
Quizá fuera la sorda indignación de Ricardo, el soldador, lo único que rompía la calma y la armonía de aquella plaza ciudadana, dedicada a Santocildes, empedrada de Sol y de silencios en torno al monumento que recuerda la lucha y el honor frente al francés.
En la pequeña ciudad episcopal de conventos y cuarteles, abierta a los caminos y, sin embargo, fieramente amurallada por el temor, sin duda alguna, de que el pardo campo maragato se apodere por sorpresa alguna noche de sus calles y sus plazas, en esta ciudad que os digo, no suelen vocearse los enfados, los disgustos, el placer o los amores. Todo ocurre en algún sitio recogido, en el entorno discreto de las visitas vespertinas.
Pero nadie debería confundirse: este silencio circunspecto se rompe alborozado con motivo de fiestas, carnavales o piñatas y las calles se llenan de risas y disfraces, con la prisa de ser, por un día, otro distinto en otro sitio, o hacer, por un rato, lo que siempre se quiso y no cabía en el pequeño recinto amurallado, para volver al día siguiente al silencio soleado del jardín, las murallas o el Palacio.
Y ninguna ocasión, sin duda alguna, pareció más propicia para afirmar lo que no puede decirse con palabras que la fecha del segundo milenario desde que aquellos romanos decidieron levantar esta ciudad, cerca de los montes que los esclavos excavaban día y noche en busca del oro y de la muerte.
Y todo se hizo tal y como corresponde a la ocasión. Y artesanos, carpinteros, soldadores recibieron encargos para esto y para aquello. Y hubo Circo Romano y Carreras de Cuadrigas y bailes en las plazas y el Casino y foto familiar de todos los vecinos y alegría y vino y risas.
Pero volvieron después los días del Sol y del silencio y ya nadie parecía acordarse de las fiestas. Y por eso, tal vez, resultaba difícil comprender por qué Ricardo, el soldador, con la factura en la mano, sin cobrar desde hacía cinco meses, había roto el silencio de aquella plaza heroica y nacional para gritar, realmente enfadado, al parecer:
- ¡Para el próximo Milenario me van a pillar a mí por los cojones!.
____________________________________________________________
Publicado en FRANCISCO FLECHA, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006








0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada