domingo, 30 de mayo de 2010

Promesa cumplida

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Aquella "tristura" le acometió de repente. Fue una mezcla de flojera y de temor que le impedía enfrentase a la rutina cotidiana. Hasta levantarse de la cama se le presentaba como un acto de heroísmo insuperable. Le dijeron que era una especie de Depresión Endógena. Así lo llamaron. Pero no sé si los de casa llegaron a darle la consideración de enfermo o si lo tomaron como una ventolera caprichosa.

-"Flojera, puta flojera", decía su padre, orgulloso de haber sobrevivido a las miserias de posguerra.

-"Esta gente, que no ha tenido privaciones, que todo les ha venido antes de tiempo y a la mano no aguantan ni un estornudo. A la mina les mandaba yo a estos, con un cacho de hogaza y de tocino, a trabajar catorce horas y ya verías si acababan con todas estas mariconadas".

La madre lo tomó de otra manera: consideró que aquello, seguramente, era sólo que se le había apoderado la anemia por culpa de aquellos comistrajos que hacía últimamente y que esto lo curaba ella en un pis-pas con filetes de higado encebollado, vino quinado con dos yemas a eso del mediodía y buenos platos de lentejas con chorizo.

Pero pasó el tiempo y no fueron suficientes ni las arengas del padre ni los ponches de la madre.

Tuvieron que poner al chico en manos de un profesional. El Dr. Juan Augusto Rodríguez de Gualtari que. según les dijo con aquella voz profunda y melodiosa como un tango, casos mucho más desesperados había sacado él adelante en las lejanas tierras de su origen, aplicando las técnicas más novedosas de la moderna psiquiatría. Estaba en situación de asegurarles, por su honor, una rápida y total curación.

Y cumplió. Vaya si cumplió. Al menos en la parte sustancial, pues rápida, lo que se dice rápida, no fue. Fueron casi dos años de sesiones semanales, al principio, quincenales, después, a 100 Euros por sesión (que ya empezaban a pesar) sin notar ninguna mejoría.

Pero cuando ya casi habían perdido la esperanza, se produjo el milagro.

Una tarde, sería por abril, después de tres cuartos de hora tumbado en el diván, relatando los miedos y traumas de la infancia, cuando Ramiro se volvió a preguntar al Doctor si le entendía y descubrió que el experto dormía plácidamente recostado en su butaca, milagrosamente, se curó de inmediato.

martes, 25 de mayo de 2010

El anuncio de Larry Flynt

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Larry Flynt, el viejo y poderoso magnate de la industria del porno y de la estética más kitsch del país donde ocurren estas cosas, publicó un anuncio a toda página en la edición del domingo del Washington Post, ofreciendo un millón de dólares a la mejor y más escandalosa historia que acreditase, con detalles, haber mantenido un encuentro sexual con algún alto miembro del Congreso o del Gobierno y fuese capaz de relatarlo con suficientes pormenores como para ocupar tres programas de la tele en horario de Prime Time y algunos reportajes chispeantes en las revistas y periódicos de su grupo editorial.

A la gente, desde aquella cuestión de la becaria (lo del examen oral, si no recuerdan), parecían encantarle estas batallas. Y, al final, todo es dinero. Lo decía Larry Flynt, socarrón y convencido, a quienes querían escucharle:

-"Hay más dinero en un buen polvo (si lo sabes escoger y contar bien) que en cuatro mil reportajes de la National Geographic".

Lo cierto es que el anuncio provocó un revuelo colosal: se hicieron eco del asunto los telediarios de todas las cadenas y las tertulias radiofónicas de la mayor parte de los países integrantes de la ONU.

Madamas de varias casas de Señoritas de Compañía de Washington DF, en su justa labor de promoción, se prestaron a entrevistas y programas, dejando caer, como advertencia o amenaza, que "¡Ay, por Dios, si ellas hablaran" y, a la redacción de la revista convocante llegaron en seis días treinta y dos mil respuestas que juraban por su vida haberse pasado por la entrepierna a políticos, gobernantes y pastores protestantes.

Después vino la tarea de la criba. De las 32.000 respuestas recibidas, 48 resultaron auténticamente comprobables:

-20, en despedidas de solteros (al final, ya se sabe, mucha risa y pocas nueces).

-18 tórridas noches de Motel con ocasión de algún Congreso Extraordinario, pero con delegados de alguna circunscripción lejana (pongamos North Kentucky) y cuyos lances amorosos sólo podrían interesar a algunos de sus vecinos, que no a todos.

-7, con un poco más de morbo, con algún Gobernador, cuya identidad, por miedo o precaución, se negaron a desvelar.

-2, con conocidos miembros del Congreso; cosa que, según dijeron, al final se quedó en nada, por haberse quedado dormidos como niños, con la excusa del stress, después de las ostras y el champán.

Y, por fin, ya ves por donde, lo que parecía ser un bombazo: una historia con el mismísimo Presidente del Senado.

Pero, al final, todo fue inútil. Hubo que declarar desierto el premio. Faltaba el requisito del detalle, pues la chica sólo supo decir, a pesar de las presiones:

-"Mire usted: una será todo lo puta que haga falta, que lo es y de eso vive y pide a Dios que no le falte, pero no es mentirosa. Y ¿qué quiere que le diga? Por mi madre que no fue para tanto y, con la cosa de la rutina, tampoco tiene una la cabeza para andar imaginando".

Y es que, a la postre, de poco sirve el hecho. El verdadero placer está siempre en la cabeza del que escucha o imagina los detalles. Ya se sabe.


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martes, 18 de mayo de 2010

Educando a Tarzán

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DE NACIONALISMOS Y OTRAS PESTES DE LA JUNGLA


A Chita, la verdad, le resultaba insoportable la intransigencia, el cerrado dogmatismo, la estrechez de miras y horizontes de la manada de hipopótamos que, tal vez por su tamaño, por la dificultad de moverse (o por simple y pura pereza) jamás habían salido del meandro abandonado del Gran Lago y del apestoso lodazal donde pasaban las horas revolcándose en el barro.


Y, sobre todo, el altivo desprecio con que hablaban de todo aquello que desconocían o que resultaba ajeno a sus costumbres.


Cuando Tarzán le preguntó por la razón que explicara todo aquello, Chita recurrió al recuerdo de sus lecturas de otros tiempos.


- "Ya lo dijo Pascal, hijo, ya lo dijo.  Que no es cosa de ayer ni de estos días.  Que el origen de todo ese dogmatismo, de ese orgullo ensimismado y excluyente surgió el día aquel de hace ya siglos en que el cura de la aldea, al ver llover desde la torre de la iglesia, subió al púlpito y anunció, enardecido, el comienzo del Diluvio Universal.


Ya ves, Tarzán, hijo, una vieja enfermedad que dicen falsamente que se cura viajando.  Y no es cierto.  Porque, incluso en ese caso, conviene ver el mundo como si ahora mismo lo estuvieras estrenando".




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viernes, 14 de mayo de 2010

Manuel Sierra, Maestro Sierra, Amigo Manolo.




Manuel Sierra ha venido a León, una vez más, a ver a los amigos y a enseñarnos (antes que se los quiten de las manos) la luz que se desprende de la nieve caída en estos pueblos de la Babia y que ha atrapado sabiamente en su quietud intemporal y casi mágica en estos cuadros.
Manuel Sierra inventa en cada cuadro(como hicieron los dioses cuando entonces) las formas, el espacio y los colores de una pureza que no es la primitiva y gratuita sino la que está por llegar (así que pasen estas nieves).
En el Blog de Charo Acera comentaba Isabel, el otro día, que se siente identificada con la forma en que Sierra entiende el espacio y el color.
Y esto me empujó a contestar:
Dice Isabel que se siente identificada con la forma en que Manolo Sierra entiende el espacio y el color.
Yo también.
Pero, sobre todo, me siento identificado con la forma en que Manolo Sierra entiende su forma de estar en el mundo, de comprometerse con cualquier causa justa, de no negar nunca la expresión de su arte a cualquiera que acuda a él pidiendo apoyo, de no despreciar (como otros tantos mucho peores) de hacer un mural de combate y de conciencia en cualquier tapia que se le ofrezca.

En fin, Manolo, siendo como eres, por mí puedes pintar lo que quieras.

A través de la pintura me gusta ver al pintor y el mundo y los valores que defiende.

¡Salud, maestro (y república, si se puede)!
Lo dicho.  Y la esperanza de que por encima de estas nieves, sobrevolando estos cielos plateados comiencen a llegar pajarillos tricolores.  Que ya es hora

Manuel Sierra, "Año de nieves". Galería Sardón




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lunes, 10 de mayo de 2010

Las cuatro y diez

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Fue a la salida del Metro en Callao. Salía distraida y un poco aturdida por el calor, los ruidos y la gente. Se lo encontró de repente, casi como una aparición.

-Isabel, corazón ¿Cómo te va? ¡Qué sorpresa después de tantos años! Tenemos que hablar de tantas cosas... ¿Tienes tiempo? ¿Por qué no comemos y me cuentas y te cuento? Me haría mucha ilusión, porque te fuiste así, tan de repente...

Fueron a comer y se repitió, punto por punto, aquella canción de Aute: el recuerdo de aquel día en el cine, viendo "Al Este del Edén", la foto tan mala en la que el más pequeño acababa de nacer, el día en que ella le esperó hora y media en esta misma mesa mientras él estaba en clase de Francés.

-"Oiga, ¿me trae la cuenta?"
-"Calla, que fui yo quien te invitó a comer".

Un adios apresurado. Llámame algún día

-"No te demores, que ya son las cuatro y diez".

Cuando se quedó sola, como recapitulando y poniendo orden y sentido en aquel torbellino inesperado, sólo pudo decirse, resumiendo, que había sido un encuentro tierno, nostálgico, emocionante, si, pero un poco incomprensible porque, a decir verdad, ella ni se llamaba Isabel, ni había estado nunca antes en Madrid, ni nadie le había hablado nunca con tanta emoción y tanto afecto.

lunes, 3 de mayo de 2010

La mar, el mar, maldito mar

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Fueron quince días con sus noches los que madre se pasó acurrucada en el cantil, escrutando la mar embravecida que se tragó, en una tarde de galerna, a "La Galana II" con todos sus tripulantes, por dar sepultura a padre en tierra firme para que, al menos, su espíritu pudiera descansar como Dios manda de sus cincuenta años de faena y mal vivir.
Fueron quince días, con sus noches, con los ojos enrojecidos por el pasmo.
Y esperó inútilmente.
Cuando los hubo cumplido, como un rito, nos cogió de la mano, mandó decir una misa, tapió las ventanas que daban al cantil y jamás volvió a mirar al mar.
Nunca más.
Nunca más.
Nunca más.   Hasta su muerte.


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