
Pequeñas historias de un reino que dicen que existió por estos valles cuando los osos cazaban a los reyes en justa represalia a sus ballestas y que, tras largos y gloriosos años de rencillas cazurras entre hermanos, cuchilladas certeras entre abades y fieros mordiscos silenciosos y canallas se ha ido acurrucando entre aquello que queda de dos rios y donde sueña enfebrecido, todavía, agitando la bandera, algún caudillo.
viernes, 31 de agosto de 2007
martes, 28 de agosto de 2007
El pelotón

Con agradecimiento, admiración y complicidad con Favelis
______________________________________________
Cuando aquel zafarrancho de la sangre que recuerdan los abuelos con espanto, en el que se dirimían, más que nada, ruines intereses y negocios, venganzas cazurras entre hermanos por linderos o por pleitos antiguos de fincas o de herencias; cuando aquello que nombraron con los nombres hipócritas con que la historia esconde las miserias: la Cruzada, el Alzamiento o la Guerra Civil (si es que las hubo alguna vez); cuando entonces, la manera más ruin de hacer justicia consistía en aquello que dieron en llamar "el paseillo": sacar de la celda, al alba, con la niebla ensartada en los rastrojos, a un pobre hombre, con todo el terror mordiéndole como un perro en las entrañas para fusilarlo en pleno descampado.
Hacía frío, siempre lo hacía, hasta en agosto (por el clima, por el miedo o la vergüenza) en aquellas madrugadas del demonio. El piquete se quejaba, por decir algo o por pensar en otra cosa distinta del encargo. Y al ver que el preso también temblaba, pensando que era frío, le espetaban:
-Pues tú no te quejes, que no tienes que volver.
Lo peor es que después lo contaban, entre risa, en los cuarteles.
Aquí Favelis, aquí un amigo

Martín Favelis, que es capaz de escribir todo un tratado sobre la vida, el mundo, el más allá el más acá o nuestras propias miserias encerradas en una única viñeta, me ha concedido el honor de incluir alguna de ellas en este blog. Ya le he dicho: no podré comentarlas. Se comentan ellas solas. Todo comentario las estropearía. Pero, alguna vez, si soy capaz, me gustará acompañarlas de algún texto paralelo.
Como seguramente os sabrá a poco, podeis acudir a su propia página:
http://lacomunidad.elpais.com/martinfavelis/posts
domingo, 26 de agosto de 2007
Aquel maldito Blog
Cuando alguien le preguntaba, respondía que había escrito desde niño, que el escribir era ya, para él, como una segunda naturaleza que le acompañaba desde que tenía conciencia de su existencia.
Aunque, bueno, la verdad, cuando aquello comenzó a convertirse en algo habitual y necesario como el comer o el respirar, fue en la primera adolescencia.
De entonces conservaba todavía un diario, algunos cuadernos con poemas y hasta el esbozo de una novela en la que, como no podía ser de otra manera, el protagonista era un muchacho desgraciado sufriendo en silencio los males de un amor jamás correspondido que disfrazaba, sin duda, sus primeros desengaños.
En fin, cuestiones intimistas, más que nada. Cosas de la edad, como los granos.
Ahora, sin embargo, había llegado a esa edad en la que uno comienza a pensar la vida como si fuese la de otro, después de tantos desencuentros, de tantas despedidas y sintió, con la misma urgencia de aquella adolescencia, la necesidad de contar algo, cualquier cosa que le diera la oportunidad de ser escuchado por alguien en este mundo de prisas, de trenes que se cruzan, donde parece que todos hablamos a la vez.
Tal vez fue esto y no otra cosa (si no de qué) lo que le empujó a esa cosa tan moderna de abrir un Blog.
Lo abrió creyendo encabezar una legión (¿Cómo iba a saber que cada segundo que pasaba se abrían uno o dos?). Y allí, con el dulce temblor de los principios, fue escribiendo sin parar. Al principio eran sólo algunas historias intrascendentes de pequeñas gentes y cosas de un reino imaginado que, según decía, mermaba cada día. Después, algunas reflexiones; más tarde, sus más íntimos deseos, mostrando desnudeces que nunca había confiado ni siquiera a los amigos.
Después de un tiempo de abrirse así en canal frente a la máquina, y al ver la velocidad con la que sus propios escritos desaparecían, empujados por la urgencia igual de voraz y apresurada de otros que también querían hablar de sus cosas en el mismo sitio y al mismo tiempo, le asaltó una duda corrosiva: ¿Y si nadie escucha? ¿Y si no hay nadie ahí? ¿Y si todos y cada uno estamos solos, aunque escribiendo en compañía?.
No lo pudo evitar. Escribió y escribió continuamente para no desaparecer de la lista de los últimos “post” en la pantalla.
Y nada. Ni un solo indicio de que alguien leyera sus escritos. Ni un solo comentario.
Hasta que, por fin, apareció ella (o él ¿cómo saberlo en un mundo de “Nicks” imaginados?): Era ella, Sweet Green Apple, según dijo llamarse.
Y entonces, en realidad, comenzó el auténtico sinvivir: continuamente mirando por si llegaba algún nuevo comentario.
Comentarios que eran cada vez más directos y personales. Después de un tiempo, ya no hacía referencia a los escritos, sino a la propia vida real hasta el punto de que, últimamente parecían leerle el pensamiento, contestando a preguntas e inquietudes que no recordaba haber manifestado, dando su opinión sobre proyectos que aún estaba pensando.
Aquello le hizo enloquecer. Fingió una enfermedad. Pidió una baja y se atrincheró frente al ordenador, olvidando cualquier otra ocupación.
Hasta que el sueño le vencía.
En una de estas cabezadas de un sueño ocasional y enfebrecido, le despertó la alucinada sensación de que era su propio teclado, por su propia iniciativa, quien escribía por su cuenta las respuestas a sus post.
Enloquecido, ya lo dije, compitió con él en un diálogo acaballado y pasional, como una autentica discusión matrimonial hasta adquirir los tintes y derroteros de una auténtica ruptura irreversible.
No pudo más.
Cogió la grapadora como Hércules su maza y se deshizo a martillazos del ordenador, que insistía, hasta el último momento, en aquellos comentarios.
No quedó nada de él. Se ensañó especialmente, como si le trajera a la memoria recuerdos indeseables, con la pequeña manzana mordida que el ordenador lucía como logo.
Desde entonces, a la gente le extraña la media sonrisa que le ha quedado, imborrable, en el semblante.
Aunque, bueno, la verdad, cuando aquello comenzó a convertirse en algo habitual y necesario como el comer o el respirar, fue en la primera adolescencia.
De entonces conservaba todavía un diario, algunos cuadernos con poemas y hasta el esbozo de una novela en la que, como no podía ser de otra manera, el protagonista era un muchacho desgraciado sufriendo en silencio los males de un amor jamás correspondido que disfrazaba, sin duda, sus primeros desengaños.
En fin, cuestiones intimistas, más que nada. Cosas de la edad, como los granos.
Ahora, sin embargo, había llegado a esa edad en la que uno comienza a pensar la vida como si fuese la de otro, después de tantos desencuentros, de tantas despedidas y sintió, con la misma urgencia de aquella adolescencia, la necesidad de contar algo, cualquier cosa que le diera la oportunidad de ser escuchado por alguien en este mundo de prisas, de trenes que se cruzan, donde parece que todos hablamos a la vez.
Tal vez fue esto y no otra cosa (si no de qué) lo que le empujó a esa cosa tan moderna de abrir un Blog.
Lo abrió creyendo encabezar una legión (¿Cómo iba a saber que cada segundo que pasaba se abrían uno o dos?). Y allí, con el dulce temblor de los principios, fue escribiendo sin parar. Al principio eran sólo algunas historias intrascendentes de pequeñas gentes y cosas de un reino imaginado que, según decía, mermaba cada día. Después, algunas reflexiones; más tarde, sus más íntimos deseos, mostrando desnudeces que nunca había confiado ni siquiera a los amigos.
Después de un tiempo de abrirse así en canal frente a la máquina, y al ver la velocidad con la que sus propios escritos desaparecían, empujados por la urgencia igual de voraz y apresurada de otros que también querían hablar de sus cosas en el mismo sitio y al mismo tiempo, le asaltó una duda corrosiva: ¿Y si nadie escucha? ¿Y si no hay nadie ahí? ¿Y si todos y cada uno estamos solos, aunque escribiendo en compañía?.
No lo pudo evitar. Escribió y escribió continuamente para no desaparecer de la lista de los últimos “post” en la pantalla.
Y nada. Ni un solo indicio de que alguien leyera sus escritos. Ni un solo comentario.
Hasta que, por fin, apareció ella (o él ¿cómo saberlo en un mundo de “Nicks” imaginados?): Era ella, Sweet Green Apple, según dijo llamarse.
Y entonces, en realidad, comenzó el auténtico sinvivir: continuamente mirando por si llegaba algún nuevo comentario.
Comentarios que eran cada vez más directos y personales. Después de un tiempo, ya no hacía referencia a los escritos, sino a la propia vida real hasta el punto de que, últimamente parecían leerle el pensamiento, contestando a preguntas e inquietudes que no recordaba haber manifestado, dando su opinión sobre proyectos que aún estaba pensando.
Aquello le hizo enloquecer. Fingió una enfermedad. Pidió una baja y se atrincheró frente al ordenador, olvidando cualquier otra ocupación.
Hasta que el sueño le vencía.
En una de estas cabezadas de un sueño ocasional y enfebrecido, le despertó la alucinada sensación de que era su propio teclado, por su propia iniciativa, quien escribía por su cuenta las respuestas a sus post.
Enloquecido, ya lo dije, compitió con él en un diálogo acaballado y pasional, como una autentica discusión matrimonial hasta adquirir los tintes y derroteros de una auténtica ruptura irreversible.
No pudo más.
Cogió la grapadora como Hércules su maza y se deshizo a martillazos del ordenador, que insistía, hasta el último momento, en aquellos comentarios.
No quedó nada de él. Se ensañó especialmente, como si le trajera a la memoria recuerdos indeseables, con la pequeña manzana mordida que el ordenador lucía como logo.
Desde entonces, a la gente le extraña la media sonrisa que le ha quedado, imborrable, en el semblante.
jueves, 23 de agosto de 2007
El bingo
Las cosas, a veces, se enredan que es el demonio.
Porque lo cierto es que Mateo, desde que estaba casado (hombre, de joven alguna armó, como todos, supongo), no había vuelto a mirar a ninguna mujer, quitando la propia y algún tonteo en el bar en aquella actividad un poco infantil que él llamaba “hipnotizar gallinas” y que consistía en una especie de esgrima con medias palabras y miradas que no conducían a nada.
Después de muchos años había aprendido que, al menos por tener la fiesta en paz, lo más cómodo era no jugar con fuego. Empiezas por tonteos y, al final, la cagas, decía sentencioso a sus amigos, entre cañas.
Pero, aquella vez, todo ocurrió de forma tan imprevista y sin mediar intención alguna por su parte, que hasta él mismo tuvo la sensación de verse envuelto en todo ello por alguna mala jugada del destino.
Fue un día cualquiera de noviembre. Después de una jornada de trabajo como todas. Estaba a punto de irse a dormir a la misma hora de siempre. Entró en la cocina para tomarse la pastilla con su sorbo de agua, como hacía cada noche.
La única diferencia, tal vez, era que, a mediodía, habían comido pescado. Y ya se sabe: no hay cosa más apestosa que una bolsa de basura con restos de pescado.
Se armó de valor, ató la bolsa de basura y comentó, por no asustar:
- Voy a bajar la basura. Subo ahora.
El jodido ascensor tampoco esta noche funcionaba. Casa de mierda: cuando no era el ascensor, era el agua caliente, la cisterna, la puerta de la entrada, o todo junto.
A la altura del tercero salio ella, melosa como siempre, con la bata rosa palo que parecía insinuar sus ocultas desnudeces.
- Mateo, corazón, tengo un agobio horroroso: se me ha fundido una bombilla de la sala y yo no llego.
Y después: ay por Dios, muchas gracias. Lo que vale un hombre en casa. Tómate algo, anda, que no sabes cómo estoy de agradecida. Espera que traiga unas almendras. Y qué, ¿cómo tan suelto y a estas horas?
Bueno, ya se sabe: unas cosas llevaron a las otras; una risa a un coqueteo, un ay por Dios, estate quieto, unos jadeos, unas prisas, un silencio y un sofoco.
-Y ahora ¿cómo subo y le explico a la Angelina que en bajar la basura se me han hecho las tres de la mañana?
A lo hecho, pecho. Se armó de valor, se puso un bolígrafo a la oreja y le soltó, impasible, a la Angelina que esperaba nerviosa en el pasillo:
- Pues ya ves, Angelina. La vecina del tercero que si Mateo, corazón, que si tengo un agobio horroroso: que si se me ha fundido una bombilla de la sala y que no llego. Y después: que si ay por Dios, que muchas gracias. Que lo que vale un hombre en casa. Que tómate algo, anda, que no sabes cómo estoy de agradecida. Que espera que traiga unas almendras. Y que, cómo tan suelto y a estas horas… Y bueno, ya se sabe: unas cosas llevaron a las otras; una risa a un coqueteo, un ay por Dios, estate quieto, unos jadeos, unas prisas, un silencio y un sofoco.
Pero Angelina no era de las que se deja engañar tan fácilmente:
-Anda, anda, cacho bobo. Tú siempre con tus cosas. Vamos , anda, vamos a la cama. Como que no se te ve a la legua que vienes del bingo.
Porque lo cierto es que Mateo, desde que estaba casado (hombre, de joven alguna armó, como todos, supongo), no había vuelto a mirar a ninguna mujer, quitando la propia y algún tonteo en el bar en aquella actividad un poco infantil que él llamaba “hipnotizar gallinas” y que consistía en una especie de esgrima con medias palabras y miradas que no conducían a nada.
Después de muchos años había aprendido que, al menos por tener la fiesta en paz, lo más cómodo era no jugar con fuego. Empiezas por tonteos y, al final, la cagas, decía sentencioso a sus amigos, entre cañas.
Pero, aquella vez, todo ocurrió de forma tan imprevista y sin mediar intención alguna por su parte, que hasta él mismo tuvo la sensación de verse envuelto en todo ello por alguna mala jugada del destino.
Fue un día cualquiera de noviembre. Después de una jornada de trabajo como todas. Estaba a punto de irse a dormir a la misma hora de siempre. Entró en la cocina para tomarse la pastilla con su sorbo de agua, como hacía cada noche.
La única diferencia, tal vez, era que, a mediodía, habían comido pescado. Y ya se sabe: no hay cosa más apestosa que una bolsa de basura con restos de pescado.
Se armó de valor, ató la bolsa de basura y comentó, por no asustar:
- Voy a bajar la basura. Subo ahora.
El jodido ascensor tampoco esta noche funcionaba. Casa de mierda: cuando no era el ascensor, era el agua caliente, la cisterna, la puerta de la entrada, o todo junto.
A la altura del tercero salio ella, melosa como siempre, con la bata rosa palo que parecía insinuar sus ocultas desnudeces.
- Mateo, corazón, tengo un agobio horroroso: se me ha fundido una bombilla de la sala y yo no llego.
Y después: ay por Dios, muchas gracias. Lo que vale un hombre en casa. Tómate algo, anda, que no sabes cómo estoy de agradecida. Espera que traiga unas almendras. Y qué, ¿cómo tan suelto y a estas horas?
Bueno, ya se sabe: unas cosas llevaron a las otras; una risa a un coqueteo, un ay por Dios, estate quieto, unos jadeos, unas prisas, un silencio y un sofoco.
-Y ahora ¿cómo subo y le explico a la Angelina que en bajar la basura se me han hecho las tres de la mañana?
A lo hecho, pecho. Se armó de valor, se puso un bolígrafo a la oreja y le soltó, impasible, a la Angelina que esperaba nerviosa en el pasillo:
- Pues ya ves, Angelina. La vecina del tercero que si Mateo, corazón, que si tengo un agobio horroroso: que si se me ha fundido una bombilla de la sala y que no llego. Y después: que si ay por Dios, que muchas gracias. Que lo que vale un hombre en casa. Que tómate algo, anda, que no sabes cómo estoy de agradecida. Que espera que traiga unas almendras. Y que, cómo tan suelto y a estas horas… Y bueno, ya se sabe: unas cosas llevaron a las otras; una risa a un coqueteo, un ay por Dios, estate quieto, unos jadeos, unas prisas, un silencio y un sofoco.
Pero Angelina no era de las que se deja engañar tan fácilmente:
-Anda, anda, cacho bobo. Tú siempre con tus cosas. Vamos , anda, vamos a la cama. Como que no se te ve a la legua que vienes del bingo.
miércoles, 22 de agosto de 2007
La máscara
Es muy difícil deshacer en un momento toda una vida de huida y fingimiento. Fueron treinta años emboscado tras la máscara de algún otro cuya cara no le correspondía.
Cuando, al fin, quiso volver atrás y liberarse de toda aquella impostura descubrió, con espanto, que allí, en el espejo, sólo quedaba, flotando, su nuca.
Cuando, al fin, quiso volver atrás y liberarse de toda aquella impostura descubrió, con espanto, que allí, en el espejo, sólo quedaba, flotando, su nuca.
martes, 21 de agosto de 2007
La vuelta al cole o aquella interminable guerra de los 30 años
"A los seis años tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela"
García Márquez
Lo oí hace ya años en una tertulia intrascendente y, desde el principio, me pareció algo más que una frase ingeniosa. Pocas veces había oído algo que definiera mejor ese largo proceso educativo:
"El primer día que los niños van al colegio, lloran; y eso que no saben que empieza, para ellos, la guerra de los treinta años"
Ciertamente es, y parece, una guerra interminable en la que la soldadesca se recluta entre gentes que recuerdan todavía los pañales y se licencian cuando pesan por igual en el zurrón los paquetes de fracasos y proyectos.
Ciertamente es, y parece, una guerra interminable para aprender algunas cosas de moros y cristianos, de la lengua que hablaban, cuando Cristo, los romanos o aquella frase que dicen que decía por las plazas un barbudo al que, seguramente, nadie escuchaba, por pesado.
Por todo ello, uno llega a sospechar que el interés de todo el mundo por tenernos a todos encerrados treinta años en la escuela debe ser para que aprendamos, lentamente, sin apenas darnos cuenta, durante casi media vida, algo que parece importarle, más que nada, a quien paga y a quien manda.
Y puestos ya a sospechar, en toda regla, uno llega a pensar que lo que se intenta trasmitir no es otra cosa que aquel eterno juego del poder y sumisión en que parece haberse basado desde siempre cualquier sociedad humana, civil o religiosa y que parece importarle, más que nada, a quien paga y a quien manda.
Por eso no se pide tanto al maestro (o al sacerdote, al torero, al cantaor, con quienes comparte, curiosamente, el nombre de maestro) que sea sabio, sino que transmita y enseñe la esencia misteriosa de las cosas que fundamenta el orden, la obediencia y el respeto.
Pero ¿y todo esto no podría aprenderse en casa, entre los nuestros, ante la vista amorosa de los padres?. Pues no (o, al menos, no parece) porque no se trata de enseñar "la ley del padre" sino los secretos de la ley abstracta y dura, independiente del afecto, que a todos obliga y sobrecoge.
No es, por tanto, de extrañar que el niño llore. Lo que me extraña es que no lloren, también, los profesores, obligados a cargar con tanta herencia.
Y si no lloramos, también, los profesores, de vuelta al colegio cada año es porque, alguna vez, también soñamos en cambiar este viejo ritual de la obediencia por otro en que se aprenda, lentamente, durante casi media vida, dándose perfectamente cuenta, el juego gozoso y creador de hacer, unido a otros, un mundo en el que las leyes del poder y sumisión sean un recuerdo tan confuso como la lengua que hablaban, cuando Cristo, los romanos.
García Márquez
Lo oí hace ya años en una tertulia intrascendente y, desde el principio, me pareció algo más que una frase ingeniosa. Pocas veces había oído algo que definiera mejor ese largo proceso educativo:
"El primer día que los niños van al colegio, lloran; y eso que no saben que empieza, para ellos, la guerra de los treinta años"
Ciertamente es, y parece, una guerra interminable en la que la soldadesca se recluta entre gentes que recuerdan todavía los pañales y se licencian cuando pesan por igual en el zurrón los paquetes de fracasos y proyectos.
Ciertamente es, y parece, una guerra interminable para aprender algunas cosas de moros y cristianos, de la lengua que hablaban, cuando Cristo, los romanos o aquella frase que dicen que decía por las plazas un barbudo al que, seguramente, nadie escuchaba, por pesado.
Por todo ello, uno llega a sospechar que el interés de todo el mundo por tenernos a todos encerrados treinta años en la escuela debe ser para que aprendamos, lentamente, sin apenas darnos cuenta, durante casi media vida, algo que parece importarle, más que nada, a quien paga y a quien manda.
Y puestos ya a sospechar, en toda regla, uno llega a pensar que lo que se intenta trasmitir no es otra cosa que aquel eterno juego del poder y sumisión en que parece haberse basado desde siempre cualquier sociedad humana, civil o religiosa y que parece importarle, más que nada, a quien paga y a quien manda.
Por eso no se pide tanto al maestro (o al sacerdote, al torero, al cantaor, con quienes comparte, curiosamente, el nombre de maestro) que sea sabio, sino que transmita y enseñe la esencia misteriosa de las cosas que fundamenta el orden, la obediencia y el respeto.
Pero ¿y todo esto no podría aprenderse en casa, entre los nuestros, ante la vista amorosa de los padres?. Pues no (o, al menos, no parece) porque no se trata de enseñar "la ley del padre" sino los secretos de la ley abstracta y dura, independiente del afecto, que a todos obliga y sobrecoge.
No es, por tanto, de extrañar que el niño llore. Lo que me extraña es que no lloren, también, los profesores, obligados a cargar con tanta herencia.
Y si no lloramos, también, los profesores, de vuelta al colegio cada año es porque, alguna vez, también soñamos en cambiar este viejo ritual de la obediencia por otro en que se aprenda, lentamente, durante casi media vida, dándose perfectamente cuenta, el juego gozoso y creador de hacer, unido a otros, un mundo en el que las leyes del poder y sumisión sean un recuerdo tan confuso como la lengua que hablaban, cuando Cristo, los romanos.
lunes, 20 de agosto de 2007
NO LE DIGAS A MI MADRE QUE TENGO NOVIO
No le digas a mi madre
que tengo novio
que si no no me deja
ir al hilorio.
(copla popular de Hibernia).
Cuando, como en Macondo, el mundo era tan nuevo que muchas cosas aún no tenían nombre, a este viejo reino imaginario. los héroes primigenios dieron en llamarle Hibernia. Tal vez porque, como luego han venido diciendo los paisanos, aquí no hay más que dos estaciones: la del invierno y la del ferrocarril. Éste es, según dicen también, un clima que sólo es bueno para la producción masiva de bueyes y canónigos.
Pues bien, para hacer más soportables las largas noches del invierno, cuando fuera de las casas, más allá de cuadras y majadas, la nieve caía en farrapos grandes como pañuelos, las gentes de los pueblos de montaña se reunían en una sola cocina (por ahorrar, seguramente, luz y leña) en un acto ritualizado como todos al que llamaban "calecho", "hilorio" o "filandón", donde las mujeres hilaban o escogían las lentejas, los hombres hacían herramientas con palos y navajas, los mozos buscaban la penumbra para los juegos silenciosos de la edad y los niños echaban palos a la lumbre o escuchaban las historias refugiados bajo escaños y entre faldas.
Así iba pasando el tiempo, lento como la nieve, el dolor o el desengaño, acunado por el sonoro contar de algunos chismes, cuentos de miedo con brujas y con trasgos, con lobos o con muertos, chascarrillos y chistes, romances de enamorados y otras cosas, seguramente no tan literarias, como novenas, rosarios y trisagios.
Nada nuevo, por otra parte. La vieja historia milenaria de los pueblos de esta olla del Mediterraneo donde lentamente se ha ido cociendo lo que somos a la sombra de los relatos de la Biblia, de los viajes de Ulises, del Decamerón o de aquel contar meloso de la mora Sherezade, que consiguió engatusar al Gran Visir durante mil y una noches de relatos.
Lo cierto es que, con estas tradiciones, se ha mantenido en muchas gentes de este reino (entre las que yo quiero contarme) la pasión, antigua como el mundo, de contar, siempre que haya la ocasión y otros dispuestos a escuchar. No importa el contenido, ni la forma, ni si es cuento, relato o chascarrillo, ni si uno es el primero que lo cuenta. Sólo el placer de recrear un mundo real o imaginado coexistiendo en paralelo con este que habitamos y que, con ello, resulta (o se pretende) más liviano y soportable.
Pues bien, ahora que vuelvo, acabadas las cosechas del verano, a esta inmensa cocina virtual, a los días del traje y del trajín, quisiera hacer aquí y en compañía un filandón como el de entonces con historias canallas, pequeños relatos, chascarrillos, chistes disimulados como historias.
En fin, cosas que puedan ayudar a pasar este invierno largo y crudo, mientras llega el verano, si es que llega.
que tengo novio
que si no no me deja
ir al hilorio.
(copla popular de Hibernia).
Cuando, como en Macondo, el mundo era tan nuevo que muchas cosas aún no tenían nombre, a este viejo reino imaginario. los héroes primigenios dieron en llamarle Hibernia. Tal vez porque, como luego han venido diciendo los paisanos, aquí no hay más que dos estaciones: la del invierno y la del ferrocarril. Éste es, según dicen también, un clima que sólo es bueno para la producción masiva de bueyes y canónigos.
Pues bien, para hacer más soportables las largas noches del invierno, cuando fuera de las casas, más allá de cuadras y majadas, la nieve caía en farrapos grandes como pañuelos, las gentes de los pueblos de montaña se reunían en una sola cocina (por ahorrar, seguramente, luz y leña) en un acto ritualizado como todos al que llamaban "calecho", "hilorio" o "filandón", donde las mujeres hilaban o escogían las lentejas, los hombres hacían herramientas con palos y navajas, los mozos buscaban la penumbra para los juegos silenciosos de la edad y los niños echaban palos a la lumbre o escuchaban las historias refugiados bajo escaños y entre faldas.
Así iba pasando el tiempo, lento como la nieve, el dolor o el desengaño, acunado por el sonoro contar de algunos chismes, cuentos de miedo con brujas y con trasgos, con lobos o con muertos, chascarrillos y chistes, romances de enamorados y otras cosas, seguramente no tan literarias, como novenas, rosarios y trisagios.
Nada nuevo, por otra parte. La vieja historia milenaria de los pueblos de esta olla del Mediterraneo donde lentamente se ha ido cociendo lo que somos a la sombra de los relatos de la Biblia, de los viajes de Ulises, del Decamerón o de aquel contar meloso de la mora Sherezade, que consiguió engatusar al Gran Visir durante mil y una noches de relatos.
Lo cierto es que, con estas tradiciones, se ha mantenido en muchas gentes de este reino (entre las que yo quiero contarme) la pasión, antigua como el mundo, de contar, siempre que haya la ocasión y otros dispuestos a escuchar. No importa el contenido, ni la forma, ni si es cuento, relato o chascarrillo, ni si uno es el primero que lo cuenta. Sólo el placer de recrear un mundo real o imaginado coexistiendo en paralelo con este que habitamos y que, con ello, resulta (o se pretende) más liviano y soportable.
Pues bien, ahora que vuelvo, acabadas las cosechas del verano, a esta inmensa cocina virtual, a los días del traje y del trajín, quisiera hacer aquí y en compañía un filandón como el de entonces con historias canallas, pequeños relatos, chascarrillos, chistes disimulados como historias.
En fin, cosas que puedan ayudar a pasar este invierno largo y crudo, mientras llega el verano, si es que llega.
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