jueves, 31 de julio de 2008

Flamenco en las carnes

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-Déjalo ya, Damián, déjalo ya, que el maestro no te ve!
Pero él seguía allí, al borde del andén, levantando la mano y el clavel, en un gesto que recordaba de lejos el saludo de un mozo de estoques después de la tarde de gloria de un viejo torero, con los ojos nublados por las lágrimas, clavados en algún punto inconcreto de ese enorme boquete ardoroso y vibrante que deja el tren cuando se ha ido.
- Déjalo ya, Damián, déjalo ya!.
Pero ¿cómo romper el embrujo de aquella tarde de gloria? Nunca más podría olvidar el gesto, las palabras y hasta los silencios del maestro. Habían sido más de diez horas de cante y vino con Antonio el de Utrera. Casi nada. Y seguía vivo.
Y es que Damián, aunque nacido en Pobladura, había sentido desde niño, por no se sabe qué oscuras influencias, la suave y cruel mordida amorosa del flamenco.
Y aunque no deba decirlo, no lo hacía mal del todo. Dominaba dignamente algunos palos y, alguna tarde, cuando estaba entre amigos, había estado cerca de mirarle a los ojos al misterio y le salía de abajo ese cante valiente y desgarrado que te deja la boca temblona y fogosa, llagada por dentro, de puro sufrir.
Pero él lo sabía desde siempre. Nadie le podría engañar. Nunca estaría entre los grandes. El cante, como la leche, se mama a dentelladas. El cante es como la jara y las hierbas de Sierra Morena: no crecen por los cuetos de La Nava.
Y lo demás, poco o nada le ayudaba. Ni el nombre, más propio de fraile o de maestro, ni el trabajo y la rutina insoportable del mancebo de farmacia. ¡Cuántas noches, estando de guardia, había ensayado otros nombres y cantes! Pero algo tenían de raro ( "Gallito de la Nava", "El niño de la botica", "Farolito de Pobladura")
Por eso, cuando supo que Antonio el de Utrera venía a la ciudad a cantar para una peña, cambió el turno de tarde por tres guardias, se engomó el pelo a la gitana, se puso su traje color hueso, la camisa bordada y los botines marrones de las zambras.
No podía creerlo, pero allí estaba el maestro, tan cerca y tan enorme, concentrado y altivo, como el que sirve a una diosa misteriosa y esquiva, desgranando los cantes, reinventando las coplas, como un fogoso adolescente que habitara de pronto sus carnes cincuentonas y enjutas.
Y fue como si volviese a cruzar de pronto la estancia aquel aleteo que dicen de ángeles machos y heridos de muerte. Y al oírlo, lloró. Sin vergüenza, como lloran los hombres, sintiendo que aquel había sido el momento que siempre había estado esperando.
-"¡Qué grande es el cante, maestro!, ¡Si no cabe en el cuerpo!"
Y Antonio decía entre dientes:
-"Muy grande, chiquillo, muy grande. Tan grande que, a veces, da miedo
Lo decía el maestro distraído y distante, paladeando despacio aquel clarete de las Bodegas La Seca que, según dijo, mirando al trasluz ," este es un vino que templa los cantes".
Y después ya la gente cabal (Antonio, Damián y otros dos) se fueron mezclando el vino y las coplas en un viejo mesón de la Plaza las Tiendas.
Y, de pronto, ocurrió como ocurren las cosas. Apareció "la Alemana", sin saber muy bien cómo. El maestro la miró con mirar de torero, indagando la casta y la querencia y ella devolvió la mirada en un juego intencionado sin palabras. Se le abrió al cantaor la herida de donde dicen que manan los cantes legales y fueron saliendo, tiritando de rabia o de pena, las coplas de amor y de muerte.
-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande"
Pero el maestro, en pleno arrebato, ni siquiera le oía, entregado a la lidia amorosa, atacando con tiento las suertes del beso, dejando alumbrar en sus carnes la fiera ternura dormida de antiguo, llevando a la hembra a los medios, templando a su hora, citando de lejos, mandando. Y la tarde se puso de fiesta. Y hasta Damián, contagiado, reventó las entrañas del cante con un Martinete que cuajaba los pulsos.
Y entre el cante, el vino y los besos se hizo de noche y, esperando la llegada del tren, el maestro, en voz baja, apurando con ansia el momento, le pedía a la bella que viniera con él hacia el sur si quería ver , en silencio y bañada en jazmines y besos, como las diosas de antaño y las diez mil mocitas de Cádiz, la agonía salina del sol que se ahoga en un pasmo silencioso y redondo cada tarde en La Caleta.
Y Damián, cada vez más cargado de vino, de euforia o de pena, repetía temblón y confuso:
-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande es el cante!
Y el maestro, chasqueando los dedos y molesto, tal vez, de que no se respetara el silencio torero en aquellos momentos cruciales del rito, contestaba con una desgana infinita:
-"No me jodas, Damián, que en la vida hay más cosas que el cante!
Cuando el tren ya anunciaba su marcha, el maestro, al subir, en un último gesto torero, besó el clavel que llevaba al ojal y lo lanzó como un brindis a aquel amor imposible y eterno que duraba tan solo un instante. Damián lo tomó como el último don gratuito de un Dios viajero.
Mientras el tren taladraba la noche renqueando hacia el Sur, Damián, levantando la mano y la flor, repetía incansable:
-"Qué grande es el cante! ¡Si no cabe dentro!

3 comentarios:

Victor dijo...

¡Oooolé!

M. Cecilia de la Vega dijo...

Un relato muy pintoresco, se disfruta mucho leerte.
Me siento identificada con Damián... yo soy a la escritura lo que él al flamenco... Pero ...¡qué grande es! ¡Si no cabe dentro!
Cariños!

panchoflecha dijo...

Gracias m.cecilia, pero también es verdad que hay más cosas que la escritura. Un abrazo