jueves, 29 de noviembre de 2007

Educando a Tarzán (6)

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LOS ESCRÚPULOS DEL CONVERSO.

Desde que habían llegado los Misioneros Combonianos a la selva y se habían tomado con un fervor y una perseverancia envidiables la árdua tarea de convertir a la verdadera fe a Tarzán, cosa que, al parecer, y con la gracia de Dios, ya casi habían logrado, el pequeño mono pelón se veía atacado con frecuencia por repentinos escrúpulos de conciencia y, aunque últimamente parecía haber olvidado las enseñanzas y consejos de su vieja maestra, la mona Chita, le preguntó esta tarde mientras buscaban fresas salvajes:

-Dime, Chita, para tí ¿qué es mayor pecado: la ignorancia o la indiferencia?.

Y Chita, displicente, como despreciando toda esta nueva morralla moralista, contestó, mientras seguía en la rebusca:

- Mira, Tarzán: ni lo sé ni me importa.


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martes, 27 de noviembre de 2007

En la boca del lobo




Ya lo sé. Las cosas son como son y no voy a decir ahora lo contrario: el malo de la historia fue y seguirá siendo siempre el lobo feroz. Suya es toda la culpa y él es el único responsable de todas sus acciones.

Ahora bien, dicho esto, Caperucita fue, al menos, una imprudente: imprudente por meterse en el bosque que, como todo el mundo sabe, es el lugar natural de peligros y perdición; imprudente, por andar dando confianzas a desconocidos (ya ves que ahora se aconseja dejar el menor número posible de pistas personales en los chats, que hay mucho lobo por ahí suelto); imprudente por echar carreritas con el lobo. Ya te digo: una imprudente.

Pero, vamos, el colmo fue meterse con él en la cama: Ya me diréis si eso no fue lo que se dice "meterse en la boca del lobo".


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sábado, 24 de noviembre de 2007

Gato por liebre


El gato con botas se conformó, al principio, con el puesto de Administrador General del Marqués de Carabás. Pero, con el tiempo, comenzó a decir que si no se le tenía suficientemente en cuenta; que si aquella casa iba como iba porque nadie le hacía el más mínimo caso; que desde que la princesa había tomado las riendas, esto parecía un molino sin corneta; que si no se le consideraba en lo que valía; que ya se estaba cansando y que sólo pedía que no le obligaran a hablar, porque si él hablara...

Con todo aquello, al marqués no le quedó otra salida. Tuvo que hacerlo: mandó que se lo presentaran para la cena bien asado al coñac, con puré de manzanas y castañas.

Su suegro, el rey, que era gran aficionado a los platos de caza y que se preciaba de que a él, en la mesa, nadie le daba gato por liebre, al final de la cena mandó felicitar a la cocinera por su exquisita receta de liebre a la cazadora.


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miércoles, 21 de noviembre de 2007

Seguramente, un sueño.

Con permiso de Favelis.


Ya sé que, después de Calderón, cualquier recurso al sueño en la cosa ésta del narrar es considerado como un artificio pueril e inapropiado.

Pero ¿qué le voy a hacer si es verdad que lo soñé?. Pues sí, puedo jurar que la otra noche soñé que la calle estaba llena de trajes y zapatos caminando sin que nadie los vistiera. Pasaba a mi lado, casi rozándome, una gabardina con bufanda de la que sobresalía, por abajo, un pantalón de cheviot y unos zapatos casi nuevos y que hacía señales de saludo, con la manga, a otro bulto de ropa que pasaba y que no era nada más que unos zapatos de tacón con medias negras, una falda tableada de Burberrys y un sueter color beige que caminaban con prisa, llevando a su costado un chandal azul y rojo con zapatillas deportivas y que arrastraba un carrito con mochila incorporada.

Yo mismo, no era más que un traje gris marengo con chaleco, una camisa azul con rayas blancas y los zapatos negros con cordones que estrené para la boda.

Y por esta lógica inexplicable de los sueños, me pareció que había llegado, por fin, la ocasión que siempre había estado esperando desde niño de convertirme en invisible. Me quedé como Dios me trajo al mundo y, efectivamente, sólo quedó de mí un montón de ropa arrebujado, allí en el suelo.

Era, por fin, el dueño absoluto de mi cuerpo. Corrí, grité, salté, dí vueltas por el suelo con el alegre frenesí de estar estrenando un mundo nuevo.

Pero enseguida todo aquello explotó como una burbuja de jabón. No es que fuera invisible. Es que no no había nadie que mirara. Aquel mundo de ropa, de trajes, de vestidos era un mundo sin miradas.

Y entonces me dí cuenta: no puedes ser invisible si no hay nadie que mire el vacío en que te encuentras rodeado por las cosas. Si todo es vacío, resulta que no eres invisible. No eres nadie.

Desperté con la angustia de quien quiere reencontrarse después de una agobiante pesadilla, pero encontré que mi cama y mi pijama estaban ocupados por otro cuerpo que no era el mío y al que yo no conocía.

domingo, 18 de noviembre de 2007

El mar de la caracola

Cuando se tienen trece años sueña uno con mundos lejanos, con tórridas e inconcretas aventuras sin más argumento que el Sol, una playa silenciosa, tal vez, y la mano de ella rozando la nuestra como sin casi darse cuenta.
Así era también en este caso. Hace de ello ya tanto tiempo que apenas lo recuerda. Tan sólo queda la nostalgia de aquellas tardes tardes de otoño en la galería de la casa del abuelo, cuando escapaba del mundo circundante entrando, como por una puerta mágica, en el mundo salino y misterioso que encerraba la caracola que había traído la abuela, como recuerdo, de un verano de soltera, hace ya tiempo, en Santander.
Allí estaba encerrado en el prodigio de la concha todo el mar con el flujo sempiterno de las olas y, si escuchabas con esmero, también un graznido lejano de gaviotas y el cantar melodioso de una niña ¿tal vez una sirena?.
Se enamoró de aquel mar, de las gaviotas, de aquella muchacha que cantaba canciones tan dulces y tan tiernas como esa feroz melancolía que le subía en el pecho, hasta el ahogo, algunas tardes de domingo.
Se juraba entonces que, de grande, viviría para siempre en un pueblo junto al mar.
Toda una vida ha pasado desde aquello. Por razones ocultas del destino, como dando cumplimiento al antiguo juramento, vive hoy, aferrado como un superviviente a los recuerdos, en este pueblo pesquero junto al mar.
Como una barca varada en la playa del Poniente, de las cosas y personas queridas de otros tiempos, sólo conserva, como único resto del naufragio, la vieja caracola del abuelo.
En las tardes de lluvia y de morriña le gusta, como entonces, escuchar la caracola que le trae (ya ves, ahora) los sonidos de la casa de la infancia: sonidos de campos de trigo y palomares, el nervioso piar de los vencejos, la campana de la iglesia y aquellos boleros con los que la abuela parecía querer recordar viejos sueños de amor, imaginados al escuchar en la caracola, cuando joven, la lejana y seductora canción de un marinero

jueves, 15 de noviembre de 2007

Educando a Tarzán (5)




NUEVAS TECNOLOGÍAS APLICADAS A LA EDUCACIÓN

La época de las lluvias estaba resultando este año más larga de lo habitual. Chita conseguía soportar la monotonía de aquellas tardes lluviosas, encerrada en el refugio, hojeando los libritos del "Selecciones del Reader Digest" que Jane conservaba para no perder del todo el recuerdo de tiempos anteriores.

Se detuvo distraída en aquel reportaje que anunciaba la aparición de una nueva máquina de enseñanza que, al parecer, se estaba experimentando con éxito en una High School de Minesota y que, con toda seguridad, iba a resultar imprescindible en cualquier centro educativo del futuro.

Dio un manotazo para espantarse los mosquitos que, en estas tardes de lluvia resultaban especialmente molestos y dijo, mirando a Tarzán con gesto melancólico:

- No te dejes engañar, Tarzán, hijo: ahora y siempre, el único material didáctico imprescindible para dar clase es la cabeza. Aunque, hombre, también es verdad que siempre puede ayudar el tener algo que decir.

Y es que las tardes de lluvia la ponían especialmente filosófica.

martes, 13 de noviembre de 2007

Libertad de...

Con permiso de Favelis y por sostener con él esta pancarta en favor de la libertad de expresión, vaya aquí lo que yo pienso:

"La lucha por la libertad de expresión comienza, según creo, pidiendo que me dejen decir lo que pienso y creo.

Se fortalece cuando no provoca grandes crisis el que yo pueda hacer broma de lo que otros creen.

Llega a la madurez cuando soy capaz de reírme de lo que creo.

Pero sólo se convierte en heroísmo cuando consiento y acepto que otros se rían de mis creencias"


Mundo Jurásico



Los dinosaurios pidieron permiso a Noé para abandonar el arca en mitad de la tormenta. No les importó que se les avisara de que, de hacerlo, deberían olvidar cualquier posibilidad de seguir vivos cuando llegara la calma.

Todo fue inútil. Les resultaba insufrible todo aquello. No era el hacinamiento, ni el olor asqueroso de los tigres y mofetas, ni la monótona dieta de la alfalfa.

Lo que no estaban dispuestos a aguantar, ni un minuto más, es que todo el mundo les tratara como quien pretende hacerse entender por auténticas antiguallas de una época antediluviana.



viernes, 9 de noviembre de 2007

El mercadillo de San Froilán

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Todo comenzó, un año más, la víspera de San Froilán. Desde hacía cuatro años se había venido imponiendo la moda del mercado medieval en las calles y plazas que rodean la Colegiata.

Una atracción agradable, con sus puestos de hierbas, de perfumes, de juguetes de madera y hojalata, echadoras de cartas, buhoneros, escribanos que te ponen tu nombre en letras árabes, pastelillos de almendras y piñones, malabares, zampoñeros y una recua de borricos para que los niños recorran el mercado.

Ya te digo: una atracción agradable por lo que tiene de novedoso y pasajero.

Al menos, eso es a lo que estábamos acostumbrados.

Pero este año no fue así. Y así os lo cuento.

Lo cierto es que las cosas fueron pasando poco a poco y apenas sin notarlo: desapareció primero "El Fornos" (el bar que hacía sólo unos meses que habían reabierto, restaurado), después fueron los semáforos, el asfalto de las calles, las aceras, las farolas, los coches, los anuncios de neón, el edificio de la Audiencia, el convento de las Siervas, el instituto de la plaza, el Colegio Leonés...

Sólo quedaron algunas casas bajitas, con huertos y con carros a la puerta, siguiendo un trazado irregular en este recinto cerrado de murallas y gentes, andando o a caballo, vestidos con jubones y con calzas, disfrutando de esta mañana soleada del otoño de este año del Señor de 1200 y contemplando, divertidos, el curioso espectáculo de este efímero "Mercado del Futuro" en el que algunos de nosotros, vestidos con disfraces de camisetas y vaqueros, ofrecemos a la venta juguetes de los chinos, novedades del "Top Manta", polos falsos de Lacoste y bolsos (casí auténticos) de Carolina Herrera.

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jueves, 8 de noviembre de 2007

El patito feo

Con permiso de Favelis. (Texto enviado como comentario en la entrada de su blog)

Los maestros Andresen y Favelis han demostrado tener un corazón de mazapán. Yo, que a veces, me pongo radical, lo hubiera contado mucho más a lo burro:

-¿Tu no eras el patito feo?
-¿Y tú me lo preguntas, que no hace ni siquiera quince días eras un asqueroso gusano, verde y peludo?

Y, tal vez, una moraleja: Si te apuntas a un partido, procura que sea el ganador y sentirás una redical transformación (no del mundo o de las cosas, sino en tu apariencia personal).
Maestro Favelis, un saludo muy respetuoso, como siempre.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

El Especialista

Supe que había llegado al final, que no había ninguna solución a los males que me aquejaban cuando el médico al que había acudido me aconsejó que pidiera consulta con el superespecialista mundial en cosas como la mía: el Dr. Belinchón.

Aquello que, en cualquier otra ocasión, hubiera sido una puerta a la esperanza, me llegó como un mazazo, como una especie de condena inapelable: el Dr. Belinchón era yo.

martes, 6 de noviembre de 2007

División del trabajo


Donaciano estaba realmente orgulloso de haber sacado adelante a sus cinco hijos con el sueldo (escaso, todo hay que decirlo) de peón caminero dependiente de la Diputación Provincial y con la encomienda de mantener límpias cunetas y alcantarillas entre Villamandos y Villaquejida.

Cuando alguien le preguntaba por el asunto, respondía orgulloso y satisfecho que los dos chicos mayores estaban en Barcelona y los otros dos, trabajando en las obras en León.

-¿Y la chica?
- No. A la chica la gastamos en casa.

Y es que así va la división del trabajo en este reino milenario.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Educando a Tarzán (4)

Con permiso de Favelis.

LA CLASE DE HISTORIA.
La clase de Historia estaba resultando realmente pesada.

Tal vez fuera el calor bochornoso de aquel mediodía que ni siquiera se aliviaba a la sombra de los grandes árboles en el claro del Gran Lago, donde siempre parecía correr una brisilla indulgente.

O quizás no fuera el calor, sino la impaciencia y el aburrimiento que siempre acompaña a los últimos días de la escuela, antes de las largas vacaciones de la época de las lluvias.

O, simplemente, la monotonía de la lectura de aquel pasaje de la Rendición de Granada.

Por eso, en mitad de la modorra, resultaba especialmente impactante la explosión de rabia repentina de Chita, al leer el comentario de la madre de Boabdil, ante las lágrimas del Rey moro, su hijo, a la entrega de las llaves ("llora como mujer lo que no supiste defender como un hombre").

-"¡Mundo de perros! Convéncete, Tarzán: las mujeres, a veces, se portan como asquerosos machistas.