendo chapas y folletos los domingos en el rastro. 


Hasta que descubrió que las ballenas no daban acuse de recibo de los fondos recaudados los domingos. 


Hoy le he vuelto a ver. 


Después de tanto tiempo. Le he encontrado mayor. Como él a mí, seguramente. Me dijo, sin tristeza ni entusiasmo, que ahora, acostumbrado ya a la desventura, se ha apuntado a la legión dispersa y sin bandera del "sálvese quien pueda".


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martes, 26 de enero de 2010

Libros y lectores







Con permiso de Favelis

En aquel tiempo , pasando la fontera (Una de ellas, porque si vas a ver todo eran fronteras y ocasiones de controles. Que no es verdad lo que dice don Telmo desde el púlpito de que en tiempos de Franco sólo tenían problemas los malos. O, si lo pienso mejor, tal vez resulte cierto y lo que pasaba era que ellos mismos decidían donde estaba la línea divisoria entre los buenos y los malos), pasando, como digo, la frontera con unos apuntes sobre Marx en la maleta y la pinta de ser lo que ellos sospechaban que uno era (o algo menos), el agente aduanero preguntó sobresaltado:


-Este Marx ¿es el ruso? 
-No, éste era alemán. 
-Ah, bueno, por si acaso. 


Aquella pequeñez nos libró a los dos (a Marx y a mí) de algún problema serio, sin dudarlo.




jueves, 21 de enero de 2010

No te equivoques, amor.

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No te equivoques, amor,
no te equivoques.

Que la naturaleza
no es la fuerza desalmada
que lanza furia y terror
contra los pobres.

No te equivoques.

Los pobres ya estaban ahí
viviendo en casas de lata,
sufriendo en sus propias carnes
la injusticia
y el hambre centenaria
causada
por vecinos de aquí al lado,
testigos de la desgracia
desde sus teles
de plasma.

Que no te equivoques, amor,
que no es la Tierra
quien mata.



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domingo, 17 de enero de 2010

La hermosora

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Era lo que se llama un hombretón grande como un castillo. Tanto que, a primera vista asustaba a los pequeños. Sobre todo en invierno, con su capa española, su bastón, su sombrero y aquel puro que no se sabía bien si lo fumaba o si simplemente lo llevaba por dar ocupación a aquellos labios enormes y amoratados.

Pero, a pesar del aspecto y de los años, conservaba intacta la retranca que, según dicen, caracteriza a las gentes de esta tierra (socarrones, pero que, a la mala, son capaces de morder con la boca cerrada, como dice algún malvado) y algunos gustos y costumbres (el cus-cús, el té a la menta, el sombrero panamá y la sahariana del verano) que le habían quedado de los años de servicio en África, como médico de la legión.

De aquella época, además, atesoraba mil anécdotas cuarteleras (reales o inventadas) con que animaba las tertulias de "El Central".

Como aquella que decía que estando un día en la consulta le llegó un morito (Soleimán, según dijo, se llamaba), aquejado de incómodos picores en el miembro de los hombres.

-Mire, doctor, que no me aguanto, que me pica la hermosora.

Procedió el doctor a la inspección que requería la dolencia y aconsejó el oportuno tratamiento, pero, al final, sucumbió, sin poderlo remediar, ante aquella curiosidad que le inquietaba:

- Óyeme, Soleimán, y tú ¿por qué le llamas "la hermosora"?

- Porque así la llaman Uds. los cristianos

- ¿Qué me dices?

-Si, señor, así lo tengo yo entendido. Que se la enseñé, antes de venir, a mi sargento y él fue el que me dijo: "¡Qué hermosora"!

domingo, 10 de enero de 2010

Ruptura

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Con permiso de Favelis


Dijo "Sólo te quiero como amigo" por evitar decir lo que pensaba: "¡déjame en paz de una vez, pesado!. Pues, de querer decir lo que decía, no era consciente de que ser amigo de verdad implica tanta entrega o más que ser pareja.

Y, por poner las cosas en su sitio, su amor no era imposible por ser ella hormiga y él un elefante, sino porque él, obstinado, se negó a convertirse y comportarse también como una hormiga.


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domingo, 3 de enero de 2010

Luisa, la zarata

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Se llamaba Luisa. La llamaban "la zarata" y forma parte del paisaje de mi infancia en Palazuelo como el resto de cosas y lugares con que pueblo los recuerdos: el molino de Carancha, la casa del señorito, el reguero bajo o las negrillas centenarias a la puerta de la iglesia.


A mis ojos de niño, al encontrarla en la iglesia, en el caño de la plaza, en la tienda de "la guapa", era una mujer como otras tantas, de esa edad imprecisa que tienen las abuelas.


Pero, al nombrarla, se notaba un silencio que hacía pensar que algún misterio se ocultaba. Era parte, parecía, de ese tabú innombrable que, a veces, ocultan las aldeas.


Solamente, ya de mozo, años más tarde, cuando se suponía que había superado, sin saberlo, algún rito de pasaje, llegué a enterarme del secreto.


En estos pueblos de ribera, una mujer sin hombre en casa, viviendo sola, estaba condenada a la pobreza.


Y Luisa quedó viuda cuando entonces, cuando, de recién casada, le arrancaron al marido para el frente de Teruel. Y allí quedó. Con otros muchos.


Después del zafarrancho, volvieron los hombres que quedaron. Volvió la vida a su rutina, a la dura tarea de seguir vivos como fuera.


Luisa hizo frente a la desgracia como pudo: pagando las patatas y el tocino con la vieja moneda del alivio de los mozos que llegaban por la noche, como sombras, por los huertos.


Se hizo un pacto de silencio: nadie en el pueblo quiso saber nunca de qué forma conseguía, sin tierras y sin hijos, ir viviendo.


Con el tiempo, los mozos se hicieron hombres pero fueron manteniendo, por un tiempo, la costumbre.


Luego, la edad y la rutina fueron haciendo más escasas las visitas y las cuotas que aportaban. A partir de entonces, las mujeres, como si tuvieran la sensación inconsciente de tener que agradecer el que su matrimonio hubiera aguantado los envites, siguieron ayudando con un cesto de huevos, manzana, uvas o patatas, por su tiempo.


Pero Luisa tenía inculcada en las entrañas la vieja moral de que el pan ha de ganarse con esfuerzo, poniendo algo de la parte del que come. Por eso salía cada tarde a la puerta de la calle, al sol de la abrigada, a esperar la posible clientela, disimulando la inquietud con la calceta.


Por eso, cuando vió venir a aquel mocetón, que acababan de contratar como pastor, volviendo con sus ovejas al sol puesto, le renació la esperanza. Y cuando el mozo, al pasar, le preguntó: "¿Qué hora es?" se puso en pie como por obra de un resorte y contestó:


-¿Qué hora es? ¡Ay ladrón, ladrón qué pronto me has convencido!.


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sábado, 2 de enero de 2010

La paz

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Con permiso de Favelis


Cuando era joven
gritaba:
¡Libertad!

De hombre
luché por la justicia

Ahora os pido
amigos,
ya lo veis,
sólo la paz

(Construida,
eso sí,
con justicia
y libertad).

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