domingo, 30 de septiembre de 2007

El anuncio de Larry King

Larry King, el viejo y poderoso magnate de la industria del porno y de la estética más kitsch del país donde ocurren estas cosas, publicó un anuncio a toda página en la edición del domingo del Washington Post, ofreciendo un millón de dólares a la mejor y más escandalosa historia que acreditase, con detalles, haber mantenido un encuentro sexual con algún alto miembro del Congreso o del Gobierno y fuese capaz de relatarlo con suficientes pormenores como para ocupar tres programas de la tele en horario de Prime Time y algunos reportajes chispeantes en las revistas y periódicos de su grupo editorial.

A la gente, desde aquella cuestión de la becaria (lo del examen oral, si no recuerdan), parecían encantarle estas batallas. Y, al final, todo es dinero. Lo decía Larry King, socarrón y convencido, a quienes querían escucharle:

-"Hay más dinero en un buen polvo (si lo sabes escoger y contar bien) que en cuatro mil reportajes de la National Geographic".

Lo cierto es que el anuncio provocó un revuelo colosal: se hicieron eco del asunto los telediarios de todas las cadenas y las tertulias radiofónicas de la mayor parte de los países integrantes de la ONU.

Madamas de varias casas de Señoritas de Compañía de Washington DF, en su justa labor de promoción, se prestaron a entrevistas y programas, dejando caer, como advertencia o amenaza, que "¡Ay, por Dios, si ellas hablaran" y, a la redacción de la revista convocante llegaron en seis días treinta y dos mil respuestas que juraban por su vida haberse pasado por la entrepierna a políticos, gobernantes y pastores protestantes.

Después vino la tarea de la criba. De las 32.000 respuestas recibidas, 48 resultaron auténticamente comprobables:

-20, en despedidas de solteros (al final, ya se sabe, mucha risa y pocas nueces).

-18 tórridas noches de Motel con ocasión de algún Congreso Extraordinario, pero con delegados de alguna circunscripción lejana (pongamos North Kentucky) y cuyos lances amorosos sólo podrían interesar a algunos de sus vecinos, que no a todos.

-7, con un poco más de morbo, con algún Gobernador, cuya identidad, por miedo o precaución, se negaron a desvelar.

-2, con conocidos miembros del Congreso; cosa que, según dijeron, al final se quedó en nada, por haberse quedado dormidos como niños, con la excusa del stress, después de las ostras y el champán.

Y, por fin, ya ves por donde, lo que parecía ser un bombazo: una historia con el mismísimo Presidente del Senado.

Pero, al final, todo fue inútil. Hubo que declarar desierto el premio. Faltaba el requisito del detalle, pues la chica sólo supo decir, a pesar de las presiones:

-"Mire usted: una será todo lo puta que haga falta, que lo es y de eso vive y pide a Dios que no le falte, pero no es mentirosa. Y ¿qué quiere que le diga? Por mi madre que no fue para tanto y, con la cosa de la rutina, tampoco tiene una la cabeza para andar imaginando".

Y es que, a la postre, de poco sirve el hecho. El verdadero placer está siempre en la cabeza del que escucha o imagina los detalles. Ya se sabe.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Educando a Tarzán

EL FURIOSO TRAJÍN DEL PEREZOSO.

Todo el misterioso encanto de la jungla se hace especialmente intenso en los minutos previos a que estalle la tormenta.

Se para, de repente, el ruidoso gorjeo de los pájaros, el chillido nervioso de los monos, el viento en las copas de los árboles y un bochorno espeso y silencioso avanza reptando como el vaho enredado en el manglar.

Todo cesa de repente. El ir y venir, el revoloteo incesante de mosquitos y de insectos.

Sólo los bichos perezosos parecen despertar de repente y enfrascarse en empresas y trajines como si estuviera por llegar, de improviso, el fin del mundo.

Chita, con gesto de desprecio, observa con desdén el ajetreo:

-"Tarzán, hijo, no te dejes impresionar: el que tiene mucho que hacer es que, todavía, no lo ha hecho".

martes, 25 de septiembre de 2007

Los novios

Con permiso de Favelis

Permíteme, Favelis una historia paralela, como contrapunto

Se habían conocido en una de esas excursiones del Club de los 60 y habían decidido, a pesar de sus hijos y sus nietos, espantar en común la soledad y compartir las pensiones, las pastillas del reuma, los recuerdos y el otro lado de la cama. Y así, en la dulce rutina cotidiana, fueron pasando los días y las cosas.

Una mañana, al despertar, quizás espoleada por algún sueño pasajero o por el deseo de terminar con aquel concubinato, ella, que había sido siempre tan mirada, tan cuitada y tan decente, le dijo al compañero:
-Ramón ¿Y si nos casamos?
-¡Qué cosas se te ocurren! ¿Quién nos va a querer a nuestros años?

domingo, 23 de septiembre de 2007

La guapa

-"No podía dejarse derrumbar ahora. Ahora menos que nunca. Nada de lutos ni de lágrimas. Ella en su sitio, como siempre".
Se miró largamente en el espejo del armario como quien se prepara a conciencia para emprender la batalla cotidiana.
- Quizás tuviera que sacar un poquito las pinzas de la blusa.
Imitó la pose de la foto del periódico que Bernardo había enmarcado y puesto encima de la puerta de la tienda que daba a la cocina.
- Y, además, el tiempo pasa para todas. La diferencia es que la que empezó siendo un cubeto solo puede aspirar a odre de vino. Y este cuerpo suyo de ahora no les tocaría a muchas ni en el sorteo de los ciegos. ¿Que rabien y les coma la envidia las entrañas!.
Como si aquello le hubiera dado fuerzas, de repente, se quitó la blusa y buscó en el armario aquel vestido rojo con flores amarillas rodeando el escote y sobrevolando en desorden los vuelos de la falda.
No sabría precisar, y tampoco le importaba averiguarlo, si le gustaba en especial aquel vestido o si era el que más molestaba a las vecinas.

Era el mismo que llevaba aquella tarde de agosto de hacia ahora cinco años.
Las tardes de agosto parecían siempre interminables. Aunque no mucho más interminables que los días y las noches de cualquier época del año. El problema no era de estaciones, sino de la vida tediosa de estos pueblos de La Nava.
Si le hubieran dicho cuando tenía veinte años que se iba a quedar en Pobladura se hubiera reído a carcajadas. Lo suyo era irse a la ciudad, a Madrid, seguramente, y trabajar de maniquí, que el tipo, desde luego no le faltaba, ni la clase, ni ese leve bamboleo al caminar.
Pero después, la vida o yo qué se, le fue atando sin apenas darse cuenta a Bernardo, a la tienda de la plaza y a este pueblucho de mierda donde nadie parecía ser capaz de distinguir entre la miel y la papilla de los cerdos.
Bernardo no fue malo para ella. Nunca le negó ningún capricho. Y ¡cómo disfrutaba con los regalos que le hacía, por sorpresa!. Como el día en que el coche de línea de las cinco trajo una inmensa caja de madera que tuvieron que pujar, resoplando como bueyes, cuatro mozos.
La mandó él poner en el centro de la tienda y comenzó a abrirla entre risas, nervioso como un niño, hasta que mostró a todos la pianola que había mandado traer desde Sevilla con siete rollos de tangos y boleros. Se empeñó en que ella tocara para todos "Cambalache". Tocó ella con desgana, por no desairarle, pero sabiendo de antemano que ni aquello ni nada podría arrancarle a ella a tristeza. Bernardo, escuchando, reía y lloraba, a la vez, como los niños.
Era un buen hombre, ya lo se. Por más que pensara no podría recordar ningún reproche. Pero, a veces, una mujer necesita que le tiembles las rodillas cuando se le acerca el hombre con quien vive.
O sea, como aquella tarde de agosto de hace ahora cinco años.

Había terminado de fregar en la cocina. Bernardo, como siempre, se había ido a dormir a la sombra de la higuera. De la tienda llegaba, como siempre, el sordo zumbido de las moscas y aquel olor salino que despedían, por igual, las piezas del bacalao y los rollos de l esparto.
Ningún otro signo de vida cabría esperar hasta la llegada del coche de línea de las cinco, donde venía el correo, la gente que volvía del médico y los encargos que habían hecho a Prudencio, el cobrador, por la mañana.
Por eso no hizo caso cuando oyó, a las tres y media, unos golpes dados con la palma de la mano en el mostrador al que el tiempo, la arena y la lejía habían dado casi el mismo tono y la textura que el bacalao que colgaba de las vigas.
- Rosita, guapa ¿No se atiende hoy aquí a la parroquia?
Salió Rosita limpiándose las manos con un paño de cocina para atender al cabo de los guardias.
Fue entonces. Venía con el cabo un guardia joven, moreno y delicado, con las manos delgadas y huesudas y un mirar como cansado.
- Un carajillo, Rosita, cuando puedas. Bien cargado, por favor.
Sería el calor, o lo imprevisto, o el tono de la voz, o aquel mirar cansado, pero ella sintió que le temblaban las rodillas y que le subía, de pronto, un sofoco inoportuno.
- Tiene que ser de puchero, Usted ya sabe.
- Da igual. Como tú sabes hacerlo.
El tiempo de trasteo en la cocina fue suficiente para recomponer el gesto y la figura. Se alisó el vestido rojo y con flores amarillas, sacó del aparador la bandeja que usaba por las fiestas, se humedeció sabiamente los labios con la punta de la lengua, atusándose el pelo con la mano y salió de nuevo a la tienda con las tazas.
Mientras ponía delante la frasca del orujo, mirando de frente al joven guardia, preguntó, como sin dar importancia a las palabras, como por pura cortesía:
- Y ¿Qué? ¿Destinado a estos pueblos de La Nava?
- ¡Qué se le va a hacer!. ¡La vida manda!
No tendría ni siquiera treinta años y toda la tristeza en la mirada.
Desde entonces, los días se hicieron menos largos para ella.
Hasta los hombres que venían por las noches parecían más limpios, más simpáticos.
- Da gusto verte reír, Rosita, te sienta bien a la cara.
Desde entonces, a las tres, recogida la cocina, se sentaba Rosita a la pianola y llenaban el aire salino de la tienda los lentos acordes de un bolero dulzón y mentiroso.
Contra el poyo de la puerta comenzaron a ser tan habituales las bicicletas de los guardias como las largas siestas de Bernardo a la sombra de la higuera.
- "Pensándolo mejor, tampoco se pondría hoy aquel vestido. ¿Que le importaban a ella ahora las vecinas?
Probó de nuevo la blusa y la falda de lunares.
Fueron aquellas tardes dulces como los higos de septiembre. Pero pronto las cubrió, como ceniza, la tristeza.

- Ya ves, Rosita. Quien manda, manda. Le destinaron ayer para otro puesto. Tuvo que marcharse esta mañana..
Se comió, como tantas otras veces, el dolor y la esperanza.
Las tareas se fueron haciendo más lentas y más largas. Había tardes en que el coche de línea la pillaba todavía recogiendo la cocina. Mandó retirar la pianola de la tienda porque dijo que estorbaba y, además, a ver dónde dejaba los bidones del aceite.
Fue por entonces cuando empezó a sentir aquel dolor en el costado, que le hacía cada día más difícil levantarse de la cama.
Y no es que los nervios, como decían en el pueblo, se le hubieran metido en las entrañas (aunque más de una bruja dijo entonces que lo que tenía la Rosita se llamaba "mal de guardia"). No sirvieron de nada los cuidados de Bernardo, ni las visitas a un médico de Madrid que decían que era tan bueno. No la animó ni siquiera aquella foto que la sacaron paseando por Madrid, que apareció en el "Blanco y Negro" con letras gordas que decían "La guapa de hoy" y que Bernardo había enmarcado y puesto encima de la puerta de la tienda que daba a la cocina.
Ahora que ya se había ido, debía reconocer que Bernardo había sido un hombre bueno para ella. Es verdad que no era lo que ella había soñado en otros tiempos, que eran ya incluso mayor cuando se casaron y que, la verdad, cuando pides otras cosas no te basta la ternura.
Prueba de ello es que todos los males se le fueron de repente cuando recibió aquella primera carta procedente de un cuartel, allá en el Norte.
Las cartas llegaban puntualmente, día tras día, en el coche de las cinco, cada vez más encendidas y más íntimas, animándola a aguantar: que ya vería, que pronto terminaría esta cruel separación, que tal vez algún día..., que un beso, amor, que sueño contigo cada noche, no me olvides... ¡Qué se yo!.

Y ahora que parecía de le volvía, de nuevo la alegría (¡También es fatalidad!) ocurrió lo de Bernardo. Dijeron que fue del corazón, que ni siquiera él se daría cuenta, que fue como no despertarse de la siesta.
Todo había pasado así, tan de repente, que no le había dado ni tiempo a percatarse (¡Qué curioso!) que desde aquel mismo día no había vuelto a llegarle ninguna otra carta desde el Norte.
Tendría que pensar, tal vez, despacio, en todo ello. Pero ahora no podía dejarse derrumbar. Nada de penas. Ella en su sitio, como siempre.
Se puso unas pinzas en el pelo y se dispuso, orgullosa, a emprender la batalla cotidiana.
Abajo, en la tienda, se oía ruido. Seguramente era el coche de línea de las cinco.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Como un hombre

Estaba continuamente preocupada. Se le notaba a la legua que era madre primeriza por la angustia que ponía en cada gesto:

-¡Ay, por Dios, que el niño llora!; ¡Ay, por Dios, que no se duerme!; ¡Ay, por Dios, que no me mira!"

O sea, todo el día en una continua cantinela de "ay, por Dios".

Cuando vió que el niño no engordaba, la cantinela se volvió un sin vivir.

Bajó a la capital y cuando el médico le preguntó qué tal mamaba y si cogía bien el pecho, contestó sin pensarlo ni un momento:

-"Si, señor, si; como un hombre".

Y es que, en realidad, hay cosas en las que, al parecer, los hombres son maestros.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Fábula Moral del Maestro Pereira (Versión apócrifa)

Nota Preliminar.

Como se dice en el texto, la cosa ocurrió en un homenaje a don Valentín García Yebra. Cuando le tocó intervenir a Pereira, animado por el fervor amistoso del público, se creció narrando lo que decía ser una anécdota verídica y que, a todas luces, parecía una ingeniosa fabulación de nuestro mejor escritor de cuentos. La verdad, creí que estaba improvisando y que todo quedaría en aquel momento glorioso y, para que no se perdiera, decidí escribir lo que ahora sigue. Hace tan sólo unos días, la he visto publicada en el último libro de Pereira y le he prometido al maestro que siempre contaré juntas las dos versiones. No por establecer comparaciones (ganas tendría de salir perdiendo) sino por certificar la veracidad de todo ello. Va hoy, por tanto, la versión apócrifa y en el próximo post dejaré la verdadera

Algunas veces (pocas, aunque ésta es una de ellas) me hubiera gustado ser Platón.

Seguramente parecerá otro gesto histriónico de mi carácter veleidoso, continuamente oscilante entre el deseo de ser fraile, tamborilero, cantante de Country en un bar de carreteras del Ohio, cronista de este reino en el que vivo y, ahora, por si ello fuera poco, ser Platón.

Lo digo, no porque quiera ir por la calle vestido con la sábana bajera, sino, más que nada, por poder (como él hizo con Sócrates) contar las glorias y enseñanzas del Maestro Pereira, que tiene la rara habilidad de escribir historias bien trabadas cuando habla.

Empujado por tal desvarío enfebrecido me he propuesto desarrollar hoy ante ustedes lo que podría ser el borrador primero de una futura “Epístola Moral del Maestro Pereira”.

Vamos allá.

Se celebraba esa tarde en el Principal del número 9 de la Calle del Pez (en la Embajada que este reino tiene en la villa, corte y capital de ese otro reino en que estamos enquistados) un calecho en homenaje al lingüista García Yebra.

Y allí, Pereira, oficiando de sí mismo, pontífice y maestro, inventó fingiendo recordar (o recordó fingiendo inventar, que ese es el meollo del perfecto narrador) una historia pícara, ingenua y sorprendente que el maestro presentó como un inigualable testimonio de la moral recia y firme de los paisanos de la tierra, a pesar de la apariencia que podría insinuar, justamente, lo contrario.

En su relato, lo que sigue ocurrió en un pequeño pueblo de Tierra de Campos (pongamos Grajal de Campos) un día de los calurosos del Agosto de algún año de entreguerras (entre cualquiera, que para el cuento poco importa).

Era la siesta de un día, como digo, en que el bochorno derretía los pardales en las sebes. El mozo soportaba en el doble, tumbado entre los sacos del centeno, la modorra que le había producido la frasca de clarete y el cocido generoso del almuerzo con su palmo de tocino, el morro, la papada, el bolo del relleno, los garbanzos, el chorizo y la pechuga de gallina.

Tal vez fuera la calor, el espeso zumbido de las moscas, el silencio ensimismado, el olor de los perucos, el demonio meridiano o el bravío de la edad; lo cierto es que el mozo sintió de golpe la turgencia de sus artes de varón revolcando en la bragueta.

Llamó a voces desde arriba, como aquejado de una dolencia mortal y repentina.

Y cuando Celina abrió la puerta, sobresaltada por las voces y la urgencia, le dijo el mozo, impasible y doctrinal:

-“Mira, Celina, mira lo que te pierdes por ser mi hermana” .

Y es que ya lo dijo Sigmund Freud (o debería haberlo dicho): cuando las leyes de los dioses se impusieron al deseo irrefrenable de la bestia, nació el hombre.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Política


Con permiso de Favelis
La viñeta me recuerda aquello que alguien dijo con la tierna inocencia de quien dice lo que piensa:
-Pues nosotros hemos sido quince hermanos.
-¿Y todos vivos?
-No. Vivo, sólo el pequeño, que se dedica a la política. Los demás trabajamos todos.

viernes, 14 de septiembre de 2007

El viejo coche

Cuando padre murió, algunas cosas en casa cambiaron de golpe y para siempre. Las chicas apenas notaron diferencia, abocadas como estaban desde niñas a ese estado indeciso del servicio y de la espera. Pero los chicos nos hicimos hombres de repente. A mí me mandaron a Saldaña con los frailes. Y él se tuvo que hacer cargo de aquello que, pomposamente, podríamos llamar la hacienda familiar.

Fueron, para él, años de trabajo y estrecheces. De silencio y frío, los míos. Quizás por todo ello, cuando de hombre tuvo un hijo, se juró a sí mismo, que aún a costa de su vida, le daría una carrera y un futuro.

Con tal propósito lo mandó a Madrid a hacerse médico, que es una cosa con futuro y señorío. Allí el chico estudió para ir tirando, conoció los mejores mesones de la villa y trabó amistad con el rico heredero de un cortijo de Jerez al que, en un verano, le apeteció conocer los pueblos de montaña de este reino agreste y montaraz. Como quien emprende una aventura en los confines. Y quiso ver, con mi hermano, las posesiones familiares:

-¿Sólo tienen dos vacas? Tenemos nosotros en la finca 300 cabezas de ganado y eso porque cedimos otras 200 a mi hermano para encastar su propia ganadería.

- ¿Sólo tienen tres ovejas? Tenemos nosotros 3500 pastando por las dehesas.

-¿Toda la tierra que tienen está en esta parcela?. Tardamos nosotros casi tres días enteros en recorrer en coche las fincas del cortijo.

Aquello colmó el vaso del aguante. Mi hermano, mientras quitaba las hierbas con la azada, sin levantar la cabeza, le espetó, contundente, al señorito:

-Nosotros también tuvimos un coche como ese y tuvimos que mandarlo a la chatarra.

lunes, 10 de septiembre de 2007

La cabiria

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Tenía anchas las caderas, las carnes abundantes y olorosas de matrona, un quimono azul celeste, cuarenta años de oficio, un discreto saloncito en el barrio del Mercado y una clientela reducida, pero fija, que le permitía llegar a fin de mes.

Todo esto y un sentimiento maternal con el que animaba a primerizos:

-¡Dale,dale, cara guapa, dale, que me estrenas!


.

domingo, 9 de septiembre de 2007

El viejo profesor

El viejo profesor,después de cuarenta años de servicio en aquel instituto femenino, tres desengaños amorosos y un matrimonio en el que hacía algún decenio que se habían agotado (por cansancio) los reproches, las pasiones y el deseo, explicaba su programa con la suave languidez del desengaño, como el rezo vespertino del rosario, pero no soportaba ni un rumor, ni un cuchicheo y le gustaba amonestara las rebeldes:

-Señoritas, no les pido amor, pero, al menos, un poco de atención al acto.

Crítica literaria

Lo cuentan de Groucho Marx y lo mismo he leído esta mañana en un cuento de Pereira. En Groucho se trata de una crítica literaria al libro recibido de alguien que pretende entrar en el parnaso del humor. En Pereira, el mordisco envenenado de un fraile postinero y afamado "en aquel tiempo" al canónigo provinciano que osa criticar sus teorías:
- "He recibido su libro. En mi vida me había reído tanto. Ya le diré mi opinión cuando lo lea".

sábado, 8 de septiembre de 2007

Los restos del naufragio


Martín Favelis


Polvoredo, o sea, Pepín el de Polvoredo colgó la sotana y, con ella, aquella vocación de salvar almas que venía sosteniendo, con orgullo de su madre, desde que supo decir las primeras palabras. Tomó tan heroica decisión la víspera de volver al seminario, la última tarde de septiembre del verano en que descubrió la flojera de rodillas y el sofoco repentino al cruzarse en la calle con Cristina, la vecina que, de pronto, se había hecho mujer sin darse cuenta.

Después resultó que a Cristina le gustaba mucho más Miguel, el mancebo de farmacia.

Después de unos meses lamiendo sus heridas como un tigre, por salvar a los obreros, se apuntó a algo de Jóvenes Obreros, que era cosa de reunirse los jueves en los salones de la iglesia y tomar unos vinos en pandilla a la salida.

Lo dejó el día que Mercedes, que tenía aquellos ojos y otras cosas, le dijo, después de algunos escarceos, que sólo le quería como amigo.

En pleno desengaño, por salvar a las ballenas, se apuntó a una ONG que recaudaba fondos vendiendo chapas y folletos los domingos en el rastro.
Hasta que descubrió que las ballenas no daban acuse de recibo de los fondos recaudados los domingos.

Hoy le he vuelto a ver. Después de tanto tiempo. Le he encontrado mayor. Como él a mí, seguramente. Me dijo, sin tristeza ni entusiasmo, que ahora, acostumbrado ya a la desventura, se ha apuntado a la legión dispersa y sin bandera del "sálvese quien pueda".

viernes, 7 de septiembre de 2007

Libros y lectores

Con permiso de Favelis

En aquel tiempo (como siempre dice Amintas ), pasando la fontera (aquello si que era una frontera) con unos apuntes sobre Marx en la maleta y la pinta de ser lo que ellos sospechaban que uno era, o algo menos, el agente aduanero preguntó sobresaltado:
-Este Marx ¿es el ruso?
-No, éste era alemán.
-Ah, bueno, por si acaso.
Aquella pequeñez nos libró a los dos (a Marx y a mí) de algún problema, sin dudarlo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

La hermosora

Era lo que se llama un hombretón grande como un castillo. Tanto que, a primera vista asustaba a los pequeños. Sobre todo en invierno, con su capa española, su bastón, su sombrero y aquel puro que no se sabía bien si lo fumaba o si simplemente lo llevaba por dar ocupación a aquellos labios enormes y amoratados.

Pero, a pesar del aspecto y de los años, conservaba intacta la retranca que, según dicen, caracteriza a las gentes de esta tierra (socarrones, pero que, a la mala, son capaces de morder con la boca cerrada, como dice algún malvado) y algunos gustos y costumbres (el cus-cús, el té a la menta, el sombrero panamá y la sahariana del verano) que le habían quedado de los años de servicio en África, como médico de la legión.

De aquella época, además, atesoraba mil anécdotas cuarteleras (reales o inventadas) con que animaba las tertulias de "El Central".

Como aquella que decía que estando un día en la consulta le llegó un morito (Soleimán, según dijo, se llamaba), aquejado de incómodos picores en el miembro de los hombres.

-Mire, doctor, que no me aguanto, que me pica la hermosora.

Procedió el doctor a la inspección que requería la dolencia y aconsejó el oportuno tratamiento, pero, al final, sucumbió, sin poderlo remediar, ante aquella curiosidad que le inquietaba:

- Óyeme, Soleimán, y tú ¿por qué le llamas "la hermosora"?

- Porque así la llaman Uds. los cristianos

- ¿Qué me dices?

-Si, señor, así lo tengo yo entendido. Que se la enseñé, antes de venir, a mi sargento y él fue el que me dijo: "¡Qué hermosora"!

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Epitafio

Fiel al espíritu cínico y socarrón que había cultivado en vida, mandó poner, copiando a Groucho, en su tumba, de epitafio:

“Perdone, señora, que no me levante”.

Pero cuando la vio venir con su luto fingido, sus flores y aquella media sonrisa, no pudo más.

Salió corriendo.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Luisa, la zarata

Se llamaba Luisa. La llamaban "la zarata" y forma parte del paisaje de mi infancia en Palazuelo como el resto de cosas y lugares con que pueblo los recuerdos: el molino de Carancha, la casa del señorito, el reguero bajo o las negrillas centenarias a la puerta de la iglesia.

A mis ojos de niño, al encontrarla en la iglesia, en el caño de la plaza, en la tienda de "la guapa", era una mujer como otras tantas, de esa edad imprecisa que tienen las abuelas.

Pero, al nombrarla, se notaba un silencio que hacía pensar que algún misterio se ocultaba. Era parte, parecía, de ese tabú innombrable que, a veces, ocultan las aldeas.

Solamente, ya de mozo, años más tarde, cuando se suponía que había superado, sin saberlo, algún rito de pasaje, llegué a enterarme del secreto.

En estos pueblos de ribera, una mujer sin hombre en casa, viviendo sola, estaba condenada a la pobreza.

Y Luisa quedó viuda cuando entonces, cuando, de recién casada, le arrancaron al marido para el frente de Teruel. Y allí quedó. Con otros muchos.

Después del zafarrancho, volvieron los hombres que quedaron. Volvió la vida a su rutina, a la dura tarea de seguir vivos como fuera.

Luisa hizo frente a la desgracia como pudo: pagando las patatas y el tocino con la vieja moneda del alivio de los mozos que llegaban por la noche, como sombras, por los huertos.

Se hizo un pacto de silencio: nadie en el pueblo quiso saber nunca de qué forma conseguía, sin tierras y sin hijos, ir viviendo.

Con el tiempo, los mozos se hicieron hombres pero fueron manteniendo, por un tiempo, la costumbre.

Luego, la edad y la rutina fueron haciendo más escasas las visitas y las cuotas que aportaban. A partir de entonces, las mujeres, como si tuvieran la sensación inconsciente de tener que agradecer el que su matrimonio hubiera aguantado los envites, siguieron ayudando con un cesto de huevos, manzana, uvas o patatas, por su tiempo.

Pero Luisa tenía inculcada en las entrañas la vieja moral de que el pan ha de ganarse con esfuerzo, poniendo algo de la parte del que come. Por eso salía cada tarde a la puerta de la calle, al sol de la abrigada, a esperar la posible clientela, disimulando la inquietud con la calceta.

Por eso, cuando vió venir a aquel mocetón, que acababan de contratar como pastor, volviendo con sus ovejas al sol puesto, le renació la esperanza. Y cuando el mozo, al pasar, le preguntó: "¿Qué hora es?" se puso en pie como por obra de un resorte y contestó:

-¿Qué hora es? ¡Ay ladrón, ladrón qué pronto me has convencido!.

Los espejos



Con permiso de Favelis

Aquella tarde, en la barraca de los espejos de la feria logró, al fin, ver la imagen verdadera de aquello en lo que se había convertido, a golpes de vivir aquella vida.

Apenas lo pudo soportar. Salió corriendo a refugiarse en la confortable mentira cotidiana que le devolvía el espejo de su baño, al afeitarse.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Lecciones de cosas

Es difícil romper, a voluntad, el manto agridulce del olvido y no podría asegurar,después de tanto tiempo, si aquella había sido una tarde parda y fría de invierno, como otra del poeta.

Pero al mirar hoy a través de la ventana de aquello que había sido la escuela de su infancia y ver de nuevo los pupitres (¿eran entonces tan pequeños?) y el mapa amarillento, la larga regla de madera y el compás, los cuerpos geométricos encima del armario, el gancho de la estufa y los tinteros, renacieron de pronto en su memoria los miles de olores cotidianos que componían el áspero mundo dela escuela y aquella tarde insustancial de la época del trompo, del tacón o las canicas en que todo cambió súbitamente y Don Pruden comenzó a llamarles de"usted" y por el número.

-A ver, el 27, lea Ud., Sr. Valbuena, en la página 50, donde dice "Respeto debido a padres, sacerdotes y maestros".

Fue aquella, sin duda, la primera señal de la tormenta y recorrió la clase un pasmo ensimismado de silencios y temores.

-"Póngase en pie, por favor, Sr. Valbuena".

Aquello era lo terrible. La altiva dignidad de Don Prudencio que, enlazadas las manos a la espalda y mirando fijamente algún punto inconcreto colocado a tres palmos por encima de la puerta, iba dejando caer lentamente el tratamiento, exageradamente cortés, tristemente distante y dolorido.

Todo resultaba, de pronto, incomprensible.

Porque,además, el número 27, Genaro Valbuena, había sido siempre el ojo derecho del maestro. Nunca supieron la última razón de aquel afecto paternal que le hacía distinguir a Genarín con mil pequeñas prerrogativas envidiables. Era siempre Genaro el que daba vueltas a los polvos de la leche americana, el que repartía los libros de lectura, el que tiraba la ceniza de la estufa, el que iba a la cantina a comprar el cuarterón de Don Prudencio. Algunos decían que ta lpredilección se debía a que el padre de Genaro, muerto hacía ya tiempo (aunque presente todavía su recuerdo en el negro brazalete del abrigo del colegio), había sido compañero del maestro.

Y, sin embargo, daba la impresión de que la causa del problema tenía algo que ver con todo ello. Pero era inexplicable. Genaro había sido cariñoso, como siempre. O más aún, pues no podía olvidar que, cuando antes del recreo había venido una señora a hablar con el maestro, fue él, precisamente, el que se acercó para avisarle:

-"Don Pruden, que tiene Usted abierta la bragueta!".

Aunque,recordando ahora todo aquello, quizá se explicara una cierta zozobra en el maestro, el hecho de que aquel día no salieran al recreo y las enormes cuentas que les puso de tarea.

-"¡Siéntese,Sr. Valbuena!".

Y cayó, de pronto, sobre todos, durante ocho interminables días, la gris monotonía de la lluvia tras los cristales, la lenta letanía del recuento("mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón") y el confuso sentimiento de la última y cruel derrota de Don Pruden, natural de la villa de Prioro y Maestro Nacional de Villaornate.

Publicado en FRANCISCO FLECHA, El vuelo del milano, León, Celarayn, 2006.

sábado, 1 de septiembre de 2007

El Académico

A veces me desanimo. No sé qué aspecto de la vanidad queremos satisfacer con la cosa esta de escribir, si lo que hacemos sólo llegan a apreciarlo los más próximos (y no todos).

Se dice que Camilo José Cela, con ser Camilo José Cela, pasó por uno de esos momentos de embarazo un día que, casualmente, se había ido de putas con unos amigos.
Y metidos en tal trance, la maestra
del oficio, por entrar en conversación y no ir directa al “pim, pam, pum” le preguntó a Don Camilo:
-Y tú ¿a qué te dedicas, chato?
-Soy Académico de la Lengua.
¿Anda, quita p’allá, cacho guarro!