domingo, 12 de diciembre de 2010

El mar de la caracola







Cuando se tienen trece años sueña uno con mundos lejanos, con tórridas e inconcretas aventuras sin más argumento que el Sol, una playa silenciosa, tal vez, y la mano de ella rozando la nuestra como sin casi darse cuenta.
Así era también en este caso. Hace de ello ya tanto tiempo que apenas lo recuerda. Tan sólo queda la nostalgia de aquellas tardes de otoño en la galería de la casa del abuelo, cuando escapaba del mundo circundante entrando, como por una puerta mágica, en el mundo salino y misterioso que encerraba la caracola que había traído la abuela, como recuerdo, de un verano de soltera, hace ya tiempo, en Santander.
Allí estaba encerrado en el prodigio de la concha todo el mar con el flujo sempiterno de las olas y, si escuchabas con esmero, también un graznido lejano de gaviotas y el cantar melodioso de una niña ¿tal vez una sirena?.
Se enamoró de aquel mar, de las gaviotas, de aquella muchacha que cantaba canciones tan dulces y tan tiernas como esa feroz melancolía que le subía en el pecho, hasta el ahogo, algunas tardes de domingo.

Se juraba entonces que, de grande, viviría para siempre en un pueblo junto al mar.

Toda una vida ha pasado desde aquello. Por razones ocultas del destino, como dando cumplimiento al antiguo juramento, vive hoy, aferrado como un superviviente a los recuerdos, en este pueblo pesquero junto al mar.
Como una barca varada en la playa del Poniente, de las cosas y personas queridas de otros tiempos, sólo conserva, como único resto del naufragio, la vieja caracola del abuelo.
En las tardes de lluvia y de morriña le gusta, como entonces, escuchar la caracola que le trae (ya ves, ahora) los sonidos de la casa de la infancia: sonidos de campos de trigo y palomares, el nervioso piar de los vencejos, la campana de la iglesia y aquellos boleros con los que la abuela parecía querer recordar viejos sueños de amor, imaginados al escuchar en la caracola, cuando joven, la lejana y seductora canción de un marinero.

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6 comentarios:

almalaire dijo...

Todos deberíamos tener una caracola en la que oír los ecos de los deseos...o puede que no

Es muy, muy bonito. Me gusta mucho como hablas del mar, me acuerdo de aquel otro relato de la madre que había cerrado los postigos y no había vuelto a mirarlo.

Un abrazo, Francisco

Francisco Flecha dijo...

muchas gracias, alma. Me alegra que te guste esta cosa levemente n
triste que que en la caracola solamente oigamos lo que no tenemos, lo que echamos de menos, los deseos incumplidos...
Un abrazo

conchi dijo...

Llevo tres dias exactos buscando mi caracola, la que yo tenía puesta encima del sinfonier, uno de esos regalos de infancia. No la encuentro y solo queria saber si oigo lo mismo, aunque me temo que no tenga ni que ponerla cerca del oido...

Saludos y gracias por recordarme esto, que agradable.

Francisco Flecha dijo...

La de mi madre, que efectivamente había traído de moza de un viaje a Gijón y que estaba en la galería del abuelo también ha desaparecido.
No sé si entonces oía algo, porque aquellos años de mi infancia eran años de silencio y frío.
Saludos

Puri dijo...

He llegado a tu blog desde el filandón. Me ha gustado mucho este cuento con esa caracola que nos devuelve los sonidos familiares de la niñez.

Francisco Flecha dijo...

Gracias Puri, por la visita y el comentario. Bienvenida (máxime viniendo de un sitio amigo
Saludos