sábado, 29 de marzo de 2008

El largo viaje de la siesta.

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Siempre tuvo la confusa sensación de que los libros eran esa puerta mágica por la que entramos voluntariamente en los mundos que queremos y soñamos, pero también es verdad que, a pesar de su fama de fabulador empedernido, en el fondo de sí mismo, sabía, como todos, que aquello era sólo una forma de hablar, una especie de metáfora.

Por eso, ahora mismo, no sabe cómo interpretar lo sucedido.

Se quedó dormido con el libro abierto sobre el pecho y a la sombra de la higuera en el corral y recorrió los paisajes lejanos de los cuentos: voló a Nunca Jamás con Peter Pan, recorrió las calles tortuosas de Bagdag, bajó por oscuros pasadizos hasta el lago luminoso en el centro de la Tierra y volvió, de nuevo, al territorio casero y familiar, después de todo aquello, como quien despierta de una siesta placentera.

Sólo que, al meter la mano en el bolsillo y encontrarlo repleto de migas de pan, supo que, gracias a aquel viejo recurso, había conseguido, una vez más, regresar de nuevo, sano y salvo, a la calma silenciosa del corral.

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miércoles, 19 de marzo de 2008

Educando a Tarzán (12).

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Los cambios de estación producían en Tarzán, año tras año, un efecto realmente devastador: al menos, los primeros quince días, iba arrastrando por cada rincón de la selva una feroz melancolía.

Buscando cobijo frente las lluvias tropicales o el calor pegajoso de las horas del bochorno, se explayaba contando, a cualquier bicho que le hiciera compañía, la terrible sensación de soledad que le producía el verse tan distinto y tan poco preparado para la lucha, la caza o las rutinas cotidianas.

Chita presenciaba aquellos desahogos con cierta incomodidad y desaprobación en la mirada y, después, ya solos, en las horas frescas del crepúsculo, amonestaba al pupilo:

-Tarzán, hijo: no cuentes las penas a los amigos. ¡Que los distraiga su santa madre!

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domingo, 16 de marzo de 2008

La recta escritura de Dios.

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No podía creerlo. Tendría que haber alguna explicación racional. Tal vez fuera una extraña ofrenda de alguna mujer de la parroquia. Algo normal, seguramente.

Don Braulio se repetía todo esto mientras contemplaba ensimismado la pila del agua bendita, llena de leche hasta los bordes, reflejando en su blancura la llama temblorosa de las velas.

Parecía que todo estaba cambiando de repente y a más velocidad de la que él necesitaba para poder comprender todos estos prodigios o señales que se venían repitiendo desde hacía algunos días.

Las sorpresas parecían hacerse habituales en este momento del último recorrido por la iglesia después del rosario de las ocho.

Don Braulio disfrutaba especialmente estos últimos momentos del día: el silencio espeso y resonante de la iglesia, el sonido apagado de los coches que llegaba de la calle, las sombras temblorosas y alargadas de las velas y el deleite anticipado de las sopas y los huevos con chorizo que, seguramente, el ama le tendría, como siempre, preparado. Placeres pequeños y sencillos que compensaban, para él, tantos años de frío y de silencio.

Pero algo había venido a turbar, desde hacía tres semanas, la dulzura de este último momento del recuento. Al principio fue ese extraño olor a rosas y a perfume que parecía salir del altar de la derecha donde habían colocado la nueva imagen de María Magdalena; después, aquellos goterones rojos como sangre que caían de las velas y, desde hacía quince días, este misterio de la leche que llenaba la pila, cada tarde, hasta los bordes.

Por no se sabe qué extraña coincidencia, todos aquellos prodigios o señales habían comenzado el mismo día en el que la nueva cofradía de mujeres "Las Hermanas de María Magdalena y de las Santas Mujeres" decidieron en capítulo patrocinar la antigua capilla de San Roque y poner en el retablo la nueva imagen de María Magdalena estrenada el Viernes Santo en una procesión que recorrió el Casco Viejo.

Era aquella una cofradía recién fundada y, sin embargo, no podría decirse que no hubiera sufrido sobresaltos.

Fue primero la pertinaz oposición de las cofradías históricas, que se negaban a admitir la presencia de "paponas" en las procesiones. Para eso estaban las Manolas. El conflicto se superó después de serias negociaciones, con procesiones distintas, algunos desplantes y no pocas picardías.

Pero la cosa llegó a su punto culminante cuando la nueva cofradía expuso el paso de María Magdalena que había mandado tallar a un escultor del barrio de El Ejido, director, por otra parte, de la Escuela Municipal de Artes Plásticas, instalada en los locales que ocupaba "la Gota de Leche" en el Consistorio Viejo de la plaza.

El primero que dio la voz de alarma fue un seise, mercero de profesión, al que todos llamaban "La Dolores" no se sabe si en reconocimiento a su devoción por la Virgen Dolorosa o con motivo de alguna otra rara inclinación tan fácil de imaginar como difícil de probar.

Hasta el periódico local se hizo eco de la supuesta magnificencia de los pechos de la imagen de la santa.

Crecieron de tal modo los rumores, las visitas, los chistes y las risas que el Obispado se vio obligado a intervenir nombrando Censor y Delegado Episcopal a Don Etelvino Fernández Tejerina, natural de Portilla de la Reina, Bachiller en Teología por el Seminario Conciliar de San Froilán, cincuenta años al servicio de la Diócesis, último dómine de la preceptoría de Vidanes y actual capellán del Cementerio Municipal.

Don Etelvino estuvo a solas un rato en la carpa que guardaba y exponía la imagen de la santa y evacuó el siguiente informe:

"Etelvino Fernández Tejerina, Presbítero, natural de Portilla de la Reina, Bachiller en Sagrada Teología por el Seminario Conciliar de San Froilán, Censor y Delegado Episcopal, en cumplimiento del encargo recibido de elevar censura sobre el supuesto carácter irreverente que, a tenor de las denuncias recibidas, parece desprenderse del tamaño y turgencia de los pechos de la imagen de María Magdalena, mandada tallar, a sus costas, por la Cofradía de "Las Hermanas de María Magdalena y de las Santas Mujeres"

Manifiesta

que realizada por él mismo la oportuna inspección "de visu" de la imagen en cuestión y comparada su complexión y sus hechuras con los cánones que rigen la escultura religiosa y la decencia que aconsejan las normas de moral y de piedad en asunto de imágenes de culto, con la limitación que le impone el Sagrado Celibato en lo tocante a la anatomía femenina y a sus justas proporciones, no encuentra grave error de proporción o desmesura y, por tanto, considera que no existe mayor inconveniente en que la tal imagen pueda ser venerada en procesión, siempre que se cuide en no exagerar sus atributos.

Tal es el dictamen que, a la luz de su razón y su conciencia, el abajo firmante somete al superior juicio. conocimiento y experiencia, en extremos semejantes, de Vuestra Excelencia Reverendísima, cuya vida Dios guarde muchos años para gloria de la Iglesia, provecho de esta Diócesis y salvación de las almas"

Aquello, el juicio del obispo publicado en el periódico y la oportuna diligencia de que la procesión saliese por la noche, recorriendo las calles en penumbra del barrio medieval hicieron que, poco a poco, fueran cesando los rumores.

Terminadas las fiestas de la Pascua, la imagen quedó instalada en la antigua capilla de San Roque de la Iglesia del Mercado, regentada por Don Braulio.

Comenzaron al poco los prodigios y se fue corriendo la noticia de que la santa era milagrosa en cuestiones de males de mujeres. Fueron aumentando, día tras día, en el altar, las velas, las flores y las ofrendas de flanes y cuajadas. Y se llenaba cada día el cepillo de limosnas.

Se perdió la calma y el sosiego, pero, en cambio, por fin, aquel año podrían quitarse las goteras.

Al cerrar la iglesia aquella noche, Don Braulio agradeció en silencio las natillas y la recta escritura del Señor, con renglones tan torcidos.



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miércoles, 12 de marzo de 2008

La Ribera del Órbigo.



(Texto de presentación del libro "la Ribera del Órbigo", publicado por el MUSAC con motivo de la celebración del VII Centenario del Mercado de los Jueves en Benavides)




Que sepas, viajero, que cualquiera que haya sido el camino e intención que te ha traído hasta estas tierras, te encuentras en un lugar noble, abierto y generoso, que se ha ido forjando a golpes de trabajo, de ilusión y sufrimiento de gentes pegadas a lo suyo y abiertas a los gozos y tristezas del vecino, como son los pueblos que, desde antiguo, se han sentido a sí mismos como miembros de un espacio que a todos les abriga como un manto: la Ribera. Verás que no miento si repasas los nombres de los pueblos. Para que veas, una muestra: Villaviciosa de la Ribera, Carrizo de la Ribera, Alcoba de la Ribera.
Y es que, como en Macondo, cuando el mundo era tan nuevo que muchas cosas aún no tenían nombre, ya existía el río, el Órbigo, que ha dado nombre a tantos pueblos a los que, al pasar, ha ido lamiendo, como la hembra recién parida de un animal gigantesco y primitivo lame con cuidado a sus cachorros, a los que ha dejado como herencia y orgullo de la casta su nombre como apellido: Palazuelo, Benavides, Hospital, Veguellina de Órbigo, por supuesto.
Que sepas, viajero que este río no viene destilado poco a poco de los altos neveros de los montes, sino que nació ya hombre y de la unión de dos ríos que habían ya completado su camino a través de otros valles y montañas: el Luna y el Omaña.
Nació, por tanto, de la unión de dos ríos remansados y en plena madurez, preparado ya desde el principio para el trajín del labrantío, para el remanso en las choperas, para el baño jubiloso en el verano, para las presas molineras, para el riego ordenado de toda esta cosecha campesina de alubias, de patatas, remolacha o cereales o del aroma inconfundible de la menta, el lúpulo o el tabaco.
Y así fue configurando este universo de pueblos y de aldeas, de tapiales y ladrillos, de puentes y conventos, de espadañas altivas, de molinos, de presas cerrajeras que componen (¿por qué habría de negarlo?) también el universo en que se encierra lo que soy y lo que he sido: en uno de estos pueblos de ribera, en Palazuelo, acuno mis recuerdos más tempranos y descansan sus fatigas los muertos de mi sangre. Por eso, si uno tiene que ser de alguna parte, amigo caminante, de aquí soy, de la orilla de este río.
Y como el horizonte personal es siempre más corto que el largo camino de los ríos, este mío comienza, con el río, en Santiago del Molinillo, reconoce las choperas de Villarroquel, Villaviciosa, Cimanes del Tejar y San Román de los Caballeros; se detiene (como el coche de línea de Florencio) en Carrizo, capital de este universo con Santa Marina, Benavides, Hospital y Veguellina, pueblo de conventón y de comercios y de uno de los puentes que abrazan la cintura del gran río; se alegra en Villanueva de Carrizo de la aventura empresarial del oro verde, que sembró esta ribera de enormes emparrados, generadores de sombra y de jornales en los años de mi infancia; celebra en Alcoba de la Ribera la existencia ya casi milenaria de la Presa Cerrajera y las leyendas de moros y de retos de mozo enamorado que acompañan desde entonces este primer proyecto de regadío tierras arriba de Córdoba la sultana.
Y después, Benavides, el pueblo del mercado. Lo sabía desde niño. Los jueves, mercado en Benavides. No sé si comprendes lo que esto significa, viajero. A veces íbamos con padre o el abuelo y, a veces también, si había suerte y era en tiempo, nos compraban avellanas. Si no, ya teníamos bastante con asistir al jaleo inusual, a los trajines, a las idas y venidas de paisanos de todos estos pueblos que se reencontraban satisfechos en el rito semanal del trueque y trato y que viene celebrándose, cada jueves, como dije, desde hace setecientos años. ¡Que ya son años!
Y después, Hospital, con su puente. Con el puente. Orgullo de caballero que defiende el honor de su propia Dulcinea para honra de su nombre y pasmo de cuantos, todavía hoy, acuden a Compostela.
Y Veguellina, con aires y hechuras de ciudad, con su propia azucarera y ese estirarse, como queriendo saludar al tren que la recorre silbando hacia Galicia.
Y el río sigue, viajero, pero ya te dije: el universo personal es siempre más estrecho. Siempre creímos que de Veguellina para allá empezaba otro universo, el universo de la vega, quizá tan importante como el nuestro, pero, si uno escribe la historia desde la entraña, hay un momento ení el que las tierras de más allá se convierten en pura geografía. Así, al menos, me pasa.
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Espero que perdones, viajero. Pero lo que he querido decir con todo esto es que un río es siempre mucho más que un río. Aunque sea el río de mi pueblo. Viene de lejos, lamiendo, cuidando las cosechas, dando nombre a los lugares y a los pueblos como queriendo formar una propia parentela, una herencia y un proyecto común de encuentro e intercambio que transcienda los límites que veo desde el propio campanario, que nos ayude a encontrar, juntos, un camino de progreso para, al menos, el próximo milenio.
O, al menos, así lo espero. O lo deseo.
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domingo, 9 de marzo de 2008

Problemas con el censo en Pobladura.

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Lo cierto es que Celina ( o sea, Araceli Fernández Lorenzana, natural de San Justo de Celama, nacida el 17 de Febrero de 1939) llevaba viviendo en Pobladura desde que murió su marido, Antonino, el molinero de San Justo, que dejó este mundo llevándose a la tumba tres cosechas, al menos, de vino tinto y aguardiente.

Cuando aquello ocurrio y quedó viuda, Celina vendió el molino y se vino a cuidar de Don Dalmacio, que era cura de este pueblo desde joven y primo segundo de Antonino.

Desde entonces hasta ahora, había sido una vecina más, igual que el resto.

Por eso resultó tan extraño lo ocurrido esta mañana.

Se acercó a votar después de misa, no para que ganaran "los suyos" (que, en realidad, no tenía "suyos") sino para que no volvieran los de entonces a quemar las iglesias y conventos pillando a Don Dalmacio dentro.

Entregó su carnet y el sobre con su voto al Presidente Don Macario, maestro titular de Pobladura, pero resultó que no podía votar porque no estaba en el censo.

- Pero ¿el sr. cura no te ha empadronado?
- Bueno, al principio sí me empadronaba, pero hace años que lo ha ido dejando, arrepentido.

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miércoles, 5 de marzo de 2008

El Piripiri.

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Anochecía lentamente cada tarde, como si el cielo se negase a dejar a oscuras la inmensa, empobrecida y silenciosa ciudad de Maputo.

Cuando la noche cubría definitivamente como un manto la desesperanza cotidiana y, a lo lejos, sólo se veía en las laderas alguna luz temblorosa y todo lo demás era noche, noche cerrada (que no ví, por más que lo intenté, aquello de "la noche africana, sensual y pagana") se encendían las luces del Piripiri.

El Piripiri era un bar de aire colonial donde se reunían cada noche a cenar y tomar unas cervezas aquellos que podían permitírselo: cooperantes, consultores, viajantes de firmas comerciales y turistas de Sudáfrica. Con sus amplias cristaleras y su terraza iluminada parecía un barco recorriendo lentamente la calle principal.

Y, como si fuera el buque de un crucero, los clientes miraban a la calle por ver pasar el espectáculo incesante de niños vendiendo pulseras y colgantes, batuques, batiks y casitas de madera, capulanas, cajitas de palosanto y "palos de acompañar". Y los niños miraban con asombro el espectáculo, más inquietante todavía, de blancos bebiendo, fumando y comiendo con desgana, como si fuera un acto rutinario y cotidiano.

Y, en este escenario, casi teatral y un poco alucinado, cayó una noche del agosto, cuando allí parecía querer apuntar ya la primavera, un solitario consultor de la UNESCO, para orientar sobre posibilidades, métodos y contenidos de una posible "Educación Moral y Cívica" (o lo que aquí quiere llamarse, hoy en día, "Educación para la Ciudadanía").

Después de un plato de "galinha al piripiri" y tres cervezas, sintió necesidad de visitar el excusado y, del modo en que los extranjeros se dirigen a la gente de países más pobres, o sea, casi a voces y hablando en castellano, le preguntó al camarero, un hombre negro, grandón y seguro de sí mismo, como el que sabe que, después de cien años, ha conquistado, por fin, la independencia:

-¿El servicio?.

El camarero hizo ademán de no comprender ni una palabra.

El consultor, en un esfuerzo, hizo ademán de cogerse la minga con la mano y el sonido del chorrito en un siseo.

El camarero, con toda dignidad, como ofendido, contestó con cierto tono de desprecio:

-Eso, aquí, los hombres grandes lo hacen solos.

Y así quedó la cosa. Que nadie quiso investigar qué había entendido el camarero.


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