Con permiso de Favelis.Cuando era joven
gritaba:
¡LIBERTAD!
De hombre luché
por la JUSTICIA.
Ahora os pido,
amigos,
ya lo veis
sólo LA PAZ
(Conseguida, eso sí,
con JUSTICIA
y LIBERTAD).
Vamos a ver si este año es posible.
.
Pequeñas historias de un reino que dicen que existió por estos valles cuando los osos cazaban a los reyes en justa represalia a sus ballestas y que, tras largos y gloriosos años de rencillas cazurras entre hermanos, cuchilladas certeras entre abades y fieros mordiscos silenciosos y canallas se ha ido acurrucando entre aquello que queda de dos rios y donde sueña enfebrecido, todavía, agitando la bandera, algún caudillo.



LA VIDA, MI AMOR, ES UNA ENFERMEDAD DEGENERATIVA
(Relato a partir de la historia real “Mi historia con la EM” de C. Garrido)
Fueron días de risas y promesas. Y ni que decir tiene que aquellos primeros trastornos nos pasaron casi inadvertidos: “Qué curioso, que me ha dado una cosa que apenas puedo coger el boli. No, bobo, no te preocupes que no es nada. Ya se pasa”.
Todo ha sido, desde entonces, un continuo disimulo: esos calambres repentinos como si me hubieran puesto un cabe enchufado en el cerebro por el que pasara la corriente hasta los dedos, el cansancio, ese cansancio que hace que me cueste un imperio el menor gesto y todas esas enormes proezas cotidianas que suponen el escribir, el hablar, el toser y hasta el tragar.
Escuchó todo aquel chaparrón besándome en silencio. Cuando, al fin, el llanto me impidió seguir hablando, me tomó la cara entre las manos y me dijo, como algo que hubiera madurado lentamente por su cuenta en este tiempo:

Mi hermana Betty y yo pasamos la infancia viendo languidecer a nuestra madre que, aún sin decirlo, esperaba día tras día, a su marido (y nuestro padre Gulliver, empeñado en enrolarse, vez tras vez, en aventuras marinas apenas comprensibles y de las que volvía contando historias increíbles, teniendo, como tenía, una familia y una profesión en estas tierras de Inglaterra que podrían habernos procurado a todos una vida acomodada de burgueses respetuosos de Dios y de las leyes. Que no es mucho desear, supongo yo.
Fueron, para madre, como digo, días y noches esperando a Gulliver. Años de penuria viendo crecer a los hijos y alejarse al mismo tiempo, con mucha pena y poca gloria, los años de la risueña juventud. Días y días con la vista fija en altamar imaginando que volvía.
Hasta que un día dijeron que un barco roto, totalmente desguazado (o lo que quedaba de ello) había encallado, como quien viene a morir en tierra firme, en la Playa del Poniente. Alguien dijo que en su costado se veía algún resto de su nombre: “Wooden Rose”.
Era el nombre del barco en que padre había emprendido su última aventura enloquecida.
Madre se acercó hasta la playa, temerosa y excitada, reprimiendo un sofoco repentino, controlando la emoción, mascullando los reproches que había repetido mil veces por las noches golpeando con el puño las almohadas.
No había nada en medio de aquella ruina ¿o tal vez si? Una pequeña cajita, como una casa de muñecas, con pequeñas ventanas con macetas diminutas y allá dentro, saludando con la mano, un ser igualmente diminuto que (seguramente era sólo una ilusión) asemejaba al Gulliver de entonces en tamaño sorprendentemente reducido.
Recogió la cajita, se la llevó a casa y alimenta, desde entonces, al hombrecillo con migajas de galleta. Y allí tiene la caja colgada en la ventana, aprovechando los rayos del Sol y la brisa saludable de estas mañanas fresquitas de mayo.
A nadie le ha contado su secreto. Ya ha tenido bastante en esta vida de burlas y de lástimas.
Y yo ¿qué quieren que les diga? Pues no me acostumbro a llamarle “papá” a esta especie de pájaro enjaulado al que antes apenas había visto


La casa de tía Encarna estaba en la misma Plaza de la Catedral, justo enfrente de la Fachada del Poniente, la que guarda todo el encanto de la dorada piedra de Boñar, refulgente de Sol, cuando el resto de la plaza comienza a dejarse apoderar por las sombras de la tarde. A esta hora subía cada tarde el primo Julián a la terraza para ver a las grajas emprender su viaje cotidiano a las choperas junto al río donde iban acomodándose para el sueño en medio de un gorjeo estruendoso e irritante.
Siempre envidió el planear de las grajas por encima de tejados y terrazas, deslizándose como empujadas por el viento sin apenas un solo batir de alas. Ensayaba el movimiento cada tarde en la terraza imitando sus graznidos.
Al principio pareció una simple diversión inocente de un niño fantasioso. Con el tiempo, la rareza de un adolescente un poco ensimismado. De joven se intensificó la manía con aquel andar a saltitos y el gusto por las semillas y las pipas que comía compulsivamente, como quien picotea el alpiste.
De hombre, después de haber suspendido cinco veces las oposiciones a Notarías, añadió a sus manías la de vestir enteramente de negro (mismamente como un grajo) y pasarse el día arriba en la terraza observando el ir y venir, el revoloteo incesante de los grajos.
Cuando aquella tarde de otoño la gente de la plaza le vio encaramado en el repecho de la terraza, no pudo reprimir el grito y el desconcierto que acompaña a la visión de un suicida a punto de lanzarse decidido a encontrarse con la muerte.


Cuando Ulises, “el errante”, volvió, Itaca ya no era como entonces. El camino hasta su casa ya ni siquiera conservaba las hileras de magnolios que le daban aquella sombra profunda y perfumada.
Nadie esperaba su llegada. La casa estaba cerrada, al parecer, desde hacía casi un año. Silbó llamando al perro y fue inútil: nadie vino a lamerle las sandalias. Preguntó a los vecinos y allí se enteró de todo, a bocajarro: que Penélope se había ido a vivir, una semana después de su partida, con un joven fornido y pelirrojo, campeón del tiro al blanco en la última Olimpiada y que había puesto una tienda de tejidos en la Plaza del Mercado.
Ya sé que habrán oído que la historia acabó de otra manera. No se fíen. A los griegos les gustaba el “happy end” incluso en las tragedias.