sábado, 21 de febrero de 2009

Las gallinas

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Cuando murió "aquel hombrico", su Bernardo, Donatila fue perdiendo la ilusión, las ganas de excavar la huerta por su tiempo, de cuidar las escarolas, de llevar a la plaza el cebollino.

Después fue abandonando la comida, la salida al rosario, el rato de tejer en la abrigada con el resto de las vecinas, el encender la cocina.

Cuando se le comenzaron a hacer irresistibles los meses y los días tomó la decisión firme y serena de echarse a morir.

Apagó todas las luces, puso la tranca a las puertas del corral, subió para la alcoba y allí se echo a morir encima del cobertor.

Pero la muerte tarda en llegar cuando la esperas: le dio tiempo a rezar el rosario, la recomendación del alma, la novena de la gracia, a hacer el repaso de cómo quedaban las cosas de la casa y entonces, cuando parecía que ya empezaba a entumecerse, se acordó de repente:

¡No había echado de comer a las gallinas!

No quedaba más remedio que aplazar la solemne decisión para otro día.


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6 comentarios:

daalla dijo...

Qué curioso. Yoy he empezado un libro cuyo protagonista, después de múltiples preparativos para suicidarse, se acuerda en el último momento de que no ha fregado los platos y debe de hacerlo para no cargar a nadie con esa responsabilidad. A veces la vida se abre camino por los caminos más insospechados.
Un saludo.

Francisco Flecha Andrés dijo...

Amigo daalla: suele ser típico de los suicidas este preocuparse por las pequeñas cosas en el momento de la fatal decisión: quitarse las gafas para que no se rompan, dejar colocaditos los zapatos o la chaqueta. Nuestra cabeza funciona por su cuenta.
Saludos

Beatriz Basenji dijo...

Encantador. Me ha transportado Ud. a los corrales de emplumados de mi suegra,y los de mi madre.Y para que no descubriera los tufillos de las aves mi Mamá había ordenado unos jazmines y un arbustillo al que llamaba "corona de ángel".Y por allí estaban los limoneros de cuatro estaciones,con su perfume de azahar ...
Cordiales saludos.
Beatriz Basenji

Francisco Flecha Andrés dijo...

Amiga Beatriz, gracias por la visita y el comentario. Se ve que su mundo está un poco distante de estos mundos de la estepa donde los corrales nunca huelen a jazmín ni a azahar. Por aquí los corrales sólo huelen con el olor agridulce, espeso y familiar de las cuadras, de las cochineras, del gallinero, del trigo y la hierba secándose en el pajar (O, al menos, así huelen todavía en mi recuerdo).
Saludos

Quillén dijo...

Una ternura.
Cuando mis pensamientos se vuelven solemnes, ceño fruncido, mirada torva, es que que pienso '¿para qué hacerse problema?'. La vida dura, con suerte, poco más de 80 años, y para quienes sólo creemos 'en el más acá':¡A vivir la vida y que se hagan agua los helados!

Francisco Flecha Andrés dijo...

Efectivamente, Quillén. La vida hay que vivirla, aunque solamente sea porque todavía no hemos echado de comer a las gallinas.
Saludos