domingo, 6 de abril de 2008

Leyendas del cabo Picurri

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LA AUTOCRÍTICA.

Durante mucho tiempo, en aquellos años de juventud, fue referencia obligada de todas nuestras conversaciones de bodega en tardes de amor y vino.

Cualquiera que fuese el punto de partida, la conversación caía siempre, en algún momento, en el recuerdo de alguna tierna ferocidad, conocida por todos, del cabo Picurri.

Siempre se contaban las historias como nuevas, aunque eran siempre las mismas, y siempre las reíamos como si hubiesen ocurrido ahora mismo.

Se convirtió en una especie de héroe de tebeo, orgulloso y exigente, tierno y desvalido, azote y mayoral de la tropa en aquel campamento de reclutas destinado, parecía, a que los mozos de reemplazo de Murcia o Extremadura descubrieran en sus carnes la experiencia irrepetible de las heladas de Enero en las altas parameras de esta tierra.

Los quince años de oficio a golpe de reenganche, la voz un poco rota por culpa del tabaco, del orujo o de los gritos que acompañan la instrucción le daban mucha más autoridad de la que cabría esperar de los galones o de la estampa militar que cabía en su metro sesenta de estatura.

Como de todos los héroes de leyenda, se contaban de él cuatrocientas aventuras de faldas sabiamente entremezcladas y las visitas de otras veinte al coronel a reclamar justicia o protección por la deshonra sufrida en noches de verbena al abrigo de las parvas en las eras.

Porque el cabo, además de otras prendas más íntimas u ocultas tenía un hablar meloso cuando estaba con mujeres que para sí lo querría más de un capitán de la academia.
Incluso, cuando estaba de servicio en el cuartel, sobre todo al llegar los sargentos de complemento (a quienes solía mirar con indulgencia porque, a pesar de sus estudios, no eran militares de raza y de macuto, exageraba, si cabe, el cuidado en la expresión.

Era entonces cuando solía decir, como advirtiendo, aquella frase, al principio de las guardias, que quedó para nosotros como un lema insuperable:

- "¡Ten cuidado, chaval, y no te duermas, que te meto una autocrítica que te cagas!"

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7 comentarios:

themackintoshman dijo...

Yo, Sr.Flecha, pertenezco ya, a una generación en la que la mili, había perdido gran parte de su importancia,como rito de iniciación masculina en múltiples aspectos.
además, el Estado me declaró inútil para el servicio, luego , la vida,me declaró inútil para otras cosas,pero lo que si que es curioso,es que, a pesar de no haber pasado por la mili, mis condiscípulos y yo, también tenemos historias como las que describe, de esas que contamos una y otra vez,y que escuchamos y reimos,como si fueran nuevas.¿Será que en el fondo,todos necesitamos revivir tiempos que consideramos más benignos?

panchoflecha dijo...

Amigo Macki: yo tampoco fui a la mili, por inútil, gracias a Dios, pero ¿a que no se me nota?. Es que hace tiempo (que tampoco recordarás todo este país era un cuartel y un convento.
Saludos

Mar dijo...

Y estas anécdotas surgen en Navidades y cumpleaños con las familias y amigos reunidos; todos los años van creciendo, o se agregan detalles y otros se modifican, pero todos se quedan en silencio escuchando, porque somos esas historias que oímos además de las que vivimos. Besos. Marcela.

On the road dijo...

Ivà era un maestro. Susordenes.

On the road dijo...

Ivà era un maestro. Susordenes.

Francisco Flecha Andrés dijo...

On the road: Tengo la astuta estrategia de acompañar mis textos (tan pobres y simples que no dudaría en clasificarlos como "textículos")con las silustraciones y viñetas de grandes maestros. Hoy le ha tocado a Ivà. Otros días abuso del maestro Martín Favelis (http://lacomunidad.elpais.com/martinfavelis/posts), mi humorista de cabecera.
Saludos

panchoflecha dijo...

Amiga Mar: por eso me gustar contar: porque, al cabo, no somos otra cosa que el conjunto de historias que contamos y escuchamos. No somos otra cosa que un relato compuesto de muchos relatos.
Saludos