miércoles, 5 de marzo de 2008

El Piripiri.

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boomp3.com

Anochecía lentamente cada tarde, como si el cielo se negase a dejar a oscuras la inmensa, empobrecida y silenciosa ciudad de Maputo.

Cuando la noche cubría definitivamente como un manto la desesperanza cotidiana y, a lo lejos, sólo se veía en las laderas alguna luz temblorosa y todo lo demás era noche, noche cerrada (que no ví, por más que lo intenté, aquello de "la noche africana, sensual y pagana") se encendían las luces del Piripiri.

El Piripiri era un bar de aire colonial donde se reunían cada noche a cenar y tomar unas cervezas aquellos que podían permitírselo: cooperantes, consultores, viajantes de firmas comerciales y turistas de Sudáfrica. Con sus amplias cristaleras y su terraza iluminada parecía un barco recorriendo lentamente la calle principal.

Y, como si fuera el buque de un crucero, los clientes miraban a la calle por ver pasar el espectáculo incesante de niños vendiendo pulseras y colgantes, batuques, batiks y casitas de madera, capulanas, cajitas de palosanto y "palos de acompañar". Y los niños miraban con asombro el espectáculo, más inquietante todavía, de blancos bebiendo, fumando y comiendo con desgana, como si fuera un acto rutinario y cotidiano.

Y, en este escenario, casi teatral y un poco alucinado, cayó una noche del agosto, cuando allí parecía querer apuntar ya la primavera, un solitario consultor de la UNESCO, para orientar sobre posibilidades, métodos y contenidos de una posible "Educación Moral y Cívica" (o lo que aquí quiere llamarse, hoy en día, "Educación para la Ciudadanía").

Después de un plato de "galinha al piripiri" y tres cervezas, sintió necesidad de visitar el excusado y, del modo en que los extranjeros se dirigen a la gente de países más pobres, o sea, casi a voces y hablando en castellano, le preguntó al camarero, un hombre negro, grandón y seguro de sí mismo, como el que sabe que, después de cien años, ha conquistado, por fin, la independencia:

-¿El servicio?.

El camarero hizo ademán de no comprender ni una palabra.

El consultor, en un esfuerzo, hizo ademán de cogerse la minga con la mano y el sonido del chorrito en un siseo.

El camarero, con toda dignidad, como ofendido, contestó con cierto tono de desprecio:

-Eso, aquí, los hombres grandes lo hacen solos.

Y así quedó la cosa. Que nadie quiso investigar qué había entendido el camarero.


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9 comentarios:

Achaval Hernandez dijo...

juas!
Gracioso y reflexivo, de los que mas me agradan!.

Epidemor dijo...

Jajajaja, Buenísimo, me reí mucho jajaja la primera impresión es muy buena.

Un gusto leerlo siempre, Señor Flecha.

panchoflecha dijo...

Muchas gracias, achaval y epidemor. Siempre sois bienvenidos a esta cocina del cuentacuentos (al filandón, que decimos por aquí).
Saludos

amig@ mi@ dijo...

Buena elección de escenarios, escenas y ... personajes. Un bste

panchoflecha dijo...

gracias amig@ mi@ por la visita y el comentario.
Saludos

Quillén dijo...

Buen remate. Genial como recreaste el clima del lugar. Me gusta tu estilo, siempre al punto. Ni una de más ni una de menos...
Saludos!

panchoflecha dijo...

Amiga Quillén: gracias por la visita y el comentario. De todos modos, tus tres días en Badaling no tienen nada que envidiar a las noches de Maputo.
Como ves, he abierto una red de encuentro de los que contamos cuentos. No se si resultará útil para algo, pero te invito a unirte (A tí y a todos los demás "cuentistas" que pasais por aquí)
Saludos

On the road dijo...

¡Qué desagradecidos! Vamos allí a ayudarles y va y se ofenden por un siseo de nada :)

panchoflecha dijo...

No se, Ontheroad, si sería por la cosa del siseo. Ya te digo que ni yo ni el consultor de la Unesco (con ser consultor y de la Unesco) hemos llegado a saber que fue lo que entendió el camarero.
Saludos