domingo, 20 de julio de 2014

Educando a Tarzán


Literatura y sexo

Llovía. Llovía sin piedad sobre la jungla. Era una lluvia tenaz y primitiva, como aquella que dicen de Macondo. Cesaban de repente los cientos de sonidos cotidianos, los aullidos de los monos, el grito destemplado de la arara escandalosa y todo lo llenaba el furioso martilleo del agua en las hojas enormes del cambur.

Los bichos y los monos se refugiaban cautelosos al cobijo de las rocas y en aquella penumbra intemporal la tarde se hacía eterna y todo parecía invitar a un dulce sopor o a una feroz melancolía.

Tal vez fueran estas cosas, o la obligada inactividad en el refugio, o el olor de la tierra mojada que parecía proceder de un mundo a punto de estrenar, o la cosa de la febril adolescencia en la que Tarzán había entrado hacía poco, sin remedio y sin saberlo, lo cierto es que el muchacho, que acababa de descubrir el placer de la escritura y aquel pozo interior de los deseos, se pasaba las horas muertas escribiendo larguísimos y lánguidos poemas de penas y de ausencias, de amores imposibles, de heroicas batallas de muchachos indefensos contra ejércitos enteros de animales gigantescos y furiosos.

Y, después de cada uno, esperaba, nervioso y anhelante, la opinión autorizada de Chita, la maestra.

Chita leía, indulgente, los poemas del pupilo y, escogiendo con cuidado las palabras para no herir sus sentimientos (que son edades muy malas y el mundo se les derrumba, a la menor, con un soplido), aunque sin renunciar, al mismo tiempo a la tarea educativa que se había impuesto y que consistía, en su opinión, en hablar claro, sin tapujo o fingimiento (sin hacer daño, pero clarito, al fin y al cabo), le advertía, doctrinal y cariñosa, usando aquello que, por lo visto acostumbraba a decir aquel profesor de la aldea de los hombres y que recordaba, con frecuencia, aquel otro amigo y compañero que tanto sabe de las cornadas de los lobos:

- Convéncete, Tarzán, hijo: en la literatura, como en el sexo, la exageración, el exceso y el tamaño no mejoran, necesariamente, el resultado.

No llegó a saberse, la verdad, si Tarzán llegó a entender el sentido exacto de tal doctrina sexual o literaria. Que es lo que pasa cuando, en ambas cosas, resulta que uno es autodidacta.

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