Nadie supo romper aquel silencio torvo y denso, enmarañado de rencores centenarios, conocidos por todos aunque nadie hubiera dicho nunca nada.
Nadie quiso empañar el dulce sabor de la venganza de aquel minuto interminable que compensaba, de golpe, veinte años de desdenes.
Sólo el obispo, sólo él parecía, al mismo tiempo, ajeno y necesario, en aquel cuadro intemporal de miserias orgullosas.
Y lo cierto es que todo ocurrió en un instante imprevisible, como llegan las tormentas a los pueblos de La Nava.
Desde hacía treinta años no se había visto por el pueblo ningún cura forastero, si se quitaba el fraile capuchino que vino una vez por la fiesta de San Blas y el hijo de Evaristo, que estuvo un verano de hace tiempo a curarse de unas fiebres que había cogido con los indios. Pero aquello, como es lógico, no tenía nada que ver. Aunque alguien había dicho que al hijo de Evaristo, en el convento, le llamaban Fray Pedro de la Nava , en el pueblo seguía siendo Doro el de Evaristo o, si me obligan, Doro "El Calentín", como habían llamado a su abuelo, a su padre y sus hermanos.
Pero un obispo, lo que se dice un obispo, nadie había oído que hubiera pasado ninguno jamás por la comarca.
Don Raimundo había anunciado su visita en la misa del domingo. Era lo único nuevo y sorprendente que había dicho en quince años. Por eso, tal vez, tardaron un momento en comprenderlo, distraídos, como siempre, en un sermón de milagros y reproches.
Parecía que el obispo quería hacer un recorrido por los pueblos de La Nava: Quintanilla y San Adrián, por la mañana; Pobladura y Las Barreras, por la tarde. Por eso, les pedía que estuvieran reunidos el jueves, a las cinco, en los portales de la iglesia.
Y el jueves, a las cinco, fueron llegando, silenciosos como tordos, los nueve vecinos que aún poblaban, por entonces, Las Barreras de La Nava.
Fueron llegando poco a poco. Ocuparon su puesto en el poyo de la entrada y esperaron, resignados, sin pasión y sin temor, como se espera el verano o las desgracias.
Y llegó el obispo al fin, como llega el verano, tarde y seco, sin mirar a los ojos, repartiendo bendiciones, pretendiendo derretir, con su presencia, las últimas heladas del invierno.
Y dijo no se qué de la paz en las aldeas, del trabajo, las cosechas y la pureza del aire y las costumbres.
Pero nada parecía suficiente para romper el silencio de los fieles.
Y fue entonces cuando dijo, inconsciente, aquello que, sin duda, se habrá reprochado, desde entonces, tantas veces:
-"Siendo ustedes tan pocos, se querrán como una auténtica familia"
Fue aquella la primera señal de la tormenta, el primer trueno que estremece las majadas en las tardes de septiembre.
Y después ya todo fue imparable, imprevisible como el odio y el granizo.
-"Dígaselo a este, que ha movido los mojones de las tierras"
-"¿Y tú?, que te has quedado con la herencia de tu hermana..."
Se levantó el vendaval de los rencores, la sorda acusación de las injurias, el turbio manantial de las envidias, la venganza primitiva del insulto, el desprecio y el silencio.
Creció y creció la espiral, como crecen al deshielo, las aguas desbordadas de la presa hasta que sonó, como un bálsamo, la voz de Atilano, el cantinero:
- ¡"Callaros, hostia, que está aquí el Señor Obispo"
Y estalló, como dije, el estruendoso silencio de un minuto interminable y cuando el coche del obispo se perdió entre el polvo tras la vuelta del camino de la ermita, quise ver una sonrisa en algún rostro impenetrable.
_____________________________________________________________________________________________
Publicado en FRANCISCO FLECHA, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006.
Pequeñas historias de un reino que dicen que existió por estos valles cuando los osos cazaban a los reyes en justa represalia a sus ballestas y que, tras largos y gloriosos años de rencillas cazurras entre hermanos, cuchilladas certeras entre abades y fieros mordiscos silenciosos y canallas se ha ido acurrucando entre aquello que queda de dos rios y donde sueña enfebrecido, todavía, agitando la bandera, algún caudillo.
jueves, 28 de junio de 2007
domingo, 24 de junio de 2007
EDUCANDO A TARZÁN (2)
Eran las cuatro de la tarde de un domingo de Junio aquí en la Jungla.
La lluvia torrencial de la mañana había dado paso a una tarde fresquita y soleada y a una brisa limpia y traspasada de olores y sonidos como de un mundo recién estrenado.
Chita, indolente, leía reclinada en las raíces casi humanas de aquella secuoya milenaria junto al lago.
De pronto, como el que tiene la impresión del "dejà vu", de estar leyendo de nuevo algo visto en algún sueño del pasado, cerró el libro suspirando:
-Tarzán, hijo, no te dejes engañar por la apariencia: aunque dos libros te parezcan exactamente iguales, a veces, inexplicablemente, en uno de ellos cambia el nombre del autor
La lluvia torrencial de la mañana había dado paso a una tarde fresquita y soleada y a una brisa limpia y traspasada de olores y sonidos como de un mundo recién estrenado.
Chita, indolente, leía reclinada en las raíces casi humanas de aquella secuoya milenaria junto al lago.
De pronto, como el que tiene la impresión del "dejà vu", de estar leyendo de nuevo algo visto en algún sueño del pasado, cerró el libro suspirando:
-Tarzán, hijo, no te dejes engañar por la apariencia: aunque dos libros te parezcan exactamente iguales, a veces, inexplicablemente, en uno de ellos cambia el nombre del autor
viernes, 22 de junio de 2007
DUDA TEOLOGICA
Silverio Berzosa, obispo de Mondoñedo, murió como un santo, una fría mañana de marzo.
Como perfecto gallego, había repartido su vida y su corazón entre una fe a toda prueba y unas dudas que le hacían preguntarse constantemente sobre cualquiera de aquellas afirmaciones por las que habría dado la vida sin pensarlo.
Por eso, al llegar ese día a la Gloria Celestial, se negó a entrar hasta que San Pablo le contestase a una cuestión fundamental:
-Oígame, señor San Pablo. Y digo yo: ¿Los Corintios? ¿Contestárosle o qué?
Como perfecto gallego, había repartido su vida y su corazón entre una fe a toda prueba y unas dudas que le hacían preguntarse constantemente sobre cualquiera de aquellas afirmaciones por las que habría dado la vida sin pensarlo.
Por eso, al llegar ese día a la Gloria Celestial, se negó a entrar hasta que San Pablo le contestase a una cuestión fundamental:
-Oígame, señor San Pablo. Y digo yo: ¿Los Corintios? ¿Contestárosle o qué?
martes, 19 de junio de 2007
DE CARMELITAS Y TERMITAS
Se encorvó, como era su costumbre, sobre la barra del bar, dando vueltas al café, como si quisiera que se deshiciera en él el chorro de noticias del periódico que le servía de compañía en este primer momento del día.
Ciertamente, noticias parecidas habían ido apareciendo desde hacía varios meses.
Que si las monjas se iban de Grajal (pueblón de Tierra de Campos, tierra de trigos, palomares, vencejos y algún grajo, suponemos), perseguidas por termitas, a las tierras más amables de Toledo.
Se llevaron sus cosas, sus enseres y sus santos y las llaves de la iglesia donde quedaba encerrado el mismísimo San Antonio, como en zulo.
Como en todo secuestro, surgieron mediadores, conversaciones secretas, promesas incumplidas y pulsos empatados.
Todo ello quedaba reflejado en la noticia:
“Las Carmelitas se fueron de la localidad hace algunos meses huyendo de una supuesta plaga de termitas y con varias piezas del patrimonio local más las llaves de la iglesia donde se exhibían y donde descansa la talla de San Antonio.
A pesar de los esfuerzos del pueblo de Grajal de Campos por sosegar los ánimos de los vecinos y llegar a algún acuerdo con la controvertida comunidad de Carmelitas Descalzas, las religiosas parecen impasibles e indiferentes ante las peticiones de los graliarenses y se mantienen firmes en su postura de no ceder ante nada".
Nicanor, encorvado como era su costumbre sobre la barra del bar, imaginó a las monjas atrincheradas en un escenario neutro de sábanas sin fondo donde sólo sobresalían tres pasamontañas por debajo de la toca y una enorme pancarta ideológica:
“Con termitas o sin termitas, nadie se ríe de las Madres Carmelitas”
Y después, como respondiendo a una guerra declarada, los paisanos del pueblón, no queriendo renunciar a que el santo bendijera los campos y las mieses, por si acaso, armaron, como siempre, la procesión solemne con el santo por los campos. Nada faltó, ni los danzantes, ni los niños de Primera Comunión, ni los cofrades de la Hermandad de San Antonio el de La Antigua.
Sólo el santo,
Daba pena ver a los cofrades pujando a hombros la liviana carga de una foto, sustituyendo la talla de peral, presa sin remedio en el zulo de la iglesia.
Y detrás, en lugar de los pendones, pancartas con leyendas alusivas:
“Grajal no se calla, devuelvan las tallas”,
“Madres Carmelitas, en Grajal no hay termitas”,
“Grajal os grita: en las tallas ¿no hay termitas?"
Y terminados los rezos y los largos cuchicheos, el vino con pan y queso, repartido, como era la costumbre, en la era a la sombra del castillo, tenía el gusto antiguo y fiero de mil años de venganza y de coraje campesino.
Terminada la lectura, Nicanor, encorvado como siempre, como todo comentario , sólo dijo:
-¡Manda huevos!
Ciertamente, noticias parecidas habían ido apareciendo desde hacía varios meses.
Que si las monjas se iban de Grajal (pueblón de Tierra de Campos, tierra de trigos, palomares, vencejos y algún grajo, suponemos), perseguidas por termitas, a las tierras más amables de Toledo.
Se llevaron sus cosas, sus enseres y sus santos y las llaves de la iglesia donde quedaba encerrado el mismísimo San Antonio, como en zulo.
Como en todo secuestro, surgieron mediadores, conversaciones secretas, promesas incumplidas y pulsos empatados.
Todo ello quedaba reflejado en la noticia:
“Las Carmelitas se fueron de la localidad hace algunos meses huyendo de una supuesta plaga de termitas y con varias piezas del patrimonio local más las llaves de la iglesia donde se exhibían y donde descansa la talla de San Antonio.
A pesar de los esfuerzos del pueblo de Grajal de Campos por sosegar los ánimos de los vecinos y llegar a algún acuerdo con la controvertida comunidad de Carmelitas Descalzas, las religiosas parecen impasibles e indiferentes ante las peticiones de los graliarenses y se mantienen firmes en su postura de no ceder ante nada".
Nicanor, encorvado como era su costumbre sobre la barra del bar, imaginó a las monjas atrincheradas en un escenario neutro de sábanas sin fondo donde sólo sobresalían tres pasamontañas por debajo de la toca y una enorme pancarta ideológica:
“Con termitas o sin termitas, nadie se ríe de las Madres Carmelitas”
Y después, como respondiendo a una guerra declarada, los paisanos del pueblón, no queriendo renunciar a que el santo bendijera los campos y las mieses, por si acaso, armaron, como siempre, la procesión solemne con el santo por los campos. Nada faltó, ni los danzantes, ni los niños de Primera Comunión, ni los cofrades de la Hermandad de San Antonio el de La Antigua.
Sólo el santo,
Daba pena ver a los cofrades pujando a hombros la liviana carga de una foto, sustituyendo la talla de peral, presa sin remedio en el zulo de la iglesia.
Y detrás, en lugar de los pendones, pancartas con leyendas alusivas:
“Grajal no se calla, devuelvan las tallas”,
“Madres Carmelitas, en Grajal no hay termitas”,
“Grajal os grita: en las tallas ¿no hay termitas?"
Y terminados los rezos y los largos cuchicheos, el vino con pan y queso, repartido, como era la costumbre, en la era a la sombra del castillo, tenía el gusto antiguo y fiero de mil años de venganza y de coraje campesino.
Terminada la lectura, Nicanor, encorvado como siempre, como todo comentario , sólo dijo:
-¡Manda huevos!
sábado, 16 de junio de 2007
ANTONIO EL DE UTRERA O LA GRANDEZA DEL CANTE
-Déjalo ya, Damián, déjalo ya, que el maestro no te ve!
Pero él seguía allí, al borde del andén, levantando la mano y el clavel, en un gesto que recordaba de lejos el saludo de un mozo de estoques después de la tarde de gloria de un viejo torero, con los ojos nublados por las lágrimas, clavados en algún punto inconcreto de ese enorme boquete ardoroso y vibrante que deja el tren cuando se ha ido.
- Déjalo ya, Damián, déjalo ya!.
Pero ¿cómo romper el embrujo de aquella tarde de gloria? Nunca más podría olvidar el gesto, las palabras y hasta los silencios del maestro. Habían sido más de diez horas de cante y vino con Antonio el de Utrera. Casi nada. Y seguía vivo.
Y es que Damián, aunque nacido en Pobladura, había sentido desde niño, por no se sabe qué oscuras influencias, la suave y cruel mordida amorosa del flamenco.
Y aunque no deba decirlo, no lo hacía mal del todo. Dominaba dignamente algunos palos y, alguna tarde, cuando estaba entre amigos, había estado cerca de mirarle a los ojos al misterio y le salía de abajo ese cante valiente y desgarrado que te deja la boca temblona y fogosa, llagada por dentro, de puro sufrir.
Pero él lo sabía desde siempre. Nadie le podría engañar. Nunca estaría entre los grandes. El cante, como la leche, se mama a dentelladas. El cante es como la jara y las hierbas de Sierra Morena: no crecen por los cuetos de La Nava.
Y lo demás, poco o nada le ayudaba. Ni el nombre, más propio de fraile o de maestro, ni el trabajo y la rutina insoportable del mancebo de farmacia. ¡Cuántas noches, estando de guardia, había ensayado otros nombres y cantes! Pero algo tenían de raro ( "Gallito de la Nava", "El niño de la botica", "Farolito de Pobladura")
Por eso, cuando supo que Antonio el de Utrera venía a la ciudad a cantar para una peña, cambió el turno de tarde por tres guardias, se engomó el pelo a la gitana, se puso su traje color hueso, la camisa bordada y los botines marrones de las zambras.
No podía creerlo, pero allí estaba el maestro, tan cerca y tan enorme, concentrado y altivo, como el que sirve a una diosa misteriosa y esquiva, desgranando los cantes, reinventando las coplas, como un fogoso adolescente que habitara de pronto sus carnes cincuentonas y enjutas.
Y fue como si volviese a cruzar de pronto la estancia aquel aleteo que dicen de ángeles machos y heridos de muerte. Y al oírlo, lloró. Sin vergüenza, como lloran los hombres, sintiendo que aquel había sido el momento que siempre había estado esperando.
-"¡Qué grande es el cante, maestro!, ¡Si no cabe en el cuerpo!"
Y Antonio decía entre dientes:
-"Muy grande, chiquillo, muy grande. Tan grande que, a veces, da miedo
Lo decía el maestro distraído y distante, paladeando despacio aquel clarete de las Bodegas La Seca que, según dijo, mirando al trasluz ," este es un vino que templa los cantes".
Y después ya la gente cabal (Antonio, Damián y otros dos) se fueron mezclando el vino y las coplas en un viejo mesón de la Plaza las Tiendas.
Y, de pronto, ocurrió como ocurren las cosas. Apareció "la Alemana", sin saber muy bien cómo. El maestro la miró con mirar de torero, indagando la casta y la querencia y ella devolvió la mirada en un juego intencionado sin palabras. Se le abrió al cantaor la herida de donde dicen que manan los cantes legales y fueron saliendo, tiritando de rabia o de pena, las coplas de amor y de muerte.
-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande"
Pero el maestro, en pleno arrebato, ni siquiera le oía, entregado a la lidia amorosa, atacando con tiento las suertes del beso, dejando alumbrar en sus carnes la fiera ternura dormida de antiguo, llevando a la hembra a los medios, templando a su hora, citando de lejos, mandando. Y la tarde se puso de fiesta. Y hasta Damián, contagiado, reventó las entrañas del cante con un Martinete que cuajaba los pulsos.
Y entre el cante, el vino y los besos se hizo de noche y, esperando la llegada del tren, el maestro, en voz baja, apurando con ansia el momento, le pedía a la bella que viniera con él hacia el sur si quería ver , en silencio y bañada en jazmines y besos, como las diosas de antaño y las diez mil mocitas de Cádiz, la agonía salina del sol que se ahoga en un pasmo silencioso y redondo cada tarde en La Caleta.
Y Damián, cada vez más cargado de vino, de euforia o de pena, repetía temblón y confuso:
-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande es el cante!
Y el maestro, chasqueando los dedos y molesto, tal vez, de que no se respetara el silencio torero en aquellos momentos cruciales del rito, contestaba con una desgana infinita:
-"No me jodas, Damián, que en la vida hay más cosas que el cante!
Cuando el tren ya anunciaba su marcha, el maestro, al subir, en un último gesto torero, besó el clavel que llevaba al ojal y lo lanzó como un brindis a aquel amor imposible y eterno que duraba tan solo un instante. Damián lo tomó como el último don gratuito de un Dios viajero.
Mientras el tren taladraba la noche renqueando hacia el Sur, Damián, levantando la mano y la flor, repetía incansable:
-"Qué grande es el cante! ¡Si no cabe dentro!
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Publicado en FRANCISCO FLECHA, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006
Pero él seguía allí, al borde del andén, levantando la mano y el clavel, en un gesto que recordaba de lejos el saludo de un mozo de estoques después de la tarde de gloria de un viejo torero, con los ojos nublados por las lágrimas, clavados en algún punto inconcreto de ese enorme boquete ardoroso y vibrante que deja el tren cuando se ha ido.
- Déjalo ya, Damián, déjalo ya!.
Pero ¿cómo romper el embrujo de aquella tarde de gloria? Nunca más podría olvidar el gesto, las palabras y hasta los silencios del maestro. Habían sido más de diez horas de cante y vino con Antonio el de Utrera. Casi nada. Y seguía vivo.
Y es que Damián, aunque nacido en Pobladura, había sentido desde niño, por no se sabe qué oscuras influencias, la suave y cruel mordida amorosa del flamenco.
Y aunque no deba decirlo, no lo hacía mal del todo. Dominaba dignamente algunos palos y, alguna tarde, cuando estaba entre amigos, había estado cerca de mirarle a los ojos al misterio y le salía de abajo ese cante valiente y desgarrado que te deja la boca temblona y fogosa, llagada por dentro, de puro sufrir.
Pero él lo sabía desde siempre. Nadie le podría engañar. Nunca estaría entre los grandes. El cante, como la leche, se mama a dentelladas. El cante es como la jara y las hierbas de Sierra Morena: no crecen por los cuetos de La Nava.
Y lo demás, poco o nada le ayudaba. Ni el nombre, más propio de fraile o de maestro, ni el trabajo y la rutina insoportable del mancebo de farmacia. ¡Cuántas noches, estando de guardia, había ensayado otros nombres y cantes! Pero algo tenían de raro ( "Gallito de la Nava", "El niño de la botica", "Farolito de Pobladura")
Por eso, cuando supo que Antonio el de Utrera venía a la ciudad a cantar para una peña, cambió el turno de tarde por tres guardias, se engomó el pelo a la gitana, se puso su traje color hueso, la camisa bordada y los botines marrones de las zambras.
No podía creerlo, pero allí estaba el maestro, tan cerca y tan enorme, concentrado y altivo, como el que sirve a una diosa misteriosa y esquiva, desgranando los cantes, reinventando las coplas, como un fogoso adolescente que habitara de pronto sus carnes cincuentonas y enjutas.
Y fue como si volviese a cruzar de pronto la estancia aquel aleteo que dicen de ángeles machos y heridos de muerte. Y al oírlo, lloró. Sin vergüenza, como lloran los hombres, sintiendo que aquel había sido el momento que siempre había estado esperando.
-"¡Qué grande es el cante, maestro!, ¡Si no cabe en el cuerpo!"
Y Antonio decía entre dientes:
-"Muy grande, chiquillo, muy grande. Tan grande que, a veces, da miedo
Lo decía el maestro distraído y distante, paladeando despacio aquel clarete de las Bodegas La Seca que, según dijo, mirando al trasluz ," este es un vino que templa los cantes".
Y después ya la gente cabal (Antonio, Damián y otros dos) se fueron mezclando el vino y las coplas en un viejo mesón de la Plaza las Tiendas.
Y, de pronto, ocurrió como ocurren las cosas. Apareció "la Alemana", sin saber muy bien cómo. El maestro la miró con mirar de torero, indagando la casta y la querencia y ella devolvió la mirada en un juego intencionado sin palabras. Se le abrió al cantaor la herida de donde dicen que manan los cantes legales y fueron saliendo, tiritando de rabia o de pena, las coplas de amor y de muerte.
-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande"
Pero el maestro, en pleno arrebato, ni siquiera le oía, entregado a la lidia amorosa, atacando con tiento las suertes del beso, dejando alumbrar en sus carnes la fiera ternura dormida de antiguo, llevando a la hembra a los medios, templando a su hora, citando de lejos, mandando. Y la tarde se puso de fiesta. Y hasta Damián, contagiado, reventó las entrañas del cante con un Martinete que cuajaba los pulsos.
Y entre el cante, el vino y los besos se hizo de noche y, esperando la llegada del tren, el maestro, en voz baja, apurando con ansia el momento, le pedía a la bella que viniera con él hacia el sur si quería ver , en silencio y bañada en jazmines y besos, como las diosas de antaño y las diez mil mocitas de Cádiz, la agonía salina del sol que se ahoga en un pasmo silencioso y redondo cada tarde en La Caleta.
Y Damián, cada vez más cargado de vino, de euforia o de pena, repetía temblón y confuso:
-"¡Qué grande es el cante, maestro, qué grande es el cante!
Y el maestro, chasqueando los dedos y molesto, tal vez, de que no se respetara el silencio torero en aquellos momentos cruciales del rito, contestaba con una desgana infinita:
-"No me jodas, Damián, que en la vida hay más cosas que el cante!
Cuando el tren ya anunciaba su marcha, el maestro, al subir, en un último gesto torero, besó el clavel que llevaba al ojal y lo lanzó como un brindis a aquel amor imposible y eterno que duraba tan solo un instante. Damián lo tomó como el último don gratuito de un Dios viajero.
Mientras el tren taladraba la noche renqueando hacia el Sur, Damián, levantando la mano y la flor, repetía incansable:
-"Qué grande es el cante! ¡Si no cabe dentro!
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Publicado en FRANCISCO FLECHA, El Vuelo del Milano, León, Celarayn, 2006
miércoles, 13 de junio de 2007
EDUCANDO A TARZÁN (1)
Después de doce días de un llover torrencial sobre la jungla, salió el Sol y volvió el ajetreo de pájaros y monos.
Tarzán se enfrascó en una febril escalada de liana en liana como si fuera lo último que habría de hacer en esta vida.
Fue entonces cuando Chita, en su sufrido papel de entrenadora, dijo aquello que debería estar escrito en bronce a la puerta de ministerios y despachos:
-No trepes tan deprisa, hijo, que la arboleda es breve.
Tarzán se enfrascó en una febril escalada de liana en liana como si fuera lo último que habría de hacer en esta vida.
Fue entonces cuando Chita, en su sufrido papel de entrenadora, dijo aquello que debería estar escrito en bronce a la puerta de ministerios y despachos:
-No trepes tan deprisa, hijo, que la arboleda es breve.
martes, 12 de junio de 2007
ÉXODO
Decían que lo llevaban en la sangre.
Habían sido más de cinco mil años recorriendo países, bosques, poblados y praderas alrededor de este Mar Nuestro.
Por eso, cuando el patriarca gitano anunció a los suyos: "nos vamos lejos", la vieja gitana contestó:
-Lejos ¿de dónde?
Habían sido más de cinco mil años recorriendo países, bosques, poblados y praderas alrededor de este Mar Nuestro.
Por eso, cuando el patriarca gitano anunció a los suyos: "nos vamos lejos", la vieja gitana contestó:
-Lejos ¿de dónde?
miércoles, 6 de junio de 2007
BARRIO CHINO
Lo cierto es que Juan Antonio, natural de Zambroncinos y conductor de autobuses de "La Paramesa, SL", que hacía a diario la línea León-Valcabado, con domicilio en la calle Tres Mitras de la capital, casado con Celestina y padre feliz de tres hijos (dos niñas y un niño) y que los domingos y festivos, cuando libraba, solía completar sueldo y jornada con alguna excursión del Inserso a Portugal, El Escorial, Salamanca o Santiago, era, dicho sea con todo el respeto para él y sus deudos, un poco corto de luces y ligeramente gangoso, por añadidura.
Estas dos circunstancias, que tampoco es para tanto, le hacían el blanco de rechiflas y cuchufletas en los corrillos de conductores a la espera de la vuelta después de que la tropa de chavales hubiera ganado el jubileo y trotado por las rúas y los bares.
En una de éstas, contaba Juan Antonio su último viaje a Barcelona cuando, buscando un sitio para tomar un bocadillo, se encontró, de pronto, en pleno fragor del Barrio Chino
- Y ¿qué había, Juan Antonio?
- Putas, muchas putas.
- ¿Putas?, ¿Qué es eso, Juan Antonio. Pero, ¿qué es una puta?.
- Hombre, hombre, no me jodas ¿Qué va a ser? Pues una mujer como la tuya.
Y es que, como suele ocurrir, a veces, también él, soltaba verdades como puños.
Estas dos circunstancias, que tampoco es para tanto, le hacían el blanco de rechiflas y cuchufletas en los corrillos de conductores a la espera de la vuelta después de que la tropa de chavales hubiera ganado el jubileo y trotado por las rúas y los bares.
En una de éstas, contaba Juan Antonio su último viaje a Barcelona cuando, buscando un sitio para tomar un bocadillo, se encontró, de pronto, en pleno fragor del Barrio Chino
- Y ¿qué había, Juan Antonio?
- Putas, muchas putas.
- ¿Putas?, ¿Qué es eso, Juan Antonio. Pero, ¿qué es una puta?.
- Hombre, hombre, no me jodas ¿Qué va a ser? Pues una mujer como la tuya.
Y es que, como suele ocurrir, a veces, también él, soltaba verdades como puños.
lunes, 4 de junio de 2007
LA RUBIA DEL CINE MARY
Al otro lado del teléfono, su voz sonaba clara y urgente:
-"Que van a tirar el Cine Mary".
- "Voy ahora mismo".
Haría por lo menos quince años que no habíamos coincidido, como suele pasar en las ciudades pequeñas de este reino en que parece necesario, pasado cierto tiempo, renovar las amistades para no sentirse agobiado saludando a todo el mundo.
Eran las ocho de una mañana de agosto y sólo necesite estas breves palabras para tirarme de la cama.
Mientras me vestía, a toda prisa, volvieron a mi memoria todos aquellos recuerdos que parecía que hacía años que habían quedado definitivamente sepultados.
Las tardes de noviembre vividas en la penumbra luminosa de aquel cine, huyendo de las clases de Don Beta y soñando, siempre en vano, con rozar levemente la rodilla de alguna chica que acertase a sentarse a nuestro lado, mientras el vaquero infatigable emprendía aquel galope loco para fundirse, al llegar al horizonte, con el Sol y las montañas.
Todas eran ahora, en el recuerdo, tardes lluviosas de noviembre con un lejano regusto de chicle y de tristeza.
Los habituales de aquellas tardes de fuga éramos Ramón, Gustavo y yo.
Ramón y yo habíamos sido amigos desde niños. Gustavo se unió después. Sin recordar muy bien cómo ni por qué.
Íbamos juntos a todas partes. Compartíamos secretos inviolables de cosas intranscendentes que, sin embargo, jurábamos no contar a nadie.
Aunque, para ser exactos, esto ocurría entre Ramón y yo. Gustavo fue siempre un misterio. Siempre a nuestro lado, siempre próximo y distante. Si lo pienso ahora, despacio, debo reconocer que apenas sabíamos nada de su mundo. Zanjaba cualquier pregunta con palabras escuetas o con gestos, como si le diera pereza contestar.
Recuerdo aquel día en la Plaza del Ganado que se vió metido en medio de una trifulca monumental. Cuando le preguntamos: "¿Qué pasó, Gustavo, qué pasó?" contestó con desgana, como haciendo un esfuerzo sobrehumano:
- "Nada. Se pegaban".
Por eso nos llamó tanto la atención que aquel viernes nos asaltara en el recreo para decirnos que tenía que contarnos un secreto.
El día anterior, Ramón y yo habíamos ido a jugar a los billares y Gustavo dijo que prefería ir al Cine, que ponían "¿Quién mató a Liberty Wallace?".
Al principio apenas entendíamos qué es lo que estaba contándonos. Parecía que en el cine una rubia se había sentado en la fila de delante y, al quitarse el abrigo, le había mirado y sonreído, que apenas se enteró de la película, pendiente como estaba de la rubia, y que al final le puso en la mano la entrada, en la que había escrito por detrás:
"Te espero aquí, los jueves, a las cinco".
Miramos con envidia aquella entrada, maldiciendo no haber sido nosotros los destinatarios de aquel lacónico mensaje.
Pero algo parecía ensombrecer aquello que, a todas luces, era una suerte inesperada:
-"¿Estas bobo, Gustavo, o qué te pasa?"
Nos contó que había salido detrás de ella y que le pareció que entraba en el portal del callejón.
Al Cine Mary se entraba desde Ordoño a través de un callejón que formaba una antigua casona abandonada con huerto de chopos a la calle y unos huecos que habían sido cubiertos con trozos de hule simulando puertas y ventanas.
Por eso mismo le dijimos que todo aquello era imposible. Incluso aquella tarde exploramos con él la casa del callejón. Al fondo del portal había una escalera de madera y todas las puertas de los pisos estaban clavadas con tablones.
No nos quiso escuchar. Se encerró cada día más en su secreto y acudía a la cita puntualmente cada jueves.
Nunca más nos volvió a hablar de todo ello.
Cuando llegó el verano nos dijo misterioso:
- "A lo mejor tardamos en vernos. Me voy lejos.
No le dimos importancia. Desde hacía algún tiempo disfrutaba dejando caer esas frases misteriosas. Sabíamos que se iría, como todos los años, con su tía, a una fonda de Perlora.
Pero al curso siguiente no volvió y, sin atrevernos a comentarlo abiertamente, buscábamos la excusa para pasar por delante de la casa al volver del instituto, mirando desde la otra acera las ventanas de hule por si podíamos descubrir algún indicio que aclarara aquel misterio.
Por eso, al oír a Ramón a otro lado del teléfono anunciando con voz plana y urgente "que van a tirar el Cine Mary", me levanté con la conciencia de que, al fin, el misterio podría desvelarse.
Cuando llegué encontré a Ramón apostado donde siempre, siguiendo las maniobras de excavadoras y camiones.
-"Parece que van a empezar ahora por la casa".
Entre nubes de polvo vimos caer la escalera, las puertas de los pisos, los hules que ocultaban cascotes de ladrillos. Nada. Polvo y ruina. Y unas cajas de papeles entre los que Ramón quiso ver, por un instante, el cuaderno de griego de Gustavo.
-"No te esfuerces, Ramón, que no era nada; que, a veces, los ojos nos hacen ver lo que esperamos".
Nos despedimos con un confuso "te llamo un día de estos y comemos".
Han pasado otros diez años y, seguramente, lo habría ya olvidado si no fuera porque ayer, en un bingo que han puesto donde el cine, una rubia, al pasar junto a mi mesa, mirándome a los ojos, me dejó un cartón donde había escrito: "Te espero aquí, los jueves, a las cinco".
Publicado en FRANCISCO FLECHA, El vuelo del milano, León, Celarayn, 2006
-"Que van a tirar el Cine Mary".
- "Voy ahora mismo".
Haría por lo menos quince años que no habíamos coincidido, como suele pasar en las ciudades pequeñas de este reino en que parece necesario, pasado cierto tiempo, renovar las amistades para no sentirse agobiado saludando a todo el mundo.
Eran las ocho de una mañana de agosto y sólo necesite estas breves palabras para tirarme de la cama.
Mientras me vestía, a toda prisa, volvieron a mi memoria todos aquellos recuerdos que parecía que hacía años que habían quedado definitivamente sepultados.
Las tardes de noviembre vividas en la penumbra luminosa de aquel cine, huyendo de las clases de Don Beta y soñando, siempre en vano, con rozar levemente la rodilla de alguna chica que acertase a sentarse a nuestro lado, mientras el vaquero infatigable emprendía aquel galope loco para fundirse, al llegar al horizonte, con el Sol y las montañas.
Todas eran ahora, en el recuerdo, tardes lluviosas de noviembre con un lejano regusto de chicle y de tristeza.
Los habituales de aquellas tardes de fuga éramos Ramón, Gustavo y yo.
Ramón y yo habíamos sido amigos desde niños. Gustavo se unió después. Sin recordar muy bien cómo ni por qué.
Íbamos juntos a todas partes. Compartíamos secretos inviolables de cosas intranscendentes que, sin embargo, jurábamos no contar a nadie.
Aunque, para ser exactos, esto ocurría entre Ramón y yo. Gustavo fue siempre un misterio. Siempre a nuestro lado, siempre próximo y distante. Si lo pienso ahora, despacio, debo reconocer que apenas sabíamos nada de su mundo. Zanjaba cualquier pregunta con palabras escuetas o con gestos, como si le diera pereza contestar.
Recuerdo aquel día en la Plaza del Ganado que se vió metido en medio de una trifulca monumental. Cuando le preguntamos: "¿Qué pasó, Gustavo, qué pasó?" contestó con desgana, como haciendo un esfuerzo sobrehumano:
- "Nada. Se pegaban".
Por eso nos llamó tanto la atención que aquel viernes nos asaltara en el recreo para decirnos que tenía que contarnos un secreto.
El día anterior, Ramón y yo habíamos ido a jugar a los billares y Gustavo dijo que prefería ir al Cine, que ponían "¿Quién mató a Liberty Wallace?".
Al principio apenas entendíamos qué es lo que estaba contándonos. Parecía que en el cine una rubia se había sentado en la fila de delante y, al quitarse el abrigo, le había mirado y sonreído, que apenas se enteró de la película, pendiente como estaba de la rubia, y que al final le puso en la mano la entrada, en la que había escrito por detrás:
"Te espero aquí, los jueves, a las cinco".
Miramos con envidia aquella entrada, maldiciendo no haber sido nosotros los destinatarios de aquel lacónico mensaje.
Pero algo parecía ensombrecer aquello que, a todas luces, era una suerte inesperada:
-"¿Estas bobo, Gustavo, o qué te pasa?"
Nos contó que había salido detrás de ella y que le pareció que entraba en el portal del callejón.
Al Cine Mary se entraba desde Ordoño a través de un callejón que formaba una antigua casona abandonada con huerto de chopos a la calle y unos huecos que habían sido cubiertos con trozos de hule simulando puertas y ventanas.
Por eso mismo le dijimos que todo aquello era imposible. Incluso aquella tarde exploramos con él la casa del callejón. Al fondo del portal había una escalera de madera y todas las puertas de los pisos estaban clavadas con tablones.
No nos quiso escuchar. Se encerró cada día más en su secreto y acudía a la cita puntualmente cada jueves.
Nunca más nos volvió a hablar de todo ello.
Cuando llegó el verano nos dijo misterioso:
- "A lo mejor tardamos en vernos. Me voy lejos.
No le dimos importancia. Desde hacía algún tiempo disfrutaba dejando caer esas frases misteriosas. Sabíamos que se iría, como todos los años, con su tía, a una fonda de Perlora.
Pero al curso siguiente no volvió y, sin atrevernos a comentarlo abiertamente, buscábamos la excusa para pasar por delante de la casa al volver del instituto, mirando desde la otra acera las ventanas de hule por si podíamos descubrir algún indicio que aclarara aquel misterio.
Por eso, al oír a Ramón a otro lado del teléfono anunciando con voz plana y urgente "que van a tirar el Cine Mary", me levanté con la conciencia de que, al fin, el misterio podría desvelarse.
Cuando llegué encontré a Ramón apostado donde siempre, siguiendo las maniobras de excavadoras y camiones.
-"Parece que van a empezar ahora por la casa".
Entre nubes de polvo vimos caer la escalera, las puertas de los pisos, los hules que ocultaban cascotes de ladrillos. Nada. Polvo y ruina. Y unas cajas de papeles entre los que Ramón quiso ver, por un instante, el cuaderno de griego de Gustavo.
-"No te esfuerces, Ramón, que no era nada; que, a veces, los ojos nos hacen ver lo que esperamos".
Nos despedimos con un confuso "te llamo un día de estos y comemos".
Han pasado otros diez años y, seguramente, lo habría ya olvidado si no fuera porque ayer, en un bingo que han puesto donde el cine, una rubia, al pasar junto a mi mesa, mirándome a los ojos, me dejó un cartón donde había escrito: "Te espero aquí, los jueves, a las cinco".
Publicado en FRANCISCO FLECHA, El vuelo del milano, León, Celarayn, 2006
sábado, 2 de junio de 2007
LA CASONA DE SIERRA PAMBLEY

En este viejo León de mil rincones nunca podrá pasar inadvertido el enorme caserón de Don Paco que mira como de reojo la vieja catedral y que encierra entre sus muros tanta historia y tantos sueños.
Dicen que el cabildo mandó construir esta casa entre monacal y solariega, con sus salas de tarima antigua, su patio recogido y su puerta carretera, sobre los derruidos muros de un convento que, a su vez, sustituyó a otro edificio clerical dedicado, hace mil años, a la advocación de San Andrés.
Dicen que alguna vez dió posada y descanso a una reina de España y que conoció el tumulto justiciero y popular en los oscuros días del rey Fernando.
Pero, ante todo, esta es y será siempre la casa de D. Francisco Fernández-Blanco y Sierra-Pambley, recibida en herencia de su tío D. Segundo que había decorado inútilmente algunas salas con los lujos importados de la Francia para que sirvieran de marco a un amor imposible y no correspondido con su sobrina Victorina.
Esta es y será siempre la casa madre de esa Fundación que cuatro ilustres amigos soñaron aquella noche del primero de noviembre de 1886 en la cocina solariega de Don Paco, en Villablino. Ellos eran D. Paco Sierra, D. Manuel Bartolomé Cossio, D. Francisco Giner y D. Gumersindo de Azcárate.
Con la generosidad de Don Paco y el afán casi misional de aquellos patriarcas de la Institución Libre de Enseñanza fueron naciendo las escuelas de Villablino, Hospital, Villameca, León o Moreruela.
En tal empresa colaboraron con su trabajo o su apoyo el arquitecto Cárdenas, D. Julio del Campo, D. José María Vicente, D. Publio Suárez o D. Nicóstrato Vela (el padre de otro Vela que pintaba labradores como apóstoles o viceversa, que, para el caso, tanto monta).
En la biblioteca de esta casa, D. Antonio G. de Lama reunía en torno suyo un glorioso plantel de narradores y poetas o atendía, en la penumbra intemporal de aquella sala, a alguna ama de casa que preguntaba, como él contaba tantas veces, si tenía esa novela tan romántica de "Romero y Juliana".
Aquí vienen hoy, recogiendo los sueños de Don Paco, a pelear con los libros, gentes hechas y derechas, curtidas por la vida y las batallas cotidianas.
Desde estas ventanas, como quiso el director del "Filandón", acechaba D. Santos el manjar, cada día mas escaso, de las grajas.
Por eso, si al pasar por aquí hoy, o alguna noche del invierno, veis una sombra asomada a la ventana o escucháis un susurro o un lamento, no levantéis la voz. Es mucha historia la que duerme dentro.
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Texto leído en un recorrido romántico por el viejo León, organizado por el Ayuntamiento, con motivo de las fiestas de San Juan.
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