lunes, 31 de diciembre de 2007

Deseos

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Con permiso de Favelis.


Cuando era joven
gritaba:
¡LIBERTAD!

De hombre luché
por la JUSTICIA.

Ahora os pido,
amigos,
ya lo veis
sólo LA PAZ

(Conseguida, eso sí,
con JUSTICIA
y LIBERTAD).


Vamos a ver si este año es posible.


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sábado, 29 de diciembre de 2007

El comandante

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Con permiso de Favelis

Si vas a ver, en principio, era un simple gallego bajito y con la voz aflautada al que las penurias del tiempo y de la tierra le habían empujado a entrar en el ejército sin más aspiraciones que las de ir tirando y salir adelante en tiempos duros.

Pero el destino, que todo lo enreda, quiso que se enamorase de la hija de unos burgueses orgullosos que, por hacer cuchufletas del pretendiente, le llamaban con cierta displicencia "el comandantín"

Cuando se enteró del asunto, le subió un sofoco repentino y dijo, entre dientes, como advertencia y amenaza:

-Os vais a enterar.

Y treinta millones de paisanos, silenciados y empobrecidos, se enteraron y sufrieron en sus carnes con temor medio siglo de venganzas y la radical "construcción de un sueño victorioso" ensangrentado que compensaba, con creces, las burlas burguesas al pequeño comandante, al que no le bastó con llegar a general, sino que, para hacerles tragar la cuchufleta, se hizo llamar "generalísimo".

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lunes, 24 de diciembre de 2007

24 de Diciembre, por la noche.

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En el Hogar del Transeunte ha terminado la cena que los alojados han consumido en silencio, como siempre.

Hoy tenía pretensiones de gran lujo: Consomé al Jerez, langostinos con salsa mayonesa, muslo de pollo con patatas, melocotón en almibar, polvorones y sidra achampanada.

Es Nochebuena también en esta casa. Se han apagado las luces a las once. Media hora más tarde que los días de diario.

A la doce, María la portuguesa se ha puesto de parto y, en veinte minutos, acurrucada y sin ayuda, como las viejas hembras de esta raza milenaria, ha echado al mundo una niña morena y pequeñita que nace ya con el destino prefijado de ir de aquí para allá dando tumbos como han hecho, antes que ella, su madre, su abuela, la abuela de su madre y la abuela de su abuela.

Qué se le va a hacer, no a todos los que nacen en Nochebuena les vienen a adorar Reyes Magos, obispos y pastores

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sábado, 22 de diciembre de 2007

La vida, mi amor, es una enfermedad degenerativa


(Este es un texto compuesto para la edición de Libro, presentado ayer mismo, Luz en la Sombra, contribución de escritores, pintores y afectados para celebrar el X Aniversario de la Asociación ALDEM (Asociación Leonesa de Esclerosis Múltiple). Se Reproduce aquí como una muestra más de compromiso y difusión de lo que representa esta enfermedad, desconocida hasta hace poco y que tiene condicionada la vida de no pocos afectados.
Con cariño y solidaridad.


LA VIDA, MI AMOR, ES UNA ENFERMEDAD DEGENERATIVA


(Relato a partir de la historia real “Mi historia con la EM” de C. Garrido)

Nos conocimos hace ahora seis años. Estudiábamos entonces COU Nocturno en el instituto que está junto a la plaza. Yo tenía, por entonces, unos dieciocho años haciéndome chiribitas en la cara. El, algunos más, pongamos veinticuatro, que no es fácil compaginar el estudio con el trabajo de dependiente en Calzados La Imperial. Empezamos con lo nuestro como empiezan estas cosas: “Oye, que si me dejas los apuntes de Historia, que los tienes tan curiosos…, oye, que si quedamos y me ayudas con el rollo de la Física, que hay cosas que no entiendo, que si te apetece ir al cine este fin de semana, que qué te pasó ayer que te estuve esperando y no llamaste….”

Unas cosas llevaron a las otras y pasamos, apenas sin notarlo, de compañeros a amigos y de amigos a pareja.

Fueron días de risas y promesas. Y ni que decir tiene que aquellos primeros trastornos nos pasaron casi inadvertidos: “Qué curioso, que me ha dado una cosa que apenas puedo coger el boli. No, bobo, no te preocupes que no es nada. Ya se pasa”.

Pero después vinieron aquellos vértigos con vómitos: “Nada, que dice el Dr. Vázquez que son las cervicales. Que son esas posturas tan raras que pongo yo al sentarme”.

Y la vida siguió. Como si nada. Cuando se cuentan estas cosas, así tan de corrido, parece que todo son penalidades. Pues no. Vinieron también días de Sol y de caricias, de piscinas y cervezas, de verbenas por las fiestas, de paseo y discotecas.

Y después (ahora lo sé; entonces sólo fue un susto), una tarde, por las buenas, comencé a ver doble, como dicen que les pasa a los borrachos.

Y, a partir de aquí, comencé a ocultar lo que pasaba y empezó, por decirlo crudamente, el largo calvario de médicos, de pruebas y hospitales y mi interior bajada a los infiernos.

Fui primero a un oculista, que me remitió a una Neuróloga y ésta, por Urgencias, al Hospital. Días de nervios, de pruebas y más pruebas, de “bolus” de cortisona para acabar con el mazazo final: el diagnóstico de una enfermedad, para mí, desconocida: Esclerosis múltiple (disimulada la cosa con la utilización, pretendidamente neutra, de dos letras: EM).

Fue entonces el llorar, la rabia, la desesperación, el maldecir las causas reales o imaginadas, los reproches al fiero habitante de los cielos que me había señalado cruelmente con el dedo entre todos los que pasaban por la calle por el único delito, al parecer, de ser joven y mujer (que parece que es el grupo en el que el mal se ceba, mayormente).

Les hice jurar a los míos que guardarían el secreto. Y a el, ni una palabra. Que era un poco de anemia, como máximo. Y también yo me juré disimularlo, para que nadie lo notara, con la ilusión de que, incluso a mí, se me olvidara, como si hubiese sido un mal sueño en una mala posada.

Todo ha sido, desde entonces, un continuo disimulo: esos calambres repentinos como si me hubieran puesto un cabe enchufado en el cerebro por el que pasara la corriente hasta los dedos, el cansancio, ese cansancio que hace que me cueste un imperio el menor gesto y todas esas enormes proezas cotidianas que suponen el escribir, el hablar, el toser y hasta el tragar.

Y el esfuerzo sobrehumano para que él no notara los espasmos, la lentitud con que articulo las palabras, los olvidos.

No es extraño que con todo, y con tanto disimulo, me fuera convirtiendo en un ser raro, difícil de soportarme y soportar esos cambios repentinos de carácter, el pasar sin sentido y sin control del llanto hasta la risa, de la depresión hasta la ira. Un lento caminar al sentimiento de una vida sin sentido y sin futuro.

Hasta que él, un día, mirándome a la cara, terminó con aquellos disimulos:

- “Tenemos que hablar tranquilamente, vida mía. ¿Qué te pasa? ¿Te crees que con tanto disimulo no he visto el infierno en que te mueves y las puertas que nos cierras, dejándonos fuera, a la intemperie?”

Lloré, largamente, acurrucada entre sus brazos y le hablé de todo ello, de los sueños y proyectos que se iban alejando, de esta vida desgraciada, inútil y triste que se me estaba escurriendo entre los dedos como un juguete roto.

Escuchó todo aquel chaparrón besándome en silencio. Cuando, al fin, el llanto me impidió seguir hablando, me tomó la cara entre las manos y me dijo, como algo que hubiera madurado lentamente por su cuenta en este tiempo:

- “La vida, mi amor, es una enfermedad crónica y degenerativa. Cada día nos va apareciendo un pequeño malestar, unas canas por aquí, una caries, un dolor, una derrota, el desengaño de un amigo, la ruptura para siempre de un amor que soñábamos eterno… Y, sin embargo, cada día sale el Sol, con la misma ingenuidad del primer día y nos espera, día a día, una ilusión sin estrenar, una pequeña alegría, la mano y la mirada de la gente que amamos y que camina a nuestro lado. Es el milagro de la vida que se hace nuevo cada mañana y que se encierra toda ella, como un universo en miniatura, en cada gesto cotidiano. La vida, mi amor, es una lámpara de cien mil velas encendidas. Cada momento de alegría, de placer o de ternura que dejemos pasar será una vela que dejará de lucir. De nosotros depende estar a oscuras”.

Nunca creí que existieran los milagros, pero, a partir de ese momento, podéis imaginarlo, me han salido nuevas alas, nuevos bríos, consciente de que, como dice José Antonio, la vida, enfermedad degenerativa, no conoce mejor medicina que apoyar nuestra mano en una mano amiga.

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miércoles, 19 de diciembre de 2007

Esperando a Gulliver

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Mi hermana Betty y yo pasamos la infancia viendo languidecer a nuestra madre que, aún sin decirlo, esperaba día tras día, a su marido (y nuestro padre Gulliver, empeñado en enrolarse, vez tras vez, en aventuras marinas apenas comprensibles y de las que volvía contando historias increíbles, teniendo, como tenía, una familia y una profesión en estas tierras de Inglaterra que podrían habernos procurado a todos una vida acomodada de burgueses respetuosos de Dios y de las leyes. Que no es mucho desear, supongo yo.

Fueron, para madre, como digo, días y noches esperando a Gulliver. Años de penuria viendo crecer a los hijos y alejarse al mismo tiempo, con mucha pena y poca gloria, los años de la risueña juventud. Días y días con la vista fija en altamar imaginando que volvía.

Hasta que un día dijeron que un barco roto, totalmente desguazado (o lo que quedaba de ello) había encallado, como quien viene a morir en tierra firme, en la Playa del Poniente. Alguien dijo que en su costado se veía algún resto de su nombre: “Wooden Rose”.

Era el nombre del barco en que padre había emprendido su última aventura enloquecida.

Madre se acercó hasta la playa, temerosa y excitada, reprimiendo un sofoco repentino, controlando la emoción, mascullando los reproches que había repetido mil veces por las noches golpeando con el puño las almohadas.

No había nada en medio de aquella ruina ¿o tal vez si? Una pequeña cajita, como una casa de muñecas, con pequeñas ventanas con macetas diminutas y allá dentro, saludando con la mano, un ser igualmente diminuto que (seguramente era sólo una ilusión) asemejaba al Gulliver de entonces en tamaño sorprendentemente reducido.

Recogió la cajita, se la llevó a casa y alimenta, desde entonces, al hombrecillo con migajas de galleta. Y allí tiene la caja colgada en la ventana, aprovechando los rayos del Sol y la brisa saludable de estas mañanas fresquitas de mayo.

A nadie le ha contado su secreto. Ya ha tenido bastante en esta vida de burlas y de lástimas.

Y yo ¿qué quieren que les diga? Pues no me acostumbro a llamarle “papá” a esta especie de pájaro enjaulado al que antes apenas había visto

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domingo, 16 de diciembre de 2007

Estudio de perspectiva

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El raro prodigio y el hallazgo portentoso de la perspectiva, lograda por la sabia distribución de masas y volúmenes, de líneas de fuga, de violentos escorzos, fue el tributo necesario, según cuentan, que tuvo que pagar la sufrida Tommasa di Benedetto Malefici cuando, deseosa de sexo y de ternuras, llamaba desde arriba a su marido Paolo Ucello que se entretenía, noche tras noche, en el estudio hasta el alba.

-¡Paolo, caro, vieni a letto, per carità!

E, impasible, el maestro, noche tras noche, contestaba:

-¡Che bella cosa, sai, la prospettiva!

Y eso era todo. Y así, noche tras noche, día tras día.

Pasaron algunos años y como, al final, nada hay más público que los asuntos privados de la cama, toda Florencia celebraba a carcajadas cuando alguien, al contar que una tarde el pintor había pillado a la Tommasa fornicando fieramente, sin piedad y a todo pasto con un carnicero de Calabria, apostillaba que al Ucello, aquel descubrimiento le había enseñado, de repente, mucho más sobre los puntos de fuga que los veinte años de estudios hasta el alba.

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miércoles, 12 de diciembre de 2007

Grajas de otoño

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La casa de tía Encarna estaba en la misma Plaza de la Catedral, justo enfrente de la Fachada del Poniente, la que guarda todo el encanto de la dorada piedra de Boñar, refulgente de Sol, cuando el resto de la plaza comienza a dejarse apoderar por las sombras de la tarde. A esta hora subía cada tarde el primo Julián a la terraza para ver a las grajas emprender su viaje cotidiano a las choperas junto al río donde iban acomodándose para el sueño en medio de un gorjeo estruendoso e irritante.

Siempre envidió el planear de las grajas por encima de tejados y terrazas, deslizándose como empujadas por el viento sin apenas un solo batir de alas. Ensayaba el movimiento cada tarde en la terraza imitando sus graznidos.

Al principio pareció una simple diversión inocente de un niño fantasioso. Con el tiempo, la rareza de un adolescente un poco ensimismado. De joven se intensificó la manía con aquel andar a saltitos y el gusto por las semillas y las pipas que comía compulsivamente, como quien picotea el alpiste.

De hombre, después de haber suspendido cinco veces las oposiciones a Notarías, añadió a sus manías la de vestir enteramente de negro (mismamente como un grajo) y pasarse el día arriba en la terraza observando el ir y venir, el revoloteo incesante de los grajos.

Cuando aquella tarde de otoño la gente de la plaza le vio encaramado en el repecho de la terraza, no pudo reprimir el grito y el desconcierto que acompaña a la visión de un suicida a punto de lanzarse decidido a encontrarse con la muerte.

Se lanzó el primo Julián, se produjo un torpe manoteo, unas desmadejadas volteretas en el aire, como un muñeco roto y cuando ya nada parecía poder evitar lo inevitable, serenó su figura, dio dos leves aleteos con los brazos y se perdió para siempre planeando por encima de terrazas y tejados.


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domingo, 9 de diciembre de 2007

Primera Edición

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No podía creerlo. Le parecía casi un sueño. Y lo malo es que, ahora, después de tanto luchar por ello, ahora que lo tenía entre las manos, apenas le había producido ningún placer especial. Es lo que pasa con las cosas que hemos deseado con ahínco: que cuando llegan nos encuentran ya sin fuerzas, como vacíos de deseos.

Pero bueno, al fin lo había conseguido. Allí estaban sus cuentos, editados por una prestigiosa editorial, encuadernados en pasta dura con una sobrecubierta roja cruzada por un milano en pleno vuelo y su nombre en letras de molde: Ernesto Pérez Valladares.

Era aquello el producto de más de treinta años de una escritura lenta y trabajosa. Eran cuentos que había enviado a casi todos los concursos organizados por ayuntamientos, cofradías y sociedades deportivas. Cuentos que había ido leyendo, cuando tenía ocasión, en calechos y filandones.

Vino después el afán de publicarlos. Cosa que, en principio, jamás había pensado, porque lo que le gustaba era contarlos y ver la cara que ponían los oyentes. Pero Don Mauro Cospedal, maestro consumado en el género y por el que sentía una sincera y rendida admiración, le dijo un día (no sé si de corazón o por pura condescendencia) que era una pena que todo aquello estuviese desaprovechado sin salir a la luz pública.

Mandó ejemplares en cuadernos de espiral por lo menos a doce editoriales. Todavía está esperando que alguna le conteste.

Hasta que, ya ves tú, por alguna de estas cosas raras del destino, como resultado de una clases de Español para Extranjeros que dio este verano a un grupo de profesores que venían desde Estonia, el coordinador del curso le pidió autorización para traducirlos al estonio y que así pudieran ser utilizados allí como material didáctico.

Le acaban de llegar, recién salidos de la imprenta, doce ejemplares de su obra. Pero le produce un notable desconcierto el hecho de que ahora que, por fin, los tiene entre las manos, lo único que encuentra inteligible es su propio nombre escrito allí con letras de molde.


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miércoles, 5 de diciembre de 2007

Educando a Tarzán (7)

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NORMAS

Desde que había llegado el hombre blanco a la selva todo se había llenado de normas: prohibido pasar, prohibido bañarse, prohibido pescar, prohibido cazar, prohibido dar de comer a los animales, prohibido fumar y hacer hogueras. Casi todo, si ibas a ver, estaba prohibido.

Chita añoraba los tiempos aquellos de absoluta libertad y se daba cuenta de que, con tanta norma, cada vez se hacía más estrecha la franja de la normalidad.

-No sé, Tarzán, si estamos ganando algo con el cambio. Pero ahora me doy cuenta: cuando no había normas, al menos, no había anormales.

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domingo, 2 de diciembre de 2007

Vuelta a Itaca

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Cuando Ulises, “el errante”, volvió, Itaca ya no era como entonces. El camino hasta su casa ya ni siquiera conservaba las hileras de magnolios que le daban aquella sombra profunda y perfumada.

Nadie esperaba su llegada. La casa estaba cerrada, al parecer, desde hacía casi un año. Silbó llamando al perro y fue inútil: nadie vino a lamerle las sandalias. Preguntó a los vecinos y allí se enteró de todo, a bocajarro: que Penélope se había ido a vivir, una semana después de su partida, con un joven fornido y pelirrojo, campeón del tiro al blanco en la última Olimpiada y que había puesto una tienda de tejidos en la Plaza del Mercado.

Ya sé que habrán oído que la historia acabó de otra manera. No se fíen. A los griegos les gustaba el “happy end” incluso en las tragedias.


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