domingo, 25 de mayo de 2008

El catedrático

.



boomp3.com

El viejo catedrático don Simón Vázquez Torices había puesto tanto empeño en el estudio de la epigrafía funeraria de la Mesopotamia Oriental como en mantener esa especie de estética austera y disciplinada que él conocía como "vestir el cargo" y que consistía, básicamente, en vestir siempre de oscuro (gris marengo, negro o azul con raya diplomática, como suprema concesión), en hablar en voz baja y pausada, en no permitirse mayor despilfarro que la copita de pacharán en la tertulia de los martes, ni mayor expresión de alborozo (en casos realmente excepcionales) que una media sonrisa disimulada entre el bigote.

Personalmente, sólo le ví reír abiertamente al recordar aquella anécdota en que su padre parecía augurar el futuro del muchacho como en una profecía.

El padre de don Simón regentaba, heredada de su padre, la Ferretería "La Cocina", un establecimiento tradicional que formaba ya parte del paisaje de la Plaza Mayor con el mismo derecho e igual empaque que los soportales o el balcón del Consistorio, un lugar de trajines los días del mercado y de pausadas tertulias, al cerrar cada tarde, con pan, vino, queso y sobaos, en la trastienda.

Una de aquellas tardes, se quejaba don Manuel, el director del Instituto Masculino, dedicado al Padre Isla, de que su hijo Enrique, el menor de los cuatro, parecía rechazar rabiosamente los estudios.

- "Pues ya ve usted, Vázquez, negado y vago como es, tendré que procurarle un empleo de tendero aquí, en su casa".

-"Qué me va a decir usted a mí, don Manuel, si lo mismo me pasa a mí con mi Simón, que también se niega a los estudios y tendré que dedicarlo, como usted, a catedrático".

.

jueves, 22 de mayo de 2008

La revolución

.



Recojo aquí, para acompañar a la viñeta de Favelis, un artículo que tuvieron a bien publicarme en EL PAÍS en la lejana fecha del 28.03.1987


No me lo podía creer. Miraba una y otra vez el desmesurado anuncio de tal acontecimiento, que me golpeaba a página completa, en negativo, desde la Prensa de León. No era posible. Quizá fuese una broma, un ardid publicitario. Pequeñas cosas provincianas para cuando no ocurre nada. Pero no. También aparecía en EL PAÍS. A doble página, en negativo, para mayor impacto. No quedaba lugar para la duda: ha estallado la revolución.Y no es que me molestase tal noticia. ¿Cómo habría de molestarme si durante tantos años había sido la palabra y el sueño, más o menos inconcreto, que me había visto crecer a lo largo de los múltiples mayos, abriles y octubres con los que poblaba mi memoria? Sin embargo (no puedo negarlo), el anuncio me produjo una inexplicable congoja. Como el reencuentro con un viejo amor adolescente al que habías prometido eterna fidelidad.

Como las vírgenes necias sorprendidas por la llegada del esposo. La revolución ha estallado cuando parecía tan lejana, cuando ya nadie la esperaba, cuando parecía haber quedado reducida al lenguaje nostálgico de los jóvenes carrozas que utilizan los recuerdos como arma arrojadiza, como tabla de naufragio de una juventud que, como siempre, se ha pasado muy deprisa.

Pues bien, como quiera que sea, si esto es así, si ha llegado la hora, sólo nos queda una cosa: salir a la calle ("a la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo..."). Por eso, esta mañana me puse un clavel en la solapa y recorrí las calles dispuesto a saludar emocionado al cartero, al policía, al lechero, cumpliendo también un viejo rito. Pero todo estaba igual. Nada parecía haber cambiado. O al menos nadie parecía haberse enterado. Fue inútil preguntar. Nadie sabía de qué estaba hablando.

Sólo después de mucho caminar descubrí en una enorme valla publicitaria que la revolución era un nuevo modelo de coche. Me avergüenza decirlo, pero sentí un ligero alivio. Al fin, todo sigue igual. Y, después de todo, siempre hay un motivo para la alegría desde hoy, ya es primavera en El Corte Inglés.

.

sábado, 17 de mayo de 2008

Los niños de la guerra

.






LOS NIÑOS DE LA GUERRA DIBUJAN EL HORROR Y LA ESPERANZA

Texto para la presentación, en la Universidad de León, de la exposición de los dibujos de los niños recogidos en las colonias republicanas durante la Guerra Civil (1936-1939)


Hablar de la guerra en tiempos de paz y de bonanza podría parecer, incluso, indecoroso. Como hablar de la miseria en tiempos de lujo y bienestar.

Todo discurso parece hueco, hipócrita, ineficaz cuando decimos recordar para no olvidar, recordar para reafirmar la voluntad del “nunca más”.

Pues algo me dice que esta especie de recuerdo racional no impide que la barbarie vuelva por sus fueros. Cuando la guerra se explica y se comprende como una cuestión de enfrentamiento entre bloques o posiciones ideológicas igualmente responsables, defensora cada parte de territorios, intereses o ideales absolutamente irrenunciables, el recuerdo sólo sirve, en mi opinión, pera reafirmarse en los principios y creencias y prepararse interiormente para una nueva contienda a sangre y fuego, como una nueva demostración de heroico patriotismo.

Que ya lo advirtió el poeta, en su momento:

“A la tormenta
Jamás le ha seguido
La calma,
Sino otra tormenta
Más o menos
Lejana”.

El fin de siglo (tras lo que cabría esperar después del espanto de las dos guerras mundiales) ha sido testigo de las guerra fratricidas más rabiosas, desenterrando antiguas, primitivas rencillas entre etnias que parecían esconder viejos odios, mientras compartían el mismo territorio.

La guerra, vista desde esta perspectiva, parece una cuestión terapéutica (traumática, como una operación quirúrgica) pero más o menos necesaria, como una exigencia (incluso moral) de resistencia activa ante la injusticia, la opresión o, simplemente, la presencia intolerable de “esos otros, tan distintos que no podemos soportar su existencia entre nosotros..

Y sólo adquiere su rostro descarnado, de auténtica locura, de terror innecesario y gratuito, de maldito y desbocado caballo apocalíptico, de crimen masivo, de desgracia colectiva cuando es vista desde la mirada impotente, resignada, dolorida de las víctimas.

Y (que nadie se engañe) todos en la guerra son víctimas, salvo, tal vez, los que hacen de ello su negocio.

Y, sobre todo, los niños. No creo que haya mayor representación del espanto de la guerra que los millones de niños asesinados, deportados, mutilados, solos, absolutamente solos, abandonados al frío, al hambre, al sueño, a la metralla y las sirenas.

Y solos. Mirando, sobrecogidos de miedo, el espectáculo feroz, el carrusel vertiginoso de la muerte.

Fijaos, si no, en estas imágenes de niños cazados como alondras por las bombas de aviones bombarderos. Niños dormidos como trapos, esperando un tren a alguna parte. O en camino, en mitad de ningún sitio, con la manta al hombro, como hombres.



Pues bien, en la guerra, la que ocurrió por estas tierras (que me resisto a decir que fue “la nuestra”), la que recuerdan con espanto los abuelos, más de 200.000 niños fueron evacuados, arrancados del fuego y de los tiros, para evitarles la muerte y la vergüenza.

Y, en las colonias, quizás por conjurar el espanto y los fantasmas, dibujaron.

Y nos dejaron la visión estremecida del conflicto con los ojos más puros, con la mirada más limpia, con el miedo todavía apretándoles las tripas, aunque (también es verdad) con el recuerdo de los días tranquilos del pasado, con la sensación de aseada protección de las colonias y la esparanza de la vuelta a los días soleados del campo y las cosechas tras la guerra.

En la exposición que hoy se presenta sobre los dibujos de los niños de las Colonias Republicanas durante la Guerra Civil, procedentes de la Biblioteca Avery de la Universidad de Columbia, que nos ha llegado de la mano de Anthony Geist, profesor de la Universidad de Washington en Seattle y miembro de la Asociación de Veteranos de la Brigada Lincoln, los dibujos se presentan estructurados en cinco bloques:

• Memoria de la pérdida
• La guerra
• La evacuación
• La vida en las colonias
• La vida después de la guerra.


1.Memoria de la pérdida.




Son dibujos de cielos limpios, con pájaros y nubes, de escenas campesinas, de gentes trabajando, de huertos, de animales y de flores. De ciudades transparentes, con niños que juegan en las plazas, de casas con tiestos en las ventanas, de tabernas y de cines.

2.La guerra.



Aquí es donde vuelan, como vencejos, los fantasmas. Aquel campo con huertos, con nubes o con pájaros es ahora el paisaje desolado de aquellos labradores de Milet, que nos miraban desde los calendarios de la infancia, pero ahora transformado en la tragedia de un campesino muerto en medio de un enorme charco de sangre, como una llamarada. Sangre roja, mucha sangre.

Y aviones. Y aviones. Y aviones. Que ya no hay ni un solo pájaro. Sólo aviones descargando sus bombas. Y ambulancias. Y trincheras. Y aviones entre llamas y niños escapando. Y colas de gente buscando la comida. Y ambulancias, Y aviones disparando.



3.La evacuación.




Escenas de trenes, de niños, de maletas. Y aviones. Y trenes. Y túneles (como cosa freudiana de entrar en un mundo de sombras y de nada, en un agujero, como ratas) Y coches. Y autobuses y barcos atestados de gentes. Y niños diminutos (como aplastados contra el suelo en total desesperanza).



4.Las colonias.





Aquí el paisaje es más amable y vuelven los juegos, el teatro y las flores en el campo. La higiene cotidiana y la vida familiar de niños haciendo compañía a “una niña que está enferma”.

5.Y, por fin, la vida después de la guerra.




Y vuelve (así lo sueñan, lo desean) la vida a los campos y el sol y las gallinas y el trabajo. Y la bandera tricolor republicana en la barraca y, al fin, como el supremo deseo, el reencuentro tras la larga pesadilla.



En fin, ya os lo he dicho.

El verdadero rostro de la guerra. Sin miramiento. Sin disfraces, como sólo es capaz de presentarlo el que ha visto al viejo monstruo mirándole a la cara sin entender por qué aquí, por qué ahora, por qué a mí y qué sentido tiene tanto miedo, tanta ruina, tanta muerte gratuita.


.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Educando a Tarzán (13)

.



boomp3.com


Quién lo iba a decir. La selva, es bien sabido, siempre había sido un lugar deliciosamente animal y bien estructurado, sometido únicamente a la ley inexorable, original e indiscutible del instinto primitivo.

Los papeles estaban perfectamente diseñados y no cabían discusiones: el león se comía tranquilamente a las gacelas sin ningún remordimiento, la mantis religiosa se zampaba al compañero de jolgorio, después del refocile, del modo en que los humanos, después de consumado el ejercicio, se fuman un cigarro.

Y así sucesivamente. Los ejemplos podrían ser infinitos.

Pero después vinieron misioneros y políticos y la cosa se fue amariconando. Y se hizo popular la odiosa frase "todas las opiniones son igualmente rfespetables".

Cuando Chita escuchaba la sentencia se le subía la sangre a la cabeza y advertía a Tarzán, para que no cayera, también él, en el engaño:

-"Mira, Tarzán, hijo: lo que debe respetarse es el derecho a opinar, pero jamás por igual el resultado. Hay opiniones, como esa que defiende la sentencia, que resultan ingenuas o mal intencionadas".

.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El Nuevo Mundo

.



boomp3.com

Resulta que en la misma Plaza de la Gran Pirámide de esta moderna y populosa ciudad de Neo Tikal, según cuentan, se han descubierto esta mañana, al restaurar un canal, los restos arqueológicos de una basílica de la época premaya, posiblemente de los tiempos del Rom`´anico Cristiano, dedicada a un tal San Isidoro, sacerdote principal de aquella antigua religión de los viejos pobladores.

Poco más puede saberse de la vida, costumbres, creencias y organización sociopolítica de las ciudades primitivas de este nuevo continente, descubierto y colonizado por los Mayas hace 500 años (el día 12 del mes décimo del año de 2492 de la fundación de Abaj Takalik).

Cuesta trabajo imaginar cómo sería, de no haber occurido el feliz descubrimiento, la vida en esta ciudad (antigua Legione, en homenaje a una supuesta Legio VII de guerreros primitivos que construyeron por la fuerza y con la sangre un imperio militar extendido por casi todo el continente) cuya suerte cambió radicalmente con el impulso providencial y civilizador de aquellos heroicos Mayas que atravesaron los mares con peligro para dedicar al divino Hunab Kú nuevas tierras y riquezas y liberar a este continente (llamado antiguamente Europa) de su incultura y su barbarie.

.

domingo, 4 de mayo de 2008

La venganza de San Bernardino


.
boomp3.com

Fue el único que no quiso intervenir. Lo dijo claramente en los portales de la plaza cuando entonces y lo repitió todavía hoy cuando los hombres que aún pueblan Las Barreras de la Nava decidieron en concejo emparedar al santo, tapada la cabeza con un saco de nitrato.

- ¡No seas burro, Graciliano, no seas burro, que con las cosas del cielo no se juega.

Pero todo fue inútil . Ni entonces ni ahora parecieron hacerle ningún caso.

Lo cierto es que en todos los pueblos de La Nava, según decían los más viejos por haberlo oído a sus abuelos, jamás había habido otras fiestas que las de San Bernardino, por cuando encaña el centeno, y las del Cristo, por cuando empiezan las vendimias.

La de San Bernardino era la fiesta de los campos. Venían, a veces, los danzantes de Laguna y se armaba una larga procesión: iban los niños y niñas de Primera Comunión, embobados con el baile de los palos de aquellos danzantes vestidos con enaguas de mujer mientras el guirrio daba saltos y rebrincos como un potro sin domar; después venían las mujeres y los hombres y los curas de todos los pueblos de La Nava convocados, tal vez, por la añoranza del tresillo, del Anís y del arroz.

Pasadas las últimas tapias de los huertos, si lo mirabas desde lejos, parecía el santo flotar como un barco, por encima de los campos del centeno.

Acompasaban la marcha el sonido mezclado de las ranas, el tamboril, las campanas y el contrapunto de una larga letanía:

- Sancta Maria
- Ora pro nobis.


Era, en fin, un festivo paseo por los campos en épocas de verdor y de promesas.

Parecía como si el santo, complacido, multiplicara la mies y las cosechas.

Pero todo cambió, de pronto, hace ahora siete años, cuando vino a La Nava, como cura, Don Genaro, que movido, tal vez, por el recuerdo de sus años en los pueblos del Torío, se empeñó en convencer a todos cuantos quisieron escucharle de que no había en todo el coro de los cielos ningún santo más bonancible y milagrero que San Blas.

Se celebró aquel año por vez primera en estos pueblos la fiesta de San Blas con misa cantada y con sermón enardecido de un fraile capuchino, primo del mismo Don Genaro, que tocaba el armonium los domingos en la iglesia que tiene la orden en El Pardo.


Siguieron a la fiesta los días y las noches transparentes y frías de febrero, las claras mañanas de marzo, las tardes crecientes de abril, los primeros brotes y las lilas de mayo.

Todo fue normal como siempre lo había sido, hasta la misma mañana del Señor San Bernardino: la helada había abrasado todos los manzanos de los huertos.

Aquel año ni los danzantes causaron sensación. El pueblo entero miraba pensativo los manzanos.

Desde entonces, año tras año, puntualmente, les fue tocando el turno de la helada al cebollino, a los nogales, a las viñas y ciruelos.

Y fue este año, antes de anoche, por más señas, cuando los hombres, reunidos en los portales de la plaza, decidieron darle al santo un escarmiento. Graciliano, el paramés, lo dijo a boca llena, como si fuera una amenaza:

-¡Este año, que no salga ni Dios con el santo en procesión!.

Sólo él, Nicasio, el aguadillas, al que nunca le habían gustado ni amenazas ni follones, se atrevió a replicar, como advirtiendo:

-¡No seas burro, Graciliano, no seas burro, que con las cosas del cielo no se juega!

Aquel mismo día amaneció encapotado pero, al menos, la helada no se había presentado. Como si el santo hubiera entendido la advertencia. Había que seguir con la protesta. Que no se diga que en el pueblo no hay reaños.

Salió de la iglesia, a su hora, Don Genaro con el paso templado de quien abre un cortejo interminable. Y detrás, nadie. Ni niños, ni mujeres, ni hombres, ni danzantes. Sólo Nicasio, pujando a puro brazo, como un saco, las cuatro arrobas de santo.

Era un silencio tenso, ensimismado, que sólo rompía. con los rezos, Don Genaro:

- A fame, peste et bello
- Liberanos. Domine.


Cruzaron la Calleja La Peral y entraron solemnes en la plaza:


- A subitanea et improvisa morte
- Liberanos, Domine


Y al pasar por delante de la cantina de Atilano, donde estaban los hombres atisbando, como si fuera la señal, la cabeza del santo giró, en redondo, chirriando dentro del tronco de cerezo que cubrían su ropón de capuchino.

Se abrieron, de pronto, las compuertas de los cielos y cayó sobre La Nava todo el pedrisco almacenado desde Adán, seguramente, arrasando de golpe el cebollino, los manzanos, los nogales, las viñas, los ciruelos y los pollos y gallinas que encontró por los corrales.


Esta tarde, al sol puesto, los hombres decidieron en concejo emparedar al Santo en las tapias de atrás del cementerio tapada la cabeza con un saco de nitrato.


Nicasio, mientras tanto, recuenta en voz baja en la cocina el poco cebollino que aún le queda para venderlo, Dios mediante, mañana, en la Plaza del Mercado.

.